Avatares

                                                        Desde  los años tiernos mi padre me contaba como su abuelo Angel Martín de Enverniego había estudiado Latín en Murias, a mediados del siglo XIX, antes   de ingresar en el monasterio de Corias. Es, por tanto, que ese pueblo siempre tuvo para mí, desde edad temprana, una magia, un atractivo especial. Aunque hube de esperar hasta  el último  tercio del pasado siglo, una vez despreocupado de otros menesteres, fue entre los años 1986 y 87 cuando empecé a recopilar algún dato- de los pocos que había- sobre aquel centro docente, como una hoja de la “Tertulia Allerana” en la que se recogía un texto de unas  pocas líneas que hacían referencia al claustro de aquella institución que estaba relacionada con un personaje nacido en  Santibanes hacía unos dos siglos. Pastor en su niñez, según la versión generalizada en Aller, cierto día, al ver diezmado su rebaño por los lobos, había tenido  que huir de casa por miedo a la represalia paterna, embarcando para las Indias donde amasó una gran fortuna que luego legó para la fundación de un impresionante edificio conocido como “Colegiata de Murias”.

                                           En mi  mente había creado la fotografía de sus muros de sillería y las aulas destinadas a la enseñanza. Pensaba en la emoción que me causaría caminar por el abandonado claustro que tiempo atrás habría servido de sosiego a aquellos profesores consagrados a la sublime tarea de transmitir su sabiduría a los escolares del contorno.

                                               El día que llegué al lugar donde suponía su emplazamiento, en la primavera de 1987, me

01         “El día que llegué al lugar donde suponía su emplazamiento….” (Foto de Lito Beyman)

 topé, de golpe, dentro de un solar vacío de unos 400 m2, con una diminuta escuela que, al decir de los lugareños, fue construida en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera. No es difícil imaginar la gran decepción que llevé, dadas las grandes expectativas que me había fabricado al respecto. Sentí lástima de mí mismo en aquellos momentos.En mi impotencia no dejaba de  preguntarme cual habría sido la causa de semejante ruina. Tenía una gran tarea por delante para desvelar aquellos y otros

Escuela junto Colegiata

        Vista del solar de la Colegiata que incluye la escuela de Murias al fondo, que actualmente está   dedicada a “Centro Social”(Foto de Lito Beyman).

secretos que se me irían presentando, pero también disponía para la empresa una voluntad de hierro, de una paciencia infinita y de una ilusión sin límites. A partir de aquel día, subí innumerables veces a Murias. Para mí, cada esquina de sus casas levantadas en continua pendiente a modo de anfiteatro encerraban un misterio que quería descifrar. El caminar por sus múltiples callejas hasta el lugar más alto del pueblo donde estuvo asentada la Colegiata, me producía una emoción inenarrable. Paralelamente a este trabajo, estaba investigando mi genealogía y cuando, a pesar de mi naturaleza turonesa, descubrí que una rama de mi ascendencia materna- los Robezo- procedía precisamente de Murias de Aller, éste fue el mejor regalo que podía recibir en esos momentos. Fue, entonces, cuando tomé contacto con personas extraordinarias,   predispuestas a ayudarme de forma desinteresada como Abelardo Lobo Castañón , algunas  como al que vamos a llamar “el simulador” con el que compartía aficiones similares pero en otra área geográfica distinta y otras cuyos nombres irán apareciendo a lo largo de este relato. Abelardo, facultativo de Minas jubilado, al que conocí cierto día a su paso por el Ayuntamiento de Oviedo, era una persona de vasta cultura, había nacido en Conforcos (Aller) y, en su juventud, allá por los años cuarenta, había sido empleado del Ayuntamiento en Cabañaquinta.

