El fundador de “Minas de Figaredo”. Apuntes sobre Inocencio Fernández.

Vicente Fernández Blanco nació en el caserío figaredense de La Pena ‘l Padrún 

                                                                                                                                                                       En 1820, el teniente coronel Rafael del Riego, natural de Tineo, se sublevaba en Cabezas de San Juan con el propósito de favorecer un cambio sustancial en la mentalidad de la sociedad española. Al mismo tiempo nacía otro asturiano que habría de realizar una verdadera transformación desde el punto de vista económico en la parte baja del valle de Turón. Como precursor de la industria en la zona, propiciaría con el tiempo importantes variaciones tanto en el aspecto social como en el demográfico. El niño se llamaba Vicente  y sus padres, Salvador Fernández y Estébana Blanco, labradores de mediana posición económica, que ocupaban el  caserío figaredense de La Pena ‘l Padrún.  

Su mujer, María , nació en Villapendi y descendía del importante linaje de los Martínez de Vega, originarios de San Justo.

                                                          María, había nacido en Villapendi y era hija de    Francisco Martínez de Vega y Joaquina González de Lena, vecinos notables del lugar. Siendo ya una jovencita casadera, junto a otra hermana pasaba temporadas en la casa  de Rectoría de Figaredo. No tiene mayor secreto, si decimos que el párroco de la feligresía era hermano de ambas. Y allí, a media legua escasa de distancia, estaba situada la casería de La Pena ‘l Padrún donde vivía el joven Vicente. Posiblemente, se conocieran durante las fiestas patronales de Santiago Apóstol y en el transcurso de aquellas adquirieran el compromiso de unir sus vidas.

Vicente y María contrajeron matrimonio en 1851 en la iglesia de Santa María de Figaredo

                                                        La madre de María era originaria de la casa de los González de Lena de Pajares del Puerto, mientras que su padre procedía del más preclaro linaje del Valle que desde tiempo inmemorial tuvo su asiento en San Justo. El joven Vicente, que era persona de muchas luces y un gran emprendedor, descubre que alguna de las fincas heredadas de su esposa esconden importantes reservas de hulla (el potosí de la época) y comienza a dedicarse al comercio del carbón que pronto le habrá de reportar sustanciosos beneficios, invirtiendo parte de las ganancias obtenidas en la adquisición de diversos inmuebles e, incluso, en la compra de nuevas minas. Prueba de esto, es que el párroco, por las mismas razones que su sobrina también heredó algunos terrenos en los que se abrió alguna bocamina  de lo que derivó, años después, en algún que otro litigio que acabó resolviéndose sin grandes problemas.

                                             La costumbre general era  que la boda se celebrara en la parroquia de la novia y  correspondía a la feligresía de San Martín de Turón pero, esta vez, se optó por la excepción: al ser el párroco D. Francisco hermano de la novia, la ceremonia nupcial de Vicente y María, tuvo lugar en la iglesia de Santa María de Figaredo. Fue en el año 1851. 

                                                El matrimonio tendrán un único hijo, Juan Inocencio, nacido el día de Navidad de 1851 que recibirá la enseñanza primaria en la misma parroquia de Figaredo. Pero sospechando, Vicente, que su hijo ha de ser el que está destinado a grandes empresas, quiere dotarlo de una educación especial pues al cumplir los trece años, gracias a sus contactos profesionales, lo traslada   a Fábrica de Mieres con los Guilhou, Allí, el joven Inocencio, va a adquirir importantes conocimientos de contabilidad y dirección de empresas,  de la mano de ingenieros y gestores administrativos de la empresa siderúrgica.

En 1867, Vicente  funda el “Coto Paz de Figaredo”

                                                   Entretanto, los negocios de la familia van en aumento, pues en 1867, Vicente consigue la concesión del “Coto Paz de Figaredo” abriendo en principio dos minas: “La Formidable” en terrenos de L’Arquera y “La Vicentera” en la zona de Santa Cruz. La demarcación ocupaba unas 423 Ha y su aprovechamiento se concentró primeramente junto a la margen izquierda del río Turón por la ladera de Sarabia, llegando a alcanzar el décimo piso por debajo de La Braña (Yuri, La Llaneza, L’Artigosa, Busián, Salguero y La Formiga). Pero pronto pasó a explotar la margen derecha prosiguiendo las labores mineras en Escribana y Parayes, ascendiendo por medio de planos inclinados hasta La Rondiella.

