En busca del Turón perdido

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Portada

CARACTERÍSTICAS FUNDAMENTALES DEL LIBRO

Dimensiones: 17 por  24 cm

                                                         Nº de páginas: 538

                                                                                                        Nº de fotografías: 376

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Índice del libro “En busca del Turón perdido”

 

 

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                                                     Llegó el año 2006 y ya tengo preparado un  nuevo tomo  que considero en cierto modo como un complemento del primero de ellos: Lo titulé “En busca del Turón perdido” y se formó a partir de papeles y documentación que iba llegando a mis manos en aquellos años e incrementado con informaciones obtenidas personalmente del Archivo General de la Administración en Alcalá de Henares y en el Archivo de Protocolos Notariales de Madrid, que visité en junio de aquel año, o de resultas del nuevo desembarco que hice en los archivos monacales y el Diocesano de Oviedo , los parroquiales del Valle o las bibliotecas de la Facultad de Historia y la municipal de Oviedo.

                                                           La presentación del libro  el 14 de diciembre en el Ateneo de Turón fue todo un éxito de público. Allí estuvieron conmigo, de nuevo, Ismael, Baquero y Pablo, realizándose al final la proyección de una selección de fotografías del libro a cargo de Jesús, el bibliotecario de Turón, que supuso una agradable novedad para los asistentes. Repetimos los mismos protagonistas en el Club Prensa Asturiana de Oviedo el 24 de enero de 2007. Lo curioso es que hasta entonces la estación invernal se había presentado muy suave pero en la segunda semana de enero se presentó, de repente, una ola polar que duró varios días. Aquel día, como tantas otras veces, iba acompañado de mi mujer, de mi madre Mina con más de 80 años encima y de una amiga suya, Luz, viuda como ella desde hacía algunos años. Recuerdo que al llegar a Oviedo sobre las siete de la tarde, ya había anochecido y mientras nos dirigíamos al Club de Prensa nevaba ligeramente. Esta vez a la mesa de presentación se incorporó mi amigo Nicanor Díaz, un gerente empresarial, carbayón de nacimiento y amante de la Historia, que se encargó de dirigir la proyección final. Fue una de las jornadas más crudas del invierno; sin embargo, ello no fue óbice para que la sala estuviera casi llena: concurrencia extraordinaria con un centenar de de personas. Algo tiene Turón y los turoneses, no cabe duda alguna al respecto, pues tengo oído, a veces, a conferenciantes de prestigio reconocido con un auditorio de dos o tres docenas de personas. Es que hay castilletes como la historia de Turón que no pueden derribarse o silenciarse por más que desde determinados torreones de las altas esferas lo intenten. Es empeño vano. Pero claro, en estos encuentros siempre se hablaba, no solo del pasado, sino también se hacía una radiografía del estado catastrófico de nuestro valle que no levanta cabeza por el estado de abandono en que lo han sumido los mandatarios de turno.

                                                            Como creíamos firmemente que este libro sería el último que íbamos a publicar sobre Turón o, al menos, eso es lo que pensábamos en ese momento, queríamos hacerlo por todo lo alto. Por eso mi deseo era llevar la presentación del libro a Gijón, aunque esto no era una novedad como hemos visto. Pero mi idea ahora era más ambiciosa. Es bien conocido que a esta ciudad, como consecuencia de la crisis minera iniciada en los años sesenta, llegaron infinidad de compatriotas de tal manera que en la actualidad, si exceptuamos nuestro valle, es el lugar donde uno se puede encontrar con más turoneses. Por tanto, queríamos llevar a esta importante colonia de nativos, la historia, la nostalgia y el mensaje sobre el futuro de nuestra tierra. Queríamos convertir aquella jornada, aunque fuera de manera oficiosa, en un “Día de Turón en Gijón”

Los 4 en Gijon
Gijón 2006. Componentes de la mesa de presentación del libro “En busca del Turón perdido”: Pablo Prieto (1), Lito(2). Baquero(3), Zoilo(4)

