FIGURAS DE LA SOCIEDAD LOCAL

                                                             En este apartado recogeremos algunas notas biográficas sobre un colectivo de hombres y mujeres relacionadas con el Valle que alcanzaron relieve y notoriedad en la sociedad de su tiempo. Algunas veces se trata de personas relevantes en distintas especialidades universitarias, en otras ocasiones por haber destacado en  las artes, el deporte y los negocios o como poseedoras de un importante patrimonio  agrario. Cuando se afronta un estudio de esta naturaleza, nunca va a ser a gusto de todos. No lo pretendemos porque esa tarea es imposible ya que la serie de personajes descrita nunca va llegar a ser exhaustiva. Se entiende  fácilmente si decimos que en nuestros libros hay recogidas más de sesenta reseñas biográficas y  somos conscientes de que la relación es incompleta.

                                                               Empezaremos por recordar a dos importantes personas (Germán Prieto y Genaro Quevedo) con las que pasé muchas tardes en las dos últimas décadas, hablando siempre de “nuestro Turón”. Partiendo de su experiencia en el Coro Minero me contaron anécdotas e historias  sobre diversos aspectos de nuestra comunidad en la postguerra. Su popularidad me sirvió como una “llave” que me permitió abrir muchas puertas de turoneses que no me conocían o que solo habían oído hablar de mí cuando la etapa de las clases de Matemáticas ; algunos, a decir verdad, eran los padres de aquellos que habían sido mis alumnos, veinte o treinta años atrás. Todos estos pusieron a mi disposición multitud de fotos familiares que son muchas de las que adornan todos y cada uno de los libros que he publicado sobre el valle de Turón.  Los  primeros artículos , representan mi  homenaje particular a la memoria de estos dos grandes amigos.

 

 

     EL REFUNDADOR DEL CORO MINERO DE TURÓN


En memoria de Germán Prieto,
director de la masa coral,
fallecido el 30 de junio de 2014. 

 

                                                                               Por delante de la sastrería que mi padre tenía en El Fabar pasaba diariamente un amigo mío ( Chus Ordiz) con el que compartía animadas charlas culturales en el tiempo que regresaba del colegio de los frailes,  camino de su casa en Linares, para comer y luego regresar a las clases de la tarde. Un día, a comienzos del verano, me sugirió la idea de incorporarme en una polifónica formada por jóvenes de ambos sexos y a cuyos ensayos asistía, dos días por semana, en la primera planta del Bar Zurrón sito en La Veguina. Acepté complacido y heme aquí que me encuentro un domingo por la mañana, en la primavera de 1964,  ante su director para hacer las pruebas pertinentes. Era un hombre de mediana estatura, aspecto agradable, ademanes enérgicos y de unos treinta años de edad que, rápidamente, me catalogó como barítono. Pero cuál sería mi sorpresa cuando ya desde los primeros ensayos me situó en el grupo de los bajos alegando que sólo tenía dos. Así que ya puede suponerse mi tragedia particular: a mis carencias en la entonación había que añadir mi situación en una cuerda en la que no me sentía cómodo. Menos mal que tenía a mi lado un bajo excepcional –pronto me di cuenta de ello– un veterano del canto, Alfredo de la Vega el Rey, que había sido hasta hacía poco tiempo un puntal importante del Coro Minero, pero a raíz de unas fricciones surgidas con algunos de sus miembros se había pasado a la Polifónica Turonesa.