                               Abelardo se entusiasmó pronto con  mi idea de profundizar en el fenómeno cultural de la Colegiata de Murias de la que él tenía alguna referencia, así como de su fundador. Con frecuencia me recordaba que aquel establecimiento educativo había servido de punto de partida a muchas personas que allí cimentaron su sólido bagaje cultural. Este hombre iba a ejercer sobre mí una gran influencia para que el trabajo que quería acometer llegase a buen término. Y es que entre él  y yo concurrían dos circunstancias que favorecían una perfecta sociedad: Abelardo había nacido en 1921, curiosamente el mismo año que mi padre, y en alguna ocasión me había confesado como un lamento que su hijo mayor, en esos momentos estudiante de una carrera técnica, no sentía ningún interés por la historia del concejo natal. Por mi parte, mi padre, del que podía esperar una gran colaboración por ser el inspirador del proyecto, permanecía en casa postrado a causa de una enfermedad cardiovascular que desde hacía dos o tres años  había afectado gravemente a su salud.  Por eso, Abelardo, vio en mí los anhelos que su hijo no tenía (hecho que comprendo   perfectamente porque bastante tenía el joven con preocu-parse de las Matemáticas, de la Electrotecnia o de la Física Nuclear que eran objetivos inmediatos para obtener la licenciatura de Minas) y yo vi en él al sustituto ideal de mi padre que no podía ayudarme.

foto Abelardo
Abelardo Lobo Castañón (1921-1990)

                                      Desde un principio, de las escasas noticias publicadas sobre Solís, todas ellas en el siglo XIX, deduje que había sido ingeniero militar. Eran unas pocas líneas, copiadas unas de otras (Canella, Fr. Fabián Rodríguez, Constantino Suarez…) que situaban al concejo de Aller como el de su nacimiento. Si a esto añadimos mi nula experiencia en el campo de la investigación histórica, es fácil comprender el grado de desorientación en que me encontraba, sin saber a ciencia cierta qué camino seguir.   Además, el conocimiento que tenía de la destrucción de los archivos de la Real Audiencia y del Obispado, así como de la Biblioteca Universitaria durante  los trágicos acontecimientos de octubre de 1934, me hacían ver la tarea con bastante pesimismo. “Allí sí que tenía que haber documentación sobre Solís y la Colegiata”- me lamentaba yo una y mil veces.

                                      Pero Abelardo, por tratarse de un asunto relacionado con su concejo, no estaba dispuesto a darse por vencido a las primeras de cambio. Abelardo era una de esas personas que si bien no era imprescindible- nadie lo es- resultaría valiosísima para poner en marcha una empresa que estaba a punto de comenzar su andadura. Siempre que tenía alguna vacilación acudía a su casa y, después de una amigable entrevista, me presentaba la mejor solución.

                                      Pronto puso en práctica  su propia experiencia. Dada  la calidad de soldado de Solís, qué mejor que dirigirse al Gobierno Militar situado en la Plaza de España, por encima del Campo San Francisco. Allí, cierta mañana, nos recibió  un comandante que era pariente suyo. Aquel, en vista de que en Asturias no existía información al respecto, nos sugirió que hiciéramos una solicitud al Archivo Histórico Militar   de Segovia.

                                                 A principios de 1988, arrastrado por mi entusiasmo y ahora pienso que, también impulsado por mi ingenuidad –aunque es  bien cierto que se trataba de otros tiempos muy distintos a los actuales- envié una carta al periódico “La Nueva España” en la que deseaba contactar con alguien que tuviera alguna noticia sobre Solís y la Colegiata de Murias.

                                      Abriendo un nuevo camino, me dirigí a la Biblioteca Universitaria donde recibí siempre un trato exquisito por parte del personal subalterno y allí leí con curiosidad la novela “El río de mi valle” del jesuita muriense Marcelino González   y las “Memorias Asturianas” de Protasio G. Solís donde aparecían algunas notas sobre nuestro protagonista.