                                                        En el primer contacto que tuvimos con el coordinador del acto, que actuaba en representación del diario “El Comercio”, nos manifestó que el periódico no disponía de un local determinado para este tipo de actos, sino que alquilaba uno distinto para cada ocasión, en función de las circunstancias de cada caso. Esta vez muy bien podía ser el salón de actos de una céntrica librería. Al preguntarle por el aforo me contestó que podía tener cabida para unas 30 personas. Me negué rotundamente. Yo no preparaba un acto cultural de aquel tipo en la ciudad playera solo para una treintena de asistente.. Eso ya lo había experimentado en un pequeño entoldado habilitado ad hoc por la asociación de libreros. Mi intención, ahora, era realizar algo más ambicioso porque era mi último libro, lo que dicho sea de paso y no se la razón, nadie entre mis amigos lo creía. Tan solo yo estaba convencido de ello pues era ya demasiado tiempo el que había quemado en esa historia. Pero a lo que íbamos. Carlos Iglesias, que así se llamaba el coordinador, me propuso entonces el salón de conferencias de la Escuela de Hostelería, sita en el Paseo de Begoña. Al entrar en su interior me impresionó favorablemente: su aforo rondaba las 160 plazas que eran otros tantos cómodos asientos tapizados en piel. La verdad es que nunca había presentado un libro en un local de tanta importancia. Una vez aceptado el reto, fijamos la fecha del acontecimiento para el 21 de marzo y me puse a trabajar anunciando el evento en los medios de comunicación (radio y prensa). Puedo asegurar que los turoneses nunca me habían defraudado y eso me transmitía confianza, aunque la meteorología, según se acercaba el día señalado, parecía dispuesta a interponerse en mi camino como ocurrió en Oviedo. La realidad es que desde la presentación en el Club Prensa Asturiana, el tiempo comenzó a mejorar y todo el mes de febrero y la primera quincena de marzo se mostró atípico para aquella época del año: temperaturas suaves sin heladas, sol y apenas días de lluvia. Estaba ya muy próxima la primavera pero, justamente, una semana antes comenzaron los partes meteorológicos a anuncia la llegada de un frente frío con temperatura máximas de 14 grados y nieve a 100 metros sobre el nivel del mar; también, se remarcaba el día 21 como el más crudo de aquella semana polar que se avecinaba. Se puede imaginar el disgusto que yo tenía encima y echaba maldiciones por doquier. ¡Para una vez cada tres años que protagonizo un acto de este tipo que, además, va a ser el último y me ocurre esto¡… Estaba desesperado y no me faltaba ápice de razón pues, evidentemente, el mal tiempo me iba a restar concurrencia, ya que hay que tener en cuenta que la mayoría de estos posibles oyentes superaban los 60 años y ante tan bajas temperaturas serían muchos los que optarían por quedarse en casa.

                                                                      El día señalado se presentó tan gélido como se venía anunciando. En las jornadas precedentes había nevado con gana, de forma que cuando salimos de Turón hacia las cinco de la tarde, la nieve cubría la carretera en muchas de sus partes. Al ir acercándonos a Gijón, comenzamos a sentir una sensación extraña porque se abrían claros en el cielo y no me lo acababa de creer; además, sin darme cuenta de ello por la tensión del momento, la nieve había desaparecido de la calzada y ello era consecuencia de la pérdida de altitud por la proximidad de la costa. Pero cuando cruzamos el paseo de Begoña la temperatura del ambiente era tan desagradable que, velozmente, entramos en el edificio donde iba a tener lugar la presentación sin más contemplaciones.

