Convalecencia

                                                        Fue una etapa muy dura: debilidad en las piernas, dolores persistentes al tratar de moverme con las muletas por el pasillo de la casa. Pero no había otra solución que mirar hacia delante. Algunos días más tarde, un taxi, traería desde Turón a mis padres con otros familiares  para hacerme una visita. Pasamos todos, incluido mi padre con la enfermedad bastante avanzada, una jornada muy entrañable. 

                                 A finales del verano, cuando las tardes eran soleadas, unos amigos de mis suegros me llevaban en su coche  a un descampado en las afueras de la villa lenense y allí en aquella pradera me ejercitaba con el auxilio de las muletas en una actividad perdida, cual era el caminar,  que estaba recuperando muy lentamente.

                                       Cuando terminé la rehabilitación hacia el mes de octubre, el médico me indicó que estaba muy recuperado (sic) y que tendría que volver a consulta  cada cierto tiempo que, oportunamente, me sería señalado para indicarme las pautas a seguir.   Paralelamente, uno de los últimos alumnos que había tenido vino a visitarme, después de haber pedido  a mi madre mi dirección de Pola de Lena. Se trataba de Celestino, un muchacho de Repedroso,  hijo de “Tino el de Escola”,  vecino mío en los años de la infancia e integrante del Coro Minero durante muchos años en la etapa moderna. Estaba empeñado en que le diera clase de Matemáticas, pues iba a iniciar los estudios de Perito. Le dije que eso era imposible ya que las clases en Turón las tenía suspendidas desde el accidente porque había quedado sin automóvil y, además, no estaba en condiciones de desplazarme a ninguna parte. “Vengo yo aquí a Pola de Lena, por ejemplo, tres días a la semana- me dijo. Haz una excepción Lito. Mi padre estaría encantado con que aceptaras”. Le dije que tenía que pensarlo, comentarlo con la mujer… en fin, necesitaba unos días para reflexionar sobre ello. Lo cierto es que Celestino era el típico estudiante que sabía lo que estaba haciendo y para que lo estaba haciendo. Lo conocía bien: era formal, prudente, agradable y aplicado. No te creaba ningún problema y de esta manera la clase se hacía muy llevadera. Aunque mi  situación no era nada halagüeña, si atendemos a mi inclinación hacia la enseñanza, se puede aventurar fácilmente mi respuesta. Lo que no se me ha olvidado de este período, era cuando llamaba al timbre, pues el esfuerzo que  tenía que hacer con mis muletas para recorrer aquel pasillo, que se me antojaba interminable, y poder abrirle la puerta, era de consideración. De repente, estaba de nuevo metido en mi salsa. Creo, no obstante, que aquellas clases me sirvieron mucho para conectar con el tiempo anterior al accidente, para demostrarme a mi mismo que podía volver a recuperar la normalidad que, violentamente, me había arrebatado el destino.

                            Llegó el invierno y entramos en el nuevo año de 1992. Fue cuando llegó la última visita al Jefe de Rehabilitación. Me manifestó éste  que no dejara de caminar a diario y que era el momento de suprimir una muleta. Yo sufría todavía unos dolores insoportables en el tobillo derecho al andar y le pregunté si iba a llevarlos siempre conmigo. Me aseguró que llegarían a desaparecer aunque yo no le creí porque pensaba que lo decía por animarme. Entraba en una  nueva fase de recuperación.

                                     En aquel tiempo, me pareció  el momento de devolución de visita a mis padres: mi mujer y yo, alquilamos un taxi  para pasar  con ellos la jornada completa. Total eran quince kilómetros la distancia y en veinte minutos ya estábamos en Turón. En un momento determinado de la velada, sentí la necesidad de entrar en el aula donde había impartido las clases de Matemáticas a los chicos durante los últimos años  que estaba contigua a otro local bastante más espacioso y  también vacío, que había sido la sastrería de mi padre durante décadas. Con la ayuda de mi mujer a ella me dirigí y  luego le rogué que me dejara solo unos minutos  allí sentado y  que volviera con mis padres. Cuando ella se fue de  aquella estancia tan familiar para mí, me sentí un poco extraño. Al mirar hacia la pizarra pude ver con sorpresa que  aún estaban expuestas  las derivadas de unas funciones trigonométricas, tal y como las había escrito  uno de mis alumnos la tarde del veintiocho de marzo. Habían transcurrido unos ocho meses y aquello se me antojaba una eternidad. De súbito, me sentí vapuleado por varios sentimientos a la vez que me dejaron como ofuscado:  júbilo porque lo que percibían mis ojos me transportaba hacia mi verdadera vocación, tristeza porque intuía que ya nada sería igual que antes y que resultaría muy difícil que me encontrara con fuerzas  para reanudar aquel ciclo iniciado muchos años atrás y rabia por haber sido protagonista de un acontecimiento brutal para el que creo no estaba invitado, incógnita que despejaré más tarde.

                                      Los días sin lluvia, una vez que sustituí la muleta por un bastón, comencé por las mañanas a salir de casa y hacer a pie la ruta de Pola de Lena – Villalana  que suponen  unos tres kilómetros y medio de caminata tomando una senda paralela al río que conduce a la gasolinera, junto al restaurante “Expres”; la vuelta la hacía en tren en un principio y, más adelante, la haría también a pie. Poco a poco, iba adquiriendo fuerza en las extremidades inferiores,  pero los dolores no desaparecían. En estos largos paseos, curiosamente,  comencé a obsesionarme con una idea, con un problema que no tenía resuelto. Era éste el motivo por el que yo había tenido el accidente.  Pensaba en él con insistencia pero no acertaba a darme una explicación convincente. Durante los meses anteriores me había hecho aquella  pregunta muchas veces pero no había conseguido darme una respuesta  satisfactoria. Lo que tenía claro es que yo no había hecho, conscientemente, un adelantamiento temerario y eso lo había dicho  repetidamente a familiares  y amigos,  no por quitarme de encima ese hecho bochornoso que te confiere toda la  responsabilidad en la acción, sino porque era la realidad; además, siempre daba por descontado, que no me había dormido al volante porque esa sensación la había tenido, quizás, en una ocasión y eso tampoco era lo que me había ocurrido aquel funesto día en que a La Parca solo le había faltado un ápice para atraparme ¿Qué me había sucedido entonces?