                                      Al poco tiempo, recibí una carta del Archivo Militar de Segovia en la que se me comunicaba la falta de noticias sobre Solís en sus fondos bibliográficos. Como consecuencia de este revés, quizás, Abelardo, dándole vueltas a su imaginación, me comentó si me interesaba conocer al hijo del “último dómine” de Murias que vivía en Oviedo. Para mí, era un regalo demasiado atractivo para ser rechazado. Se trataba de D. Genaro Fueyo, maestro nacional en Murias durante los  treinta años  siguientes a la conclusión de la guerra, e hijo de D. Cesáreo, último profesor de Latín en aquel pueblo desde que, a finales del siglo XVIII, se hubiera fundado la Colegiata. Abelardo conocía a D. Genaro desde su etapa en el Ayuntamiento de Cabañaquinta donde el maestro ejercía como concejal.

                                      El día en que, en compañía de Abelardo, me recibió en su casa de la calle San Pedro Mestallón, albergué grandes esperanzas pues pensaba que aquel anciano que tenía ante mí, octogenario  y achacoso, había conocido otra época en la que tuvo ocasión de contactar con gentes del siglo XIX; además,sus antepasados, su padre y su abuelo materno,   habían llenado con la enseñanza de la lengua de Roma el dilatado periodo que transcurre entre 1844 y 1931. D. Genaro, me narró alguna vivencia de su padre e, incluso, me dejó una carta relacionada con la Colegiata y me aclaró  que en otro tiempo había dispuesto de documentos sobre dicha fundación pero, ahora, después de haber sufrido un ataque de hemiplejía (me acordé entonces de mi padre a quien le había sucedido lo mismo pero con veinte años menos)  le fallaba con frecuencia la memoria y ya no controlaba todos sus papeles. Muchos de ellos se habrían perdido con el cambio de domicilio que había realizado en el mismo Oviedo años atrás. No obstante, me aclaró que  los libros parroquiales de Murias se conservaban  pues su familia los había escondido durante la guerra para evitar su destrucción. Esta noticia me causó una grata sorpresa pues tenía el convencimiento de que dichos manuscritos habían desaparecido  según había oído en alguna parte.

                                         Mi objetivo inmediato fue el Archivo Diocesano y allí encontré, efectivamente,  aquellos libros, algunos de los cuales se encontraban en un estado deplorable debido a la intensa humedad a que debieron de estar sometidos en tiempos críticos. Recuerdo como anécdota que el archivero D. Agustín Hevia Ballina, actualmente canónigo de la catedral, me lanzaba severas miradas, de vez en cuando, echando manos a la cabeza y diciéndome que tuviera cuidado con aquellos manuscritos para no producir en ellos un deterioro mayor (la verdad es que, dependiendo por donde se cogiera la página, podía quedarse uno muy fácilmente con un trozo de papel entre los dedos). Por mi parte, le pedía que, por favor, no se alarmara y le tranquilizaba  respondiéndole que una de las cosas que me había enseñado mi padre, siendo todavía un niño, era pasar la página casi sin tocarla. Por eso he tratado siempre los libros con mucha delicadeza, costumbre que también traté de inculcar a mis alumnos en el periodo dedicado a la docencia. Pero volviendo a  aquellos vetustos tomos de Murias, pronto comprobé  que los libros de fábrica, que podrían aportar algún dato sobre la Colegiata- aunque fuera indirecto- habían desaparecido. En los correspondientes a bautizados no aparecía el nombre de Lorenzo de  Solís como nacido en la parroquia, aunque lo hice solo por curiosidad pues en ese momento ya lo sabía con certeza y su descubrimiento tiene un legítimo autor como veremos más adelante; tampoco aparecieron señales de su padre Tomás y al fallecer éste en Oviedo, estas últimas verificaciones habría que buscarlas en esta ciudad.

                                               El maestro me había dicho también que cierto comerciante de la capital, al parecer descendiente  de los Solises de Santibanes, podría informarme al respecto pero éste, a su vez,  me remitió a la universidad donde alguien tenía copias de planos correspondientes   a obras realizadas por el militar.