Germán tuvo en su padre, el popular “Madrid” , un profesor extraordinario

                                                           El director, en principio, parecía haberme hecho una pequeña “faena”, pero nada más lejos de la realidad  pues Alfredo al cantar “Alma llanera”,”Camín del baile” o “El Vito”, con su excepcional vozarrón enmascaraba todas mis limitaciones y eso me tranquilizaba. Recuerdo muy bien el clima que se respiraba entre los componentes del grupo (Falo el de Radimar, Guillermo el chato, Loli de San Francisco, Monse de Cabojal, Mari Paz de La Cuadriella, una hermana de Carrete el futbolista, la hija de Luisa la de las flores, Javier Barreiro …) que era muy distendido. No obstante, paré  allí menos que “el Vasco en Peñamiel” como se decía en otro tiempo para ilustrar una brevedad, y muy a pesar mío, pero en octubre iniciaba el bachiller superior en el Instituto “Bernaldo de Quirós” de Mieres y mi padre no quería ninguna distracción para mí que no fueran las Matemáticas, la Física o la Química. Traigo esto a colación porque así fue como tuve el primer contacto con Germán Prieto, el director de aquella polifónica y al que hoy vamos a evocar en honor a la gran relación de su figura con el Coro Minero de Turón, así como también en honor a la gran amistad que nos ha unido  ,  durante los últimos cuatro lustros.

                                                          Nacido en 1932, tuvo en su padre “Madrid”, popular músico en el Turón de anteguerra, un profesor extraordinario; luego complementaría sus conocimientos estudiando solfeo por los métodos de Hilarión Eslava. Integrante del Coro Minero casi desde su fundación, la afición a la música le hace devorar todo lo que llega a sus manos relacionado con este arte, estudiando otros métodos como “El Solfeo de los solfeos”, actuando como jefe de cuerda en los tiempos de Vital Pardo y dirigiendo al grupo de forma esporádica en su ausencia.
La vocación artística de Germán queda patente aquellos años de la postguerra en que con un enorme sacrificio compatibiliza su trabajo en “La Compañía” con la creación de la “Polifónica Turonesa” en 1958, al tiempo que amplía su formación musical con sus estudios de piano y armonía, ésta por los métodos de Arin y Fontanilla. Pero la década de los años sesenta se va a caracterizar por un intenso flujo de trabajadores hacia Bélgica y Alemania lo que determina que estos grupos entren en crisis pues quedan diezmados en poco tiempo. El Coro Minero que había sido laureado en Torrevieja y repetidamente galardonado también desaparece.

En 1973, Germán es llamado pasa a dirigir el Orfeón de Mieres y en esta nueva etapa le va a dar un notable impulso, según palabras del mejor critico musical del momento: Florestán. Cuando agoniza el decenio, se está produciendo el regreso a la patria de muchos de aquellos emigrantes y un grupo de veteranos del Coro Minero, entre los que se encontraba el tenor Genaro Quevedo, se entrevistan con Germán para que se haga cargo del emblemático grupo turonés al que, a toda costa, quieren recuperar. El entusiasmo general crece. La alegría se desborda y muy pronto se produce la refundación. Comienzan a sonar canciones como “Vaqueira” de Ruiz de la Peña, “Pupurri asturiano” de H. González o “Benedictus” de Torner. En este tiempo, el Coro Minero cubre una etapa importante sin perder ritmo. Actuando en el Teatro Real de Madrid y otros lugares, el Coro, bajo la batuta de Germán, pone al Valle en el candelero, una vez más, reverdeciendo viejos laureles por esos caminos de España.

Aparte de las rencillas locales, la causa fundamental del desaguisado cometido con este hombre, fue haber nacido en el Valle

                                                        Emocionante, en particular, fue la visita a Valladolid donde realizaron una puesta en escena cargada de sentimiento. El caso es que en 1980, el Coro había actuado en el Centro Asturiano a petición de José Luis Varela, un antiguo turonés afincado en la ciudad del Pisuerga. Pero éste regentaba allí un importante restaurante y al año siguiente fue distinguido como “mejor hostelero del año”. Entonces, el Coro Minero, sin previo aviso, decidió darle una sorpresa al bueno de Varela y se presentó en Valladolid el día del homenaje. Llegaron los postres y las recias voces de la agrupación turonesa invadieron la estancia y la bañaron con sus acordes que hablaban de amores y de costumbres ancestrales como si de una impetuosa cascada se tratase. Los comensales quedaron impresionados. Allí estaba lo más granado del mundo de los negocios de la provincia, además de otras prestigiosas autoridades como un general del ejército de Tierra que, al final, felicitó efusivamente a Germán. Por su parte, a Varela se le deslizaban las lágrimas por ambas mejillas sin poder evitarlo. Su tierra natal, su valle minero, a través de aquellas melodías, le habían convulsionado el corazón. Fue un día inolvidable para todos.