                                                             Diez minutos antes del comienzo del acto que estaba programado para las siete , éramos seis personas en el espacioso salón situado en la segunda planta: mi madre Mina, su amiga Luz, mi mujer María Elena y dos amigos míos, José Manuel García Laviana, ingeniero  natural de El Entrego y Nicanor, gestor empresarial, que se encargaría de comentar una serie de fotografías del libro proyectadas sobre una pantalla. Presagiaba lo peor pero la suerte ya estaba echada. Mientras unos técnicos ponían a punto el equipo sonoro de la sala, me dirigí por unos momentos al patio interior del edificio y alguien que llegaba me advirtió de la presencia de algunos amigos venidos de Turón que estaban en una cafetería próxima. Bajé rápidamente a la calle y al salir a la acera una oleada de frío polar me barrió el rostro que vino a recordarme lo intempestivo de la jornada. Saludé a Genaro Quevedo, a Germán Prieto, a “Chevis” y a otros que les acompañaban y sin más dilación me refugié, de nuevo, en la Escuela de Hostelería y me encaminé a la segunda planta. En ese momento comenzaban a llegar algunas gentes que con el libro en la mano me solicitaban una dedicatoria. Entre firma y firma, podía observar como los espectadores , todos ellos muy abrigados, iban fluyendo sin prisa pero sin pausa. Cuando quise darme cuenta, el mencionado patio estaba repleto de gente y algunos optaban por pasar al salón para acomodarse en las confortables butacas destinadas para el público, pues en la antesala la capacidad de maniobra, debido a la aglomeración de gente, estaba ya muy limitada. Allí era donde yo seguía “asediado” y solicitado sin descanso. Allí conocí, entre otros, a Nicanor Figaredo, hermano del célebre jesuita “Kike” Figaredo ( Nacido en Gijón es Prefecto Apostólico de Battanbang -Camboya), y a una biznieta de los Bertrand , ingenieros belgas que tuvieron concesiones mineras en el valle de Turón en la segunda mitad del siglo XIX ( ver “Informaciones del Turón antiguo” y “En busca del Turón perdido“). Por momentos, era consciente de que el tiempo iba transcurriendo más aprisa de lo deseado pues la hora de comienzo del acto se había sobrepasado pero nada podía hacer por evitar aquella demora imprevista pues dejaba una persona y se me acercaba otra que me hablaba de su filiación, que vivía en Gijón pero que había nacido en El Riquixu o en L’Agüeria, en fin, que quería cambiar algunas impresiones conmigo, recordándome que en determinada página del libro se encontraba el nombre de su padre, mientas que en otra se plasmaba una fotografía de un grupo de mineros en la que aparecía su abuelo. Cuando alguien nacido en Urbiés me hacía ver que parte de sus antepasados eran los de una de las genealogías mostradas en el libro, miré el reloj de resbalón y pude ver que señalaba las siete y cuarto. Eran necesario comenzar el acto pues tal retraso ya suponía como una falta de consideración hacia todos aquellos que permanecían sentados en sus asiento desde hacía bastantes minutos; por otra parte, yo no veía laforma de despegarme de algunos turoneses que permanecían a mi alrededor haciéndome preguntas y más preguntas, porque no quería ser descortés con ellos. En aquellos momentos, sobre las claraboyas del patio, comenzó a sonar un repiqueteo como si de una ametralladora se tratase, lo que motivó la atención de los concurrentes que comenzaron a verter comentarios variados sobre el inesperado suceso. Se trataba de una tormenta de agua y granizo que, de súbito, descargó sobre la ciudad. Esa fue la ocasión que aproveché para colarme en la sala y todos los que me rodeaban siguieron mi estela buscando cada cual su acomodo. Cuando llegué a la mesa de presentadores allí estaban todos mis acompañantes esperándome: el periodista Zoilo Martínez de Vega, el librero Manuel Baquero y el ex-presidente de la Plataforma Juvenil Pablo Prieto . Pude entonces observar como la sala no estaba llena pero le faltaba poco: total unas 130 personas como mínimo. A mi lado, se encontraba también Carlos Iglesias que no daba crédito a lo que veía. “Los de Turón sois la leche”- me dijo. Ya no se acordaba- y llevaba 18 años en la brecha- de la última vez en que una presentación literaria coordinada por él mismo  había reunido a tanta gente.