                                         Pues, hete aquí, que, ni corto ni perezoso,   me lancé a descubrir la identidad de aquel funcionario de la fundación de Valdés Salas porque pensaba que estaba muy cerca de obtener sustanciosa información sobre aquella historia de mi interés. No tardé mucho en encontrar al personaje al que , de ahora en adelante, vamos a llamar “el enredador” para no descubrir su identidad. No merece la pena. Cuando me encontré en su despacho se mostró muy amable y , entre sonriente y sorprendido, me fue desgranando poco a poco sus argumentos, indicándome que sí tenía datos sobre Solís pero que no podía facilitármelos en aquel momento pues, precisamente, estaba preparando un trabajo en el que, indirectamente,  dedicaba unas páginas al militar. Me pedía comprensión y que si no  me urgía mucho (¡claro que me urgía!) que tuviera un poco de paciencia porque, transcurridos unos meses, me facilitaría alguna información sobre el particular. Hablamos de las imprecisiones  que existían sobre Solís como era el caso de considerarlo natural de Aller cuando en realidad era ovetense. Me hizo mención de un folleto de Velasco, ingeniero municipal en Cabañaquinta en los años de anteguerra que hacían una breve referencia del militar. En ese momento ya obraba en mi poder una copia del mismo que me había facilitado Joaquín Rodríguez por mediación de Vima, corresponsal de “La Voz de Asturias” en Moreda. Cuando visité a Joaquín, unos meses antes, pude comprobar el importante archivo que tenía sobre el concejo de Aller.  Este hombre me mostró, desinteresadamente, algunas notas sobre Solís como el librito de Velasco pero del resto de información que tenía, ya era por mí conocida en ese momento.

                            Volviendo al “enredador”, me aseguró en aquella primera entrevista, que había conseguido algunos datos de un archivo particular de forma rocambolesca y cuando le pregunté si podrían conservarse algunos  planos de las  fortificaciones realizadas me contestó que podía haberlos pero que no podía decirme más por el momento.

                            Algún tiempo después, me desplacé  a Murias con el propósito de obtener nuevas noticias comprobando que la idea, en general, que tenían los lugareños sobre la Colegiata  y su fundador, era bastante vaga. Si acaso, veinte o treinta años atrás, aún vivían algunas personas como Cipriano de Santibanes que dotados de una excelente memoria hubieran podido contarme sustanciosas anécdotas. Una verdadera lástima porque eso ya no tenía remedio. Con quien sí contacté en una de aquellas visitas al pueblo fue con Casimiro que tenía su casa justamente debajo del solar de la antigua Colegiata. Aquel hombre era muy popular por sus pronósticos meteorológicos que realizaba fundamentándose en métodos puramente artesanales. Siempre estaba dispuesto a descorchar una botella de sidra de producción propia y “entre culín  y culín” mostraba su escepticismo acerca de Solís hubiera apacentado ovejas por aquellos montes en su niñez como era la idea más extendida  en todo el concejo. “No debía de ser tan humilde para llegar a disponer de tanto dinero al final de sus días”-remató. Efectivamente, aquella promoción personal dentro de una sociedad estamental como era la del siglo XVIII, resultaba altamente improbable.

Murias de Aller
Perspectiva de Murias de Aller. En la parte superior se aprecia la escuela que ocupa una pequeña parte del solar de la Colegiata. (Foto de Lito Beyman)

                                        Debo de admitir que durante aquellos años estuve obsesionado, esa es la palabra exacta, no solo con Murias, sino también con la Colegiata y con Solís. Recuerdo una de tantas veces que mi mujer me acompañó al pueblo, cuando me ayudó a tomar medidas del solar de la Colegiata.  Más adelante, a partir de aquellos cálculos, levantaría un dibujo de la misma, apoyándome en datos indirectos  que obtuve posteriormente y de las  numerosas fotografías que realicé del contorno. Primero hice el boceto a lápiz y luego  pasé a tinta china, sillar a sillar y teja a teja de la cubierta. Aquella miniatura me ocupó casi el período de vacaciones, si pensamos que la mitad del día la tenía ocupada por las clases particulares. Pero lo hacía todo con un enorme entusiasmo.