A Vicente, le sucede en la empresa su único hijo Juan Inocencio Fernández Martínez de Vega

                                                            Los últimos pisos alcanzaron La Carlota, caserío ubicado entre Vegalafonte y Los Valles. El destino de sus carbones era la Fábrica Nacional de Trubia con la que tenía un contrato de 70.000 quintales. La empresa iba viento en popa, pero en ese tiempo comenzó a fallarle la salud y en 1873 cederá a su hijo  la gestión de todos sus negocios.

                                                             Inocencio tan solo tiene 23 años cuando fallece su padre Sin embargo, a pesar de su juventud, ya está preparado tanto intelectualmente como desde el punto de vista de la gestión empresarial para sostener sobre sus espaldas toda la responsabilidad que le viene encima. No va a tardar mucho en  tener ocasión de demostrar su extraordinaria capacidad para resolver los problemas  que se le acechan por todas partes y actuar, sorprendentemente, con una madurez y un aplomo dignos de encomio. Y como si quisiera quitarse de encima algún problema y no precisamente de tipo empresarial que le permitiera aligerar un poco su pesada carga, va a resolver cuanto antes sus ecuaciones sentimentales. Expresado en otros términos, considera que es el momento de constituir su propia familia. De sus viajes a Oviedo ha conocido a una joven, hija de unos prósperos comerciantes, los Herrero, asentados en la calle Fruela que habían llegado a la capital carbayona años atrás procedentes de Valladolid, pero que nada tenían que ver con la familia de Policarpo, el fundador del Banco Herrero en aquella ciudad. La joven se llama Dominica  y más temprano que tarde se convertirá en su esposa . Fue el veintiocho de julio de 1875 y la ceremonia tuvo lugar en la iglesia de San Isidoro . En los años siguientes irá naciendo su numerosa prole (Vicente, Guadalupe, Amparo, Isaac, Ismael, Alfredo y Nicanor).

La etapa de Inocencio Fernández corresponde a la de la verdadera expansión de la empresa.

                                         El flamante empresario, ya miembro de la Asociación de la Industria Hullera de Asturias, ha construido una espaciosa residencia situada detrás del palacio del conde de Revillagigedo, en la que habilitará unas habitaciones como oficinas de sus negocios mineros. Por esa época comienza a fabricar cok en la vega de Ricastro, producto de excelente calidad ya que al decir de los técnicos resultaba ser “de una fuerza superior al que procedía de Inglaterra puesto que con él se ha conseguido fundir el acero en crisoles”.

                                      En 1890 tenía instalados en la plaza de explotaciones dos aparatos Berard que le permitían lavar entre nueve y diez toneladas de hulla a la hora y el cok se obtenía quemando montones de carbón al aire libre aunque algún tiempo después construiría una batería de hornos para obtener un mejor rendimiento en la fabricación.

La bonanza económica que atraviesa le permite a Inocencio Fernández diversificar sus inversiones abriendo nuevas líneas de negocio (Banca, Industria Química, Ferrocarriles, etc.)

                                        El transporte del mineral se hizo en un principio por medio de carros de bueyes, pero en el año citado ya disponía de un ferrocarril de vía estrecha que utilizando dos pequeñas locomotoras salía de L’Arquera y, después de cruzar el pontón de La Llavandera, construido ya en tiempos de su padre, discurría a orillas de la actual carretera llegando a Santullano donde atravesaba el puente de piedra de la carretera de Castilla hasta el cargadero de la línea León –Gijón. Por esa época, gracias al desarrollo adquirido por el sector hullero nacional el grupo de Figaredo estaba en pleno auge pues la producción de hulla oscilaba alrededor de las 20.000 toneladas y en 1897 con una nómina de unos 300 trabajadores alcanzó las 30.000 toneladas trasladándose ya a los cargaderos de Ricastro por el viaducto metálico recién construido por la sociedad vasca de Hulleras de Turón. Si a ello añadimos la posibilidad real de vender el carbón a un precio elevado debido a su excelente calidad, es fácil suponer que el negocio comenzará a prosperar en muy poco tiempo.

                                           Son aquellos años de actividad febril para el empresario figaredense. Es el momento en que empieza a diversificar sus inversiones abriendo nuevas lineas de negocio como es el caso de su participación en la creación de la Panadería Modelo de Mieres del Camino, dedicada a la fabricación de harinas y pan; luego en 1895 entra en el Consejo de Administración de la Sociedad Industrial Asturiana Santa Bárbara y en 1899 comprará en subasta pública las Minas de Riosa, pertenecientes al Estado, en 400.100 ptas. También se implica en la construcción de nuevas lineas de ferrocarril por ser piezas fundamentales para dar salida a sus productos, entrando en la fundación de la Compañía del Ferrocarril Vasco-Asturiano aquel mismo año y en 1900 va a realizar el aterrizaje en el sector químico ocupando la presidencia de la Compañía de Productos Celuloideos y Refinado del Alcanfor.