                                          Aquel día, volvimos a hablar de lo mismo que en otras ocasiones similares: de nuestro querido Turón que tanto ayudó al país cuando más lo necesitaba y de lo poco que había recibido hasta el momento; también de las posibles salidas hacia el futuro. Y la gente se entusiasmó porque los turoneses del siglo XX tienen algo especial. Sienten la tierra de una manera distinta.

                                             Una vez más habían respondido a nuestra llamada. Me encontraba satisfecho por el deber cumplido: hablar de Turón cuando Turón no estaba de moda por causa de nuestros gobernantes. Debo de confesar que nunca había hablado para tanta gente, si exceptuamos el día en que me llamaron para pronunciar el pregón de las fiestas del Cristo y podemos asegurar que si la jornada hubiera sido primaveral aquel salón se habría quedado pequeño para dar cabida a tantos compatriotas que se quedaron en casa pues aquella tarde no invitaba a otra cosa. Tampoco falló mi amigo Zoilo que si bien desistió del traslado aéreo, hizo el desplazamiento por carretera desde su domicilio madrileño. El celebérrimo periodista turonés, junto con Pablo y Baquero, fueron los tres “mosqueteros” que tantas veces me han arropado en esta clase de encuentros culturales.

                                                      En el mes de abril, Luis Martín, presidente de Libroviedo, feria anual organizada por la asociación de los libreros de la capital carbayona, me invitó a presentar el libro en este nuevo foro. A decir verdad, la obra ya era conocida en la ciudad desde el mes de enero, pero por aquello de ser mi última irrupción en el mundo de la historia local -esto era lo que yo pensaba en aquel momento- acepté sin más reparos. Fijamos la fecha para el día 10 de mayo. Este evento suele durar unos 15 días y se celebraba bajo un entoldado dispuesto en el Paseo de los Álamos. Allí, además de los stands de venta de libros, se habilita un recinto para los actos literarios con un aforo de unas 30 localidades. Durante los días que dura la muestra suelen venir algunos autores famosos a los que se les da una gran cobertura en los medios de comunicación (radio, prensa, TV,…) siendo sus obras muy conocido de antemano por tal motivo. La feria comenzó el día tres y en aquellos días me vi afectado por una faringitis acompañada de una tos irrefrenable, que ponía en serio peligro mi comparecencia después de haber sido anunciada en la prensa regional. Estaba temiendo que em ocurriese como tres años atrás, coincidiendo con la publicación de “Turón. El fin de una época” en que no pude cumplir con Luis Martín al no facilitarme la imprenta el libro hasta después de concluida la Feria. Esta vez, todo parecía señalar que, no por culpa de la imprenta sino a causa de mi dolencia, iba a ocurrir lo mismo y esta ausencia, aunque estuviera justificada, no me dejaba en buen lugar ante el coordinador del evento. Me preocupaba no poder asistir porque mi garganta se iba poniendo cada día peor y la tos no remitía. Debo de apuntar que esto no era casual pues mi debilidad en ese sentido venía de lejos: fui operado de amígdalas a la tierna edad de cinco años y luego acabé destrozando la garganta al cabo de 25 años que fueron los que estuve de dedicado por temporadas a explicar Matemáticas en sesiones intensivas de seis y hasta siete  horas diarias. Y, claro está, cada dos por tres, se me presentaba una afección a la faringe a pesar de todas mis precauciones que siempre necesitaba durante unos días de la administración de antibióticos. Pero, a pesar de que estaba impresentable por aquella persistente tos que me atenazaba, siempre tenía la esperanza de alcanzar la mejoría en los días siguientes aunque esta no acababa de producirse. Mientras tanto, por medio de la prensa diaria, me iba informando de la evolución de la Feria y, según declaración de una visitante, testigo de las presentaciones de algunas novedades editoriales, realizadas por diversos escritores, aquellas no habían tenido demasiada audiencia. Y concluía con la siguiente manifestación al periodista de turno: ”Hasta que no venga Ortega Cano, el torero, con el libro sobre Rocío Jurado, no se llena la sala”.