                                               Un día del mes de setiembre de 1988, al regresar a casa, me avisaron de que un nativo de Santibanes y vecino de Oviedo podía  facilitarme noticias sobre aquella institución. “¡Vaya, la carta de la prensa  comienza a dar resultados!”-pensé yo.                                                                                                                                                                                                                                Me encontré con el muriense, según había comunicado a mi mujer por vía telefónica, en el Bar Aller de la ovetense calle Magdalena, que era su lugar de parada habitual. Allí acudí a la hora convenida y ante mí se presentó un hombre de unos setenta años, rubio  y con una incipiente calvicie,  que comenzó a contarme algunas anécdotas del pueblo;después, me dijo que había quedado huérfano de muy niño cuando la guerra, y  que su padre había compuesto un pequeño relato sobre la Colegiata pero, que con el tiempo, se había perdido. Pronto pasé de una fase de verdadera expectación a la más profunda de las decepciones. Todavía me estoy preguntando para que requirió mi presencia aquel hombre si no me aportó absolutamente nada  a la historia que yo estaba investigando.

                                       Del otoño de ese año debo reseñar que de forma casual tropecé con “el simulador” en una calle de Oviedo y aproveché para preguntarle si  tenía conocimiento de algún lugar donde pudiera dirigirme para recabar noticias de la Colegiata o del propio Solís pero me dijo que no sabía de nada al respecto ni tenía indicios que pudieran llevar a ese fin. Fue una simple curiosidad por mi parte pues bien sabía yo que su investigación iba por un camino totalmente distinto. “¡Qué se la va a hacer!- pensé. Al menos , mi obligación era preguntarle por si conocía alguna pista que me pudiera interesar.

                                                     Concluía el año con escasas noticias de la Colegiata y poco antes de la entrada de la primavera de 1989, decidí hacer una visita al “enredador” pues, según pensaba, debía de estar al concluir su trabajo. Ya en su despacho, me dio a entender que lo tenía muy retrasado y que, previsiblemente, tardaría otro año como mínimo en ver la luz. Ante mis requerimientos prometió facilitarme el testamento de Solís y otros documentos. De alguno de sus comentarios deduje que ya conocía el desfalco que uno de los administradores de la Colegiata, un tal Argüelles, había realizado sobre la misma, aprovechando el desorden producido en el país a  causa de la invasión napoleónica.

                                      Una vez más salí de aquella estancia con un extraño sentimiento que era una mezcla de impaciencia, desilusión y esperanza. Esperanza de que por este conducto iba a conocer nuevos detalles de la obra de Solís. La investigación caminaba muy lenta por no decir que estaba estancada y llegó el mes de noviembre cuando me enteré que en el Colegio de Médicos se iba a celebrar una charla acerca del sistema docente durante el siglo XVIII. Consideraba el tema interesante pues quería profundizar en la enseñanza que se impartía  en la época de funcionamiento de la Escuela de Latinidad de Murias,  es decir, quería conocer el tipo de asignaturas que se explicaban en esa época en los distintos establecimientos docentes, situados en el contorno del concejo de Aller. Entonces le propuse a Abelardo que me acompañara  al acto aceptando como siempre con la mayor complacencia. Pero más importante que la exposición del conferenciante resultó el final del acto cuando me presentó a Luis Jesús Llaneza que, curiosamente, había sido mi profesor de Matemáticas, muchos años atrás, cuando estudiaba 4º curso de Bachillerato en la academia que D. Cesáreo Freije tenía en La Veguina. Se lo hice saber pero, como es lógico, no se acordaba de mí pues había transcurrido demasiado tiempo. Catedrático de Matemáticas, escritor  y miembro del RIDEA (Real Instituto de Estudios Asturianos), el profesor Llaneza es, en la actualidad, un experto en  los comienzos de la actividad siderúrgica asturiana, siendo autor de algunas publicaciones sobre aquella materia. Recuerdo muy bien que, después de un primer intercambio de impresiones,   al conocer la investigación que yo estaba realizando, se mostró muy interesado por mi proyecto y desde el primer momento percibí en él el deseo de ayudarme dentro de sus posibilidades.  Llaneza no tuvo inconveniente, en ese primer contacto, en señalarme los centros que habían existido en la comarca del Caudal, ya que era autor de un trabajo sobre el desarrollo de la docencia en la villa de Mieres del Camino. Pero lo más relevante sobre el profesor Llaneza estaba por venir porque, como tendremos ocasión de comprobarlo más adelante.

