En pos de la segunda parte

  

                             A finales de mayo volví a encontrarme con el profesor Llaneza en Mieres del Camino y preguntándome como llevaba la investigación sobre Solís, me alentó, de nuevo, a que visitara el llamado Archivo de Fundaciones que yo daba por perdido. Según sus referencias estaba, de forma  extraoficial, en un edificio de la calle Santa Teresa. Cuando lo descubrí en un sótano de la antigua Delegación del Ministerio de Trabajo , empecé a ojearlo con una mezcla de nerviosismo y ansiedad a partes iguales. Eran los primeros días del mes de junio.   El recinto estaba permanentemente cerrado y por indicación de Luis Jesús Llaneza, me presenté como profesor literario que quería consultar aquellos legajos para realizar una tesis doctoral y que venía de parte del catedrático de Matemáticas de Mieres que ya lo había visitado. Para conseguir el permiso necesario, el funcionario me advirtió, previamente, que no diera publicidad al hecho porque, en realidad, aquel archivo “no existía” para el público y, en último caso, no tenía ninguna obligación de  permitirme el acceso al mismo. Le respondí que por mí no se preocupara, al tiempo que le agradecía profundamente la deferencia que estaba teniendo conmigo , aún sin saber si allí podría encontrar algo que sirviera a mi investigación.                                                                               Una vez conseguido el permiso  necesario, había que  pedir la llave al ordenanza para acceder a aquella habitación . Después de  abrir la puerta, aquel me dijo que tenía que aislarme por dentro porque aquella entrada debía de permanecer siempre sellada y al marchar debía, asimismo, cerrar y devolverle la llave. Cuando quedé solo y enclaustrado en aquel sótano de la antigua Delegación del Ministerio de Trabajo, aprecié pronto que el aire era casi irrespirable por la falta de ventilación porque allí no había la más mínima ventana que permitiera el paso del oxígeno. El recinto de unos 20 m2 tenía en el centro una mesa destartalada y en uno de los laterales había una estantería metálica   que albergaba como una treintena de carpetas  de tapas jaspeadas y atadas con unos lazos de color rojo bastante ajados por su antigüedad .  Algunas estaban  amontonadas sin ningún orden y empecé a ojearlas con una mezcla de ansiedad y nerviosismo a partes iguales.  Me había dicho el conserje, también, que ese “archivo” no lo conocía nadie, que por allí habían pasado solo cuatro  o cinco personas. De pronto, encontré unos legajos que, rápidamente, relacioné con el libro que había preparado “el simulador”, lo cual me  hizo pensar rápidamente que, aquel, era uno de los que ya había pasado por allí. No tardé mucho tiempo en descubrir en el improvisado inventario, un apartado que decía “Obras Pías de Solís”. Se me iluminó el corazón cuando observé aquel título. Abrí la correspondiente carpeta y al examinar los primeros folios, aparecían unas cartas en las que se mencionaba al administrador de las fundaciones de Solís, el Dr. Argüelles, que, a comienzos del siglo XIX, había cometido un desfalco de los fondos de lo que me había comentado “el enredador”. “Aquí está el famoso archivo particular de la amiga del funcionario de la Universidad”- pensé; además concordaba con el número de visitantes que me había dicho el ordenanza : cuatro o cinco. Efectivamente, “el enredador”, su amiga, “el simulador” y  el profesor Llaneza que, conmigo, hacían cinco. Lo cierto es que no cabía en mí de júbilo en aquellos momentos. Con aquella documentación en mis manos, comprendí desde ese instante, que ya podía plantearme seriamente la idea de poder publicar un trabajo de mediano alcance sobre el mariscal y su obra. Hasta entonces, no. Aquel fue un día crucial para la consolidación de un proyecto que traía entre manos desde hacía tiempo. Durante los días siguientes (junio de 1990) en que vacié toda la documentación que allí tenía, una extraña sensación me atenazaba las entrañas. La emoción que me embargaba era inconmensurable. Era un sentimiento profundo que no he vuelto a experimentar. Lo había percibido en mi juventud alguna vez pero por otros motivos. Hasta aquel día en que me encontré con este archivo “no oficial”, era tal el convencimiento que tenía de que toda la información sobre las fundaciones de Solís habían desaparecido, víctima de los desmanes de la Guerra Civil, que, repetidas veces me golpeaba la frente con los nudillos de la mano para constatar de que no se trataba de una ilusión.

                                    Los fondos, bastante descuidados por cierto, que reposaban en aquellas estanterías malolientes, debido a la carencia absoluta de ventilación, procedían de obras de beneficencia , cuya administración dependía, en otro tiempo, del Gobierno Civil y, al seguir un conducto diferente a los archivos de la Real Audiencia, del Obispado y de la Universidad, se libraron de ser destruidos cuando la Revolución de 1934.

                               Habían transcurrido varios días desde la conclusión de aquella tarea y aún continuaba dominado por aquel cosquilleo que se me producía en el alma. Debía de ser el resultado del choque entre el consciente y el subconsciente, quién, plenamente convencido desde hacía tiempo de la imposibilidad de encontrar de datos concretos, se resistía ahora a admitir la realidad.

                                                  A finales de julio estuve con Abelardo y le expliqué la situación actual de lo que se alegró profundamente; al mismo tiempo, me comunicó  la intención de pasar una larga temporada en Andalucía, visitando también la ciudad de Ceuta donde tendría ocasión de comprobar algunas de las obras de fortificación realizadas por Solís de las que yo le había informado en su momento, como la fortaleza del Hacho. 

                                 Mientras tanto, de algunos datos sobre fechas nombres de escribanos de los papeles del “Archivo de Fundaciones” me permitió, en el Archivo Histórico Provincial, tener acceso a escrituras de imposiciones de censos relacionados con las “Obras Pías de Solís”.

                             Estaba muy entusiasmado aquellos días con el desarrollo de un proyecto que ya se iba perfilando: las cien primeras páginas comprenderían la biografía del ingeniero ovetense (ya concluida) y las cien restantes las llenaría el estudio de las fundaciones dejadas a su fallecimiento. Estaba tan ilusionado, repito, que el mes de agosto que tenía de vacaciones lo empleé casi en su totalidad en las clases de Matemáticas y en preparar el dibujo de la Colegiata, como señalé más atrás.

                             Lo que sigue  (Un instituto en la montaña allerana) es una síntesis de la segunda parte del libro que comencé a elaborar con aquella documentación .