                                                       Por fin, llegó el día de autos por mi tan temido en aquellas circunstancias. Ahora, para más inri, a la tos se me había asociado una gran afonía. Media hora antes de las siete de la tarde que era la acordada para el acto, ingerí una cucharada de un medicamento que me había recetado mi médico de cabecera. Se llamaba “Toseína” que es un remedio para calmar la tos que casi nunca funciona pues lo venía tomando hacía varios días y cada vez estaba más congestionado. Al comenzar la intervención, después de haberme presentado con unas emotivas palabras, el Jefe de Estadística del Ayuntamiento de Oviedo, Longinos Fernández, aclaré que ya en una ocasión la había fallado por causas imponderables al bueno de Luis Martín, pero esta vez vendría con la cabeza debajo del brazo si era necesario para evitarlo. Al principio de la exposición tosí un poco y algunos que ya conocían mi problema presagiaron lo peor. Yo- he de confesarlo- imaginaba lo mismo que ellos, que aquello no iba a terminar bien. Después, inesperadamente, me salió una voz potente y como de ultratumba, debido a la ronquera que arrastraba; algo así como la que exhibió Lee Marvin en su película “La leyenda de la ciudad sin nombre”  Creo que todo el mundo lo agradeció pues no me pasó desapercibida la enorme atención que observaba en el reducido pero denso auditorio que tenían delante. Entre los que me conocían porque aquel timbre de voz no era el mío habitual y para los demás porque aquella sonoridad le añadía un toque solemne a mis palabras. “Para siempre querría yo tener ese tono de voz de bajo profundo  que me salió aquel memorable día.  No puedo explicarlo pero fue como un milagro; además, aquella tarde no volví a toser más. En días sucesivos ya fue otro cantar pues la afección se me complicó y estuve convaleciente durante cuatro semanas. Pero volviendo al entoldado del Paseo de los Álamos, debo decir que el aforo se cubrió con creces, entre los que se encontraban Mayte Bravo, secretaria de Grucomi, Senén “Candanal”, Fermín Palicio, presidente de la Asociación “Amigos de Veguín”, David y su mujer( padres de Jorge Varela), etc. Incluso, había gente de pie acompañándonos. Recuerdo a Celso Peyroux, cronista oficial de Teverga como uno de ellos. También otros que , paseando junto a los distintos mostradores de los libreros, al oír aquella voz tan grave que lanzaba al aire reivindicaciones para un valle minero en crisis, se detenían a la entrada algunos momentos para satisfacer su curiosidad. ¡Ah¡ por cierto, reseñar que en la jornada precedente el diario “La Nueva España” plasmaba una fotografía de la presentación del libro de Ortega Cano, el torero, y se contabilizaban seis personas teniendo en cuenta el que disparó la cámara. Pero es que las gentes de Turón, no nos engañemos, son irrepetibles.



 2007 libroviedo

LIBROVIEDO Abril de 2007. Público asistente a la presentación del libro “En busca del Turón perdido” en el entoldado del Paseo de los Álamos, Son los momentos anteriores al comienzo del acto. A la izquierda, entre otros, Serafín, Andrés, Julia y Darita de Oviedo, Amor y David  (padres de Jorge Varela); a la derecha, Mina, Luz, Senén Candanal, Gregorio Lillo, Armando de L’ Agüeria, Jesús de La Llera,…Al fondo, de pie ( con cazadora roja), se encuentra Antonio Fernández( Foto Urbano Álvarez).