                            Pasaban los meses y eran escasos los avances en otro sentido. No paraba de darle vueltas a la cabeza para buscar nuevos caminos que me permitieran desembarrancar el proyecto que me ocupaba hasta que  cayó en mis manos un artículo publicado en 1960 en la revista “Arhivum”, sobre el legado que Solís había dejado a la Biblioteca Universitaria y deduje que su autor debía de ser  quien más sabía del ingeniero militar. Se trataba del Dr. Tolivar  y me planteé como objetivo inmediato conocerle personalmente.

                                  Este médico e investigador histórico, merced a sus interesantes libros dedicados a la capital carbayona, había sido nombrado, en fecha reciente, “Hijo adoptivo de Oviedo”. Entonces, gracias a mi condición de funcionario del Ayuntamiento, le sugerí al alcalde, D. Antonio Masip, la posibilidad de que me preparara una entrevista con aquel. Pues suponía que podría servirme para iniciar el rastreo y búsqueda de información sobre Solís.

                                   José Ramón Tolivar Faes, casado precisamente con una nieta de Clarín, me recibió en su domicilio con gran cordialidad-le recordaré siempre-y en los prolegómenos me manifestó su agradecimiento al alcalde al concederle tan preciado galardón; también me comentó su amor por el concejo   natal  y como desde hacía muchos años pasaba las vacaciones con su familia en  León,  dirigía el automóvil por tierras alleranas para comer en Cabañaquinta que era su lugar de nacimiento y, seguidamente, enfilaba las rampas del puerto San Isidro, camino de Boñar que era su punto de destino.

                          Cuando entré en materia con el Dr. Tolivar, pude comprobar que no podía darme noticias  que yo no  conociese en ese momento; sin embargo, me hizo algunas sugerencias, me mostró una separata de una obra de sobre ingenieros militares en las Indias y me disipó dudas sobre datos  y abreviaturas que venían a pie de página en aquel folleto, alguna de cuyas hojas ya conocía. Todo ello me sirvió de mucha utilidad para obtener nuevas referencias en los archivos nacionales.

                                  Al conocer el fallecimiento de Solís en el virreinato de Nueva España, le comenté a Abelardo la posibilidad de obtener información en México (nombre actual) y me animó a que escribiera a los archivos más importantes de la capital azteca. Para ello me indicó que me pusiera en contacto con la Embajada española, la cual me facilitó las direcciones de la Biblioteca de la Facultad de Historia y del Archivo Oficial de Notarios de Veracruz con el propósito de obtener una copia del testamento de Solís. Pero pasó el tiempo y solo obtuve el silencio por respuesta. Lo mismo me sucedió al escribir al “Centro Asturiano de México D.F.” pero esta actitud me sorprendió mucho pues, aunque no pudieran ayudarme ¿Qué les hubiera supuesto responderme adecuadamente con otra carta? ¿Eran asturianos de verdad los que había en aquel centro? Me entraron serias dudas al respecto.