Foto Germán
Germán Prieto

                                                                   En 1982, graban un microsurco con Dial Discos S. A. y dos años después se le hace un homenaje a Germán por la importante labor realizada en el último quinquenio al frente de la agrupación musical a la que ha ayudado de forma decisiva para su recuperación. Todo parece ir sobre ruedas y las actuaciones y éxitos se suceden, pero en 1986 surgen algunas discrepancias con unos coristas que se niegan a someterse a su autoridad. La directiva entonces propone que Germán reorganice el grupo expulsando a los elementos díscolos pero, al mismo tiempo, a sus espaldas, negocia la creación de uno nuevo que pasa a dirigir Baldomero Pérez. Durante algunos años dos conjuntos se arrogan la representación del “Coro Minero de Turón”, si bien el que dirige Germán es el primero que se registra en la Consejería de Cultura del Gobierno del Principado de Asturias. Recuerdo en esos años, en que yo vivía en Pola de Lena, la tristeza que sentía porque en mi tierra existiera esa profunda crisis en tan renombrada agrupación coral. Pero siguiendo con Germán, de esa época son la obtención de algunos premios como el “Xiurrell de Plata”, máximo galardón que concedía el Gobierno balear a la actividad coral, o el “Distintivo Vital Alvarez-Buylla” otorgado por el “Aula de Paz Camín de Mieres”. Pero la bicefalia del Coro era, no solo molesta para  los que sentían al Valle de Turón  sino también un mal ejemplo para todos, por lo que con el fin de no perpetuar aquella situación anómala, en 1991, Germán, en un acto que le honra, decide disolver su grupo para no sangrar más el buen nombre de la entidad. Entonces, el Coro vuelve a ser único, dirigido por Baldomero y patrocinado por la asociación “Mejoras del Valle”. El cisma había concluido.

                                                        A Germán se le ha hecho mucho daño con este triste episodio. Doy fe de ello yo que he tenido el honor de haber gozado de su amistad durante bastantes años. Ya nunca más dirigió a un conjunto de coristas como había sido la pasión de su vida. No obstante, mientras la salud le acompañó seguía trabajando y estudiando en su casa y peleándose con el pentagrama casi a diario. De esta última época son sus composiciones “Por todos los caminos”, “Los peregrinos del sol” y “Coplas de la minería”.

                                                       Para concluir esta aproximación a la figura de Germán Prieto –ver más detalles en mis obras “Turón. Crónica de medio siglo (1930-1980)” y “Memoria gráfica del Turón industrial (tomo II)”–pienso que, aparte de las rencillas localistas que, en ocasiones, existen y son las que afloran a la superficie siendo, por tanto, las más vistosas, la causa fundamental del desaguisado cometido con este hombre que vivió para la música, fue el haber nacido en el Valle, vamos, que fuera uno de los nuestros; en otro caso nada de lo descrito hubiera ocurrido pues, sin restar méritos a ninguna persona en particular, tenemos la necia costumbre en este país de valorar siempre, a los que vienen de fuera y no por ser mejores sino por ser forasteros. Y así nos luce el pelo muchas veces.

                                                             Me ha dolido tu muerte Germán. Un amigo menos de los auténticos. Así es la vida. Todo se ha terminado para ti. Ahora que estás en las estrellas, resérvame un buen sitio compañero del alma.

                                                                                                     

               

 

                      EL   TENOR DE SAN FRANCISCO

                                                                          Podemos afirmar que la figura de la que hoy nos vamos a ocupar nació cantando y aunque parezca una fantasía, esta frase nos sirve para definir su afición por este arte como algo innato, pues siendo poco más que un niño ya formó con algunos amigos del barrio un ochote a dos voces que “sonaba” muy bien y estaba dirigido por Guillermo “el chato”. 

