El último gran hacendado de Turón

  

 

                                                        Angel Martín González nació el dos de marzo de 1855, siendo sus padres Benito, rico Labrador de Enverniego, y María, hija de Matías Fernández-Prieto, el mayor hacendado del Valle por ese tiempo (ver  “Informaciones del Turón antiguo” pág. 125). No había cumplido aún el año cuando falleció su padre ( Ver “Turón, hora cero” págs 40-41) y junto a sus hermanas mayores, Josefa y Bernarda, se les nombró un curador judicial. A él, en particular, se le otorgó una dote para estudiar la carrera eclesiástica. Así fue como a muy tierna edad comenzó estudios de Latín y Humanidades, en el monasterio de Corias en Cangas del Narcea.

Ángel  estudiaba Filosofía en Corias cuando abandonó el convento

                                             Ángel llevaba diez años de enclaustramiento y ya vestía los hábitos religiosos cuando un grave contratiempo vino a dar al traste con todas las ilusiones que tenia puestas en el futuro, entre las que no se descartaba el marchar a evangelizar a tierras lejanas. El altercado en el que se vio envuelto tuvo su origen en el castigo físico y moral que recibió de uno de sus tutores por observar una falta de atención y aprovechamiento en el estudio. Ya hacía una temporada que habían percibido un cambio de comportamiento en su conducta, pues en algunas clases se encontraba totalmente ausente, como si las explicaciones del profesor no fueran con él. Enfurecido el fraile que hacía las veces de “jefe de estudios” le propinó una soberana paliza y fue cuando, entonces, hundido y desesperado, el joven alumno le hizo frente al preceptor. Su proceder había violado el reglamento vigente en el cenobio y fue expulsado de manera fulminante. Ángel Martín González cogió su maleta y puso rumbo a Turón donde fue recibido, no con poca sorpresa por sus familiares.

                                                        Algunos meses después llegó a su casa una misiva de Corias en la que el prior del convento le instaba a que volviera para concluir los estudios de Teología, pues había sido perdonado. Por ese tiempo ya eran conocedores de que la indolencia y el lamentable estado de ánimo en que se encontraba el estudiante últimamente tenía una  explicación y se debía a la irreparable pérdida de su querida madre fallecida, en Enverniego, en 1871, cuya noticia se había guardado para sí, no así su aturdimiento, claramente visible a los ojos de los demás. La comunidad de Dominicos había rectificado, pero llegaba algo tarde. En ese momento, después de un tiempo de contacto con la vida civil, sus planes para el porvenir habían cambiado.

Contrajo matrimonio con su sobrina  y ahijada Salomé a la que aventajaba en 13 años

                                                     Corría el año 1872 cuando se realizó la partición de la herencia de los González de Enverniego que suponía, a efectos oficiales, un capital imponible de 2.976 reales de la época. Ángel Martín González, que venía de cumplir dieciocho años, pronto se le iba a plantear el deber inexcusable de cumplir el servicio militar y como no estaba dispuesto a ausentarse de la región ante el peligro de la tercera guerra carlista que dividía a los españoles, compró su exención por el importe de una de sus fincas, librándose así de una muerte casi segura. Durante algún tiempo impartió clases de Latín y el uno de mayo de 1876 solicitó en el Ayuntamiento la plaza de maestro para la escuela de Loredo, pero tardó poco en comprobar que aquello no era un buen negocio, pues al raquítico sueldo había que añadir el inconveniente de los gastos de hospedaje.

                                                     Por su cabeza bullían muchas ideas en aquella época. Fue, entonces, cuando decidió dar un nuevo y definitivo giro a su vida. Regresó a Enverniego, a la casa familiar, donde crecían sus sobrinos, Benito, Salomé y Víctor ( ver “Turón, hora cero” págs 217-220), hijos de su hermana Josefa que había contraído matrimonio con Manuel Fernández Olivar, un hombre despierto y cultivado  que, por cierto, pronto llegaría a ser Teniente de Alcalde del Ayuntamiento, y allí regentó un chigre. Pero al fallecer su hermana, en 1882, dio un paso transcendental que había meditado profundamente desde tiempo atrás: contraería matrimonio con su sobrina y ahijada, Salomé, al cumplir ésta los dieciocho años. La boda se celebró el 26 de junio de 1886 previa solicitud al Obispado de la correspondiente dispensa eclesiástica por parentesco de Segundo grado de consanguinidad de los contrayentes.