                                      Mientras tanto, iba recibiendo noticias de Solís buceando en los archivos de más allá de la provincia. A continuación comencé a estudiar los protocolos notariales de Aller empleando muchas horas a la búsqueda de datos relacionados con la Colegiata e, incluso, la posibilidad de encontrar ventas de bienes por parte de Solís durante sus estancias tanto en Oviedo como en Aller pero el rastreo resultó infructuoso. A pesar de los escasos avances obtenidos en las últimas semanas, en lucha a brazo partido con aquellos legajos de los siglos XVII, XVIII y XIX, Abelardo me animaba siempre a que siguiera en la brecha sin desanimarme.

                                      Algún tiempo después, visité al director de la Biblioteca Pública buscando algunas direcciones de archivos que e había sugerido el Dr. Tolivar y, amablemente, me los facilitó, como en el caso del Archivo Militar de Madrid del que, después de varios contactos, pude obtener notas y planos verdaderamente interesantes.

                                      Llegaba el invierno de 1989 y, aún no descartaba obtener información de esta historia “in situ”, es decir, en Santibanes. Deseaba contactar con los más viejos del lugar para comprobar si era posible aún recoger anécdotas, en fin, algún detalle sobre la Colegiata que estuviera almacenado en la memoria de aquellos vecinos, sobremanera la actividad de los “dómines”, que era la parte más allegada a nosotros. Para ello la compañía de Abelardo era fundamental pues su presencia ya era una garantía. Como allerano prestigioso que era, tenía conocidos y amigos en todas las partes del concejo y, en particular, en la parroquia muriense. Pero aquel domingo en que habíamos proyectado el desplazamiento, amaneció frío  y lluvioso. Eran las diez de la mañana cuando sonó el teléfono de mi casa y al otro lado del hilo, mi amigo se lamentaba de no poder acompañarme porque se encontraba  enfermo. Decidimos, entonces,  postponerlo para más adelante. Comprendía  yo, a fin de cuentas, que la estación invernal no era la más propicia para desplazarse Abelardo a Santibanes de Murias, dado su delicado estado de salud por problemas cardíacos, pero, guiado por mi “egoísmo”, en principio, yo no era consciente de ello aunque, a decir verdad, hablaba poco de su salud.

                                  Recuerdo muy bien que , al consultar algunas partidas de defunción en los libros de Murias, me encontré con los nombres de los escribanos que testificaban los testamentos o que me permitió acceder a diversas escrituras relacionadas con Tomás de Solís que era el padre del brigadier.

                            Yo no desistía en el empeño de tomar contacto con algunos parroquianos de Santibanes y, ante la enfermedad de Abelardo, no hacía más que pensar en las distintas posibilidades para llevarlo a efecto. Tenía que buscar un medio que me permitiese tener acceso con garantías a aquellas hipotéticas personas, en el caso de que existiera alguna todavía. Me puse, de nuevo, en contacto con Vima, el periodista, para que me presentase a cierto vecino de Moreda del que yo sospechaba que podía saber algo de la historia que andaba buscando, aunque me constaba que sostenía noticias confusas como que Solís era natural de Santibanes, creencia generalizada entre las gentes de Murias hasta ese momento, como hemos visto más atrás.

                            En la mañana de un domingo de enero de 1990, en una cafetería, situada en la plaza de la iglesia, al lado de un “martini” (y yo con mi café con leche habitual), el referido ciudadano  prometió avisarme para realizar la visita al pueblo. Se mostró muy afable en aquella entrevista y me dio muy buenas razones pues conocía el concejo de palmo a palmo y en Murias  era muy probable que hubiera alguna persona que me interesara conocer. Salí de Moreda con muy buenas sensaciones y, cuando a la hora de comer regresé a casa, le comenté a mi mujer que algo novedoso sobre la Colegiata iba a obtener por esta parte.