                                                                          Genaro Quevedo nació en el poblado minero de San Francisco y su infancia se desarrolló en plena postguerra. Estamos hablando de tiempos de excepción: escasez de suministros, enfermedades y muerte. El reducido tiempo de ocio que le permitían aquellos años oscuros, los dedicaba al canto, tanto en casa, como con los amigos o en la propia calle. Es su verdadera válvula de escape. En 1944 coincidiendo con las Bodas de Plata del colegio La Salle se celebró una gran fiesta alrededor de la misa cantada al mediodía (segunda pontifical de Perosi). La formación musical estaba integrada por el Coro de Hulleras de Turón que dirigía Aurelio Pardo y por algunos de los alumnos mas cualificados para participar en el evento. Entre los primeros se encontraban importantes coristas que procedían del Orfeón turonés de anteguerra como Cotti, Dalmacio, Floro del Visu y Enrique Burguet, y entre los segundos, como no, estaba Genaro con tan solo 12 años. Algún tiempo después, una vez concluidos los estudios primarios, ingresa en la mina “Fortuna” de Antonio Aza siendo destinado a los planos inclinados donde tenía que sufrir las inclemencias climatológicas (lluvia, frío, nieve) durante buena parte de la temporada. Una prueba demasiado cruel para un joven que venía de cumplir los 16 años.

Apasionado de la música, fue uno de los fundadores del Coro Minero de Turón

                                 Después, una alegría dentro de la severidad y el sacrificio con los que transcurría su existencia: el ochote del que formaba parte es requerido por la dirección del colegio “La Salle” para cantar un triduo durante las fiestas patronales en compañía de otros orfeonistas previamente seleccionados. Se da la circunstancia de que aquel mismo año llegaba a Turón el Hermano Ginés, un religioso de gran formación musical al que”Paco el médico”, pronto animó para que formara un coro dada la gran afición existente en el Valle. Así se creó el “Coro La Salle” que debutó el día de La Pilarica de 1950 siendo Genaro, que actuaba como tenor primero, uno de sus fundadores, según se puede ver en mi libro “Memoria gráfica del Turón industrial (1880-1980)” página 221, publicado en 1997. 

 

                                                       Al     año siguiente, siendo un muchacho de dieciocho años entra en la nómina de “La Empresa” dentro de la sección de “Vía Estrecha” comenzando así su vida laboral que se prolongaría en Turón poco más de diez años como veremos más adelante.

                                                             En el mes de mayo de 1953, la agrupación turonesa que ahora estaba bajo el mecenazgo de Educación y Descanso de Hulleras de Turón, es invitada a participar en la I Feria Internacional del Campo, celebrada en Madrid obteniendo el máximo galardón. Y cuando es presentada se anuncia por los altavoces que está constituida por hombres de la mina por lo que en adelante sólo se conocerá como “Coro Minero de Turón”. Dos años después Genaro actúa con este conjunto ante la televisión británica con motivo de una visita a Llangollen sonando con fuerza las notas de “La Mariolina” y “Ecos de la quintana” que los cantores mineros interpretaron con especial maestría. 