En los primeros años del siglo XX, que coinciden  con  los últimos de su existencia, “Figaredo”, como ya es conocido en los círculos financieros del país, se encuentra en la cúspide de su extraordinaria trayectoria empresarial.

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Inocencio Fernández Martínez de Vega

                        Amanece un nuevo siglo y don Inocencio, recién nombrado senador real por la provincia de Oviedo, se ha convertido en una figura de extraordinario relieve merced a aquel dinamismo para la actividad empresarial que era en él algo extraordinario, logrando dar a la feligresía de Figaredo un notable impulso industrial al tiempo que, personalmente, pasaba a ocupar un puesto relevante dentro de los círculos financieros del país. Si su padre fue un adelantado en el negocio carbonero, él mismo, digno sucesor suyo, habría de ser el que consolidara aquel imperio económico. Don Inocencio fue durante muchos años la misma representación del progreso en el municipio ya que dispuso antes que nadie de una línea telefónica siendo el primero, asimismo, que atravesó las calles de Mieres del Camino al volante de un automóvil produciendo, por cierto, un ruido ensordecedor con aquel desconocido ingenio para la mayoría de la población que dejaba tras de sí una estela de humo negro y espeso cual si se tratara de una de las locomotoras a su servicio para el arrastre del carbón.

Una pequeña espina: las elecciones de 1887 a la Alcaldía de Mieres.

                                       La vida nunca es totalmente de color de rosa, ni siquiera para las personas triunfadoras como la que estamos estudiando. En 1887 irrumpió en la política local intentando acceder a la alcaldía de Mieres. En esa ocasión se elegía un solo concejal por el valle de Turón y competía con Manuel Fernández Olivar, importante hacendado de Enverniego (Véase  “En busca del Turón perdido” págs. 133-134) que en el recuento final le derrotó por 31 votos a 20.  Como  curiosa casualidad, diremos que el mencionado Manuel era nuestro tatarabuelo por vía paterna que llegaría a ocupar el puesto de vicealcalde en la legislatura de 1891. Sin embargo, algunos años después, mucho más encumbrado, afiliado al partido liberal y gracias a su creciente influencia en el mundo de las finanzas, durante las jefaturas de Sagasta, Moret, Canalejas y García Prieto, sus ambiciones eran otras de más  envergadura. Por ese tiempo, ya tenía la facultad de designar al Alcalde del concejo por ser el Presidente de la Junta Municipal del Censo Electoral de Mieres: casos de su pariente Andrés Aza (1906-1909) e, incluso, su hijo Vicente (1910-1914) . También hay que tener presente los quebraderos de cabeza que le ocasionaron los múltiples conflictos de la clase trabajadora en una época de nacimiento y desarrollo de los sindicatos obreros que estaban en continua lucha reivindicando con todo merecimiento mejoras no solo en los salarios sino también en las condiciones laborales. Finalmente, dejar constancia de que hace un tiempo no muy lejano aún, hemos conocido a turoneses que oyeron de sus mayores el mal trago que  le hizo  pasar Constantino, el famoso bandolero de Urbiés, Fue el día que se presentó  en su domicilio para robarle disfrazado de cura, con cuyo ropaje logró burlar la vigilancia que tenía delante de su residencia.

Al fallecimiento de Inocencio, dirigirá la empresa su hijo primogénito, Vicente Figaredo

                                          Don Inocencio consiguió vivir en sus últimos años rodeado de riqueza y opulencia (Véase obra citada págs. 237-240). El periodo 1914-1918 señala el cenit de su fortuna debido a la alta demanda de carbón provocada por la Primera Guerra Mundial cuando el carbón inglés no podía hacerle la competencia. Su fallecimiento se produce el veintidós de enero de 1918 siendo enterrado en el panteón que la familia tiene en el cementerio del Salvador de Oviedo y poco después sus deudos crean una nueva sociedad que lleva por título “Viuda e Hijos de Inocencio Fernández”.

                                               El primogénito, Vicente, que había estudiado ingeniería de Minas en la Universidad de Lieja, pasa a dirigir los negocios familiares, diversificándolos hacia las actividades bancarias y navieras.

                                               Algún tiempo después, gestionará el cambio del apellido Fernández por el de “Figaredo” que llevarán en adelante sus descendientes.