                            Se iba consumiendo la estación fría lentamente y discurrían los últimos días de febrero de 1990 cuando me acordé de aquel hombre y, como no tenía noticias suyas, por un momento me inquieté y decidí telefonearle. Al otro lado de la línea, una voz apagada- la suya- me dijo, entre otras cosas, que se encontraba afectado por la gripe y que un fin de semana próximo, cuando mejorase el tiempo, me llamaría. Estas palabras me aliviaron un poco pues ya estaba pensando en un nuevo fiasco como en alguna otra ocasión que no menciono-  por no hacer excesivamente largo el relato-me ha sucedido.Recuerdo que se despidió con esta frase tranquilizadora:

                               -Tú despreocúpate del tema.

                            Y tanta despreocupación me pidió que, es el día de hoy  en que aún estoy esperando su llamada.

                            En el mes de marzo volví a encontrarme en Mieres del Camino con el profesor Llaneza quien me señaló que donde podría encontrar datos sobre la Colegiata  posiblemente era en el Archivo de Fundaciones. A este respecto me podía informar “el apacible” pues parece ser que había obtenido noticias muy importantes para la investigación particular de un libro que estaba preparando de cuyo contenido, aquel, me había hablado en alguna ocasión. Pero “el simulador” no tenía noticia de la existencia de ese archivo en Oviedo. A mí tampoco me sonaba pero, claro, yo estaba en periodo de aprendizaje en ese tiempo.”Es posible que Llaneza no estuviese bien informado sobre el asunto-pensé yo- pues quien no podía equivocarse era el sereno puesto que sabía yo bien de su orden, meticulosidad y rigor en el aspecto de la investigación, así como de su forma de ser”.

                            Ya había pasado bastante tiempo desde la última visita al “enredador”, por eso de que yo siempre he sido muy prudente, por aquello de no caer pesado, y no estoy seguro de que en todas las ocasiones eso sea una virtud. Pensé, entonces, una semanas más tarde del encuentro con “el simulador”, dirigirme a la Universidad para presentarme ante aquel funcionario del que todavía me quedaba un atisbo de esperanza de conseguir algo positivo. Era una mañana del mes de abril cuando llegué a su oficina y recuerdo que le expresé, entre otros aspectos, mi sentimentalismo hacia la Colegiata de Murias pues, por una parte, allí había estudiado mi bisabuelo paterno y, además, de aquella parroquia descendían mis antepasados maternos. Inesperadamente, ante tales manifestaciones de cariño hacia mi  proyecto, me respondió con un desamor: me descubrió que no podía facilitarme ninguna de aquellas notas pues una amiga suya quería hacer, a partir de la información de aquel archivo particular, un trabajo sobre la fundación de Murias.

                            Al oír tales palabras, me produjeron el mismo efecto que si me hubieran traspasado el cuerpo con un cuchillo. Dos años de entrevistas y al final me despachaba con tan peregrinos argumentos. Lo que más me dolió, no fue el negarme aquella información, pues, en último caso, estaba en su legítimo derecho; lo que más me dolió fue el haberme tenido engañado durante tanto tiempo con falsas promesas.

                            Evidentemente, fue un paso atrás pero no perdí la moral. Había que seguir luchando.  Mi intención era escribir un libro de unas 200 páginas dividido en dos partes: la primera relacionada con la vida del brigadier  y la segunda con su obra en Murias: La Colegiata. De esta última apenas tenía datos y era mi gran preocupación porque en conjunto no había material suficiente para publicar el libro. Sin embargo, la primera parte estaba cumplida pues las informaciones sobre Solís me iban llegando con regularidad una vez descubiertas sus fuentes en diversos archivos. Las líneas siguientes (Un ingeniero  benefactor) suponen una síntesis de los datos de que disponía en ese momento sobre la vida de nuestro protagonista.