                                                Algunos años más tarde, con la llamada “Ley de Estabilización Económica”, los precios suben de forma desorbitada y se producen ajustes salariales y despidos en “La Compañía”. Por ese tiempo, en la barbería de Venido, situada junto a la ferretería de Cuadros en Vistalegre, Genaro solía reunirse con Sito -véase obra del autor “Turón. Crónica de medio siglo (1930-1980)” páginas 208-210-. Mientras esperaban su turno canturreaban melodías clásicas en las que intervenía el propio peluquero, hasta tal punto que fraguaron la idea de crear un terceto con acompañamiento de guitarra. Proyecto que cristalizó pronto pero Sito se acordó de Manolito Baquero que tenía un manejo prodigioso de aquel instrumento y Venido se quedó fuera. Nació de esta manera el “Trío San Francisco” (Ver o. c. páginas 79-81) ganador del concurso radiofónico “Rumbo a la Gloria” en 1960. Pero Genaro seguía integrado en el Coro Minero que en ese mismo año obtuvo el segundo premio en el Certamen Internacional de Habaneras celebrado en Torrevieja que le sirvió para realizar una gira por varias capitales de provincia empezando por Madrid donde actuó ante las cámaras de la televisión estatal. En cuanto a la situación económica del país, ésta no experimentaba mejoría alguna y comienza un importante flujo migratorio hacia Europa como se decía entonces. Esta es la decisión que tomó también Genaro que como rampero en el pozo “Santa Bárbara” apenas superaba las dos mil pesetas mensuales, por lo que en 1964 da el salto a Bélgica con toda su familia. Los primeros tiempos fuera de la patria no fueron fáciles. Con frecuencia se acordaba de su valle, de aquellos montes de Cutiellos y La Braña a los que tantas veces había ascendido en su niñez. No habían transcurrido aún dos años desde la llegada a aquel país cuando un día, Argentino y “Chuso Piloto”, dos antiguos compañeros suyos en el Coro Minero, le comunican en un bar de Bruselas que, precisamente, el conjunto turonés iba a actuar en Amberes dentro de una “tournée” que realizaba por Alemania. No dudaron un instante: había que ir a escucharlos. Cuando llegaron al palacio de los Deportes y se encuentran con sus compañeros los abrazos entre ellos son de órdago. Al final de la actuación oficial por deseo expreso del director Luis Rodríguez, en el vestíbulo del polideportivo, en exclusiva para los tres inesperados espectadores, el Coro les dedica dos canciones, que evocaban vivencias de la “tierrina” y aquellos acaban arrodillándose y llorando como niños. Un doble sentimiento les embargaba en unos momentos cargados de emoción: el haber formado parte años atrás de un conjunto que ahora les homenajeaba y, por añadidura, el encontrarse con aquellos compatriotas en un país extranjero. En Bélgica se vivía mejor que España pero, como suele decirse, allí tampoco “ataban los perros con longaniza” y si Genaro alargó la estancia en el país fue para que su hijo mayor concluyera sus estudios de ingeniería informática.

  Genaro  fue el  artífice del resurgimiento del Coro Minero después de su desaparición y un defensor a ultranza del C.D.Turón al que  representó como directivo durante la presidencia de Marcelino”UNO”

                                                           Entonces fue el instante del regreso a casa. Era el año 1975 y se encontró con una triste noticia: el Coro Minero se había desintegrado. Esto era algo que le mortificaba. Sentía como si le hubieran producido una herida en sus entrañas, pues lo consideraba como algo que formaba parte sustancial de su vida. Había que resucitar aquella emblemática agrupación, aunque la empresa resultaba harto difícil, pues algunos de los antiguos coristas, o habían fallecido o vivían fuera del Valle e, incluso, habían emigrado al extranjero. No obstante, expone su idea a Agustín de la Lama y un día van a casa de Severino Minas, que era otro de los fundadores, proponiéndole el sugerente proyecto que acepta de inmediato. Comienzan a difundir la noticia en las tertulias locales y al cabo de un año logran reunir once voces que ahora tienen como objetivo inmediato la búsqueda de un director que resulta ser Germán Prieto (o.c. páginas 205-206). Por fin, hay Coro Minero de nuevo y su puesta en escena coincide con el pregón de las fiestas del Cristo de 1978. La intervención de Genaro había sido providencial: fundador en 1950 y ahora eficaz gestor para su resurgimiento. Doble mérito el de este importante tenor del barrio San Francisco. Otra de sus pasiones era el Club Deportivo Turón del que ya había sido directivo durante la presidencia de Marcelino “UNO” entre 1959 y 1963. Por lo que al regresar al Valle vuelve a involucrarse en la actividad de esta institución balompédica ejerciendo como Delegado del equipo un buen número de años que coinciden con los mandatos de “Pichi” Lorenzo y de “Pepe l’etrecista”, y recorriendo toda la cornisa cantábrica cuando el Deportivo, militando en la 3ª División Nacional, se enfrentaba a equipos de Galicia, Santander y País Vasco. Podría pensarse que solo eran salidas y representaciones en esta nueva ocupación, pero cuando hubo que dar el do de pecho no tuvo ningún reparo y después de 1977 al cambiar el césped de “La Bárzana” (ver obra del autor “Turón. El fin de una época” páginas 110-111) trabajó junto al presidente a brazo partido en la construcción de la tribuna sur.