Su patrimonio en extensión era equivalente a unos cuarenta campos de fútbol

                                                         Con este enlace Ángel Martín González recuperaba una parte del patrimonio de su hermana mayor que, aunque a título póstumo, se había convertido en su suegra. Sus posesiones comenzaban en Enverniego donde era dueño de la mayor parte de la vega y proseguían por Villafría y el molín de La Lloca hasta La Rebaldana; además poseía numerosos prados y castañedos en el contorno de Ricueva y en La Braña por encima de Los Barracones, sumando en conjunto una superficie equivalente a la de unos cuarenta campos de fútbol. El vecindario, en general, le conocerá ya siempre como “Angelón” de Enverniego, en alusión a su considerable capital.

                                                 Para administrar aquella hacienda se precisaba inteligencia, sentido organizativo y trabajo. Pero Ángel Martín González, con el fin de tomarse la vida con nuevos bríos, para cargarse las pilas como se dice ahora, llegado el mes de agosto, momento en que las tareas del campo sufrían un “impasse” cogía por su cuenta unas vacaciones y se marchaba a Santander o San Sebastián, que eran los lugares veraniegos por excelencia en aquellos tiempos. Son los años de un siglo que se agota, de un imperio español que se desvanece y de un nuevo siglo recién estrenado que coinciden con la formación de su numerosa descendencia: Juan José, (1892), Belarmino, Bernardino, Carlos, Angelina (1897) , Otilia y Matías.

                                              “Hulleras de Turón”, recién establecida en el Valle, necesitó ya desde sus primeros tiempos ampliar su concesión con terrenos complementarios para el completo desarrollo de sus actividades mineras (apertura de trincheras, escombreras…) y se encontró enfrente con sus propiedades. A tal efecto, fueron muchas las ocasiones en que Ángel Martín González tuvo que entrevistarse con los directores de “La Empresa”, primero con Eduardo Merello y después con Rafael del Riego para negociar ventas o canjes que afectaban a sus fincas.

Angel Martin
Ángel González en sus últimos años

                                                      Ángel Martín González fue una persona de amplia cultura, pues los conocimientos humanísticos adquiridos en la etapa conventual los irá complementando a lo largo de su vida merced a su importante biblioteca. En cuanto a los rasgos generales de su personalidad, era coherente con sus ideas y responsable de sus actos. Una prueba de su buen talante, que no estaba reñido con lo anterior, la tenemos en la siguiente anécdota. Durante la guerra, acuciados por la necesidad, determinados mozalbetes de los pueblos próximos subían a la vega de Enverniego para desenterrar unas patatas que luego escondían entre sus vestiduras. Un día se encontraron con “Angelón” y el susto que llevaron fue de campeonato. Les echo una buena reprimenda aunque les respetó la mercancía: “Anda, podéis llevarlas por hoy”. Pero para que no tomaran confianza, les advirtió con aquella serenidad que le caracterizaba: “Y no vengáis siempre a la mi tierra… ¡Rediez¡ La próxima vez ir a la de otros…”.

                                                    Ángel Martín González fue un hombre de profundas convicciones religiosas al que la convivencia con los Dominicos le dejaron una huella indeleble; además, tenía a orgullo el decir que “pertenecía a la séptima generación del capellán de Enverniego” (ver “Informaciones…” pág. 190).

                                                      Durante muchos años, su silueta de mediana estatura y rostro enjuto, embutida en un traje oscuro, camisa blanca abrochada hasta el cuello, chaleco y sombrero negro, se hizo habitual en el campo de la iglesia de San Martín durante los días festivos. Cuando ya anciano le sorprendieron los aires de cambio radical que se respiraban en tiempos de II República, cuando la asistencia a misa suponía poco menos que una epopeya dada la creciente ola de laicismo, siguió cumpliendo con su compromiso tradicional como si nada ocurriese. Porque los insultos que, a veces, tuvo que soportar (“carca”,  ”curín”) de algunos desaprensivos no le amedrentaron jamás.

                                                    Abandonó este mundo un día de 1941 (“el añu la fame”) como si quisiera huir del terrible caos que algunos españoles se habían empeñado en sembrar sobre el suelo patrio. Una de sus últimas disposiciones testamentarias señalaba que debía de ser amortajado con el hábito de la Orden de Predicadores, el mismo con el que se había arropado en su primera juventud en Corias.

                                                      Ángel Martín lo había guardado en un arca celosamente durante toda su vida para el viaje sin retorno hacia el más allá.

                                                                       Manuel Jesús López “Lito”