Foto Genaro
Genaro Quevedo

                                                         La dilatada dedicación a la tierra natal debía tener un reconocimiento público y este se produjo el 14 de setiembre de 1983 en el transcurso del III Festival Coral recibiendo de manos del presidente de “Mejoras del Valle”, una placa “en recuerdo de su meritoria labor como componente del Coro Minero durante más de cinco lustros” (todavía continuaría muchos años más).

                                                          El conocimiento de la trayectoria de personas como Genaro por su contribución impagable a la comunidad, debería de ser una especie de asignatura obligatoria para todos, pues así acertaríamos a comprender por qué instituciones tradicionales y representativas del Valle aún siguen vigentes en la actualidad. Genaro Quevedo es, sin duda, un claro ejemplo de lo que debe de ser un turonista, norte y espejo en el que deben de mirarse todos aquellos que se precien de ser hijos de esta tierra.   

   

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                                                    La siguiente reseña retrata la conducta de un hombre inteligente, justo, culto y lleno de bondad. Unas cualidades muy propicias para ser víctima de la intolerancia. Con la intolerancia hay que tener mucho cuidado porque es ciega:    

                                 UN DIRECTOR EJEMPLAR

                                                        En la postguerra que coincidió con nuestra  infancia, los “guajes” del Fabar pasábamos gran parte de nuestro tiempo de ocio en “el prau la Compañía” que ocupan actualmente las piscinas de “Mejoras del Valle”. Allí disputábamos emocionantes partidos de fútbol sobre un césped en el que afloraban por algunos puntos unos cimientos de los que emergían varillas de hierro dobladas hacia abajo en forma de gancho. Aquel basamento de hormigón armado tiene mucho que ver con el personaje que hoy traemos a esta página, nacido en Oviedo en 1888 y descendiente de la familia de otra figura histórica de especial relevancia: su homónimo el tinetense Rafael del Riego, paladín del liberalismo.

                                                                                     Una vez realizados los estudios de Ingeniería de Minas, D. Rafael del Riego y Ramón fue contratado por la sociedad Hulleras de Turón, llegando al Valle en 1915 donde pasó a formar parte del equipo técnico que dirigía las minas, a la sazón encabezado por D. Francisco Fontanals. Al ser nombrado director el gaditano Merello, ocupó la subdirección y con esta responsabilidad, en 1919, fue enviado al extranjero acompañado de un facultativo que, además, era amigo personal suyo (D. Bernardo Aza) a fin de estudiar sobre el terreno la aplicación a las explotaciones carboníferas del Valle de los medios de arranque utilizados tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, así como el funcionamiento de sus organizaciones sociales. Los resultados de este viaje no se hicieron esperar mucho tiempo, pues “La Compañía” (como era conocida Hulleras de Turón en todo el valle) adquirió unas máquinas perforadoras a la par que se pusieron en servicio en La Rebaldana dos compresores procedentes del país norteamericano concluyendo muy pronto el montaje del pozo auxiliar ya que urgía poner en marcha el nuevo centro de explotación que se iba a convertir muy pronto en el gran coloso, en cuanto a rendimiento se refiere, de todos los grupos mineros del Valle.

 Dentro de la Dirección de Hulleras de Turón, que ejerció durante 14 años (1921-1934), desarrolló una encomiable labor económica, social, educativa y cultural.

                         Llegó el año 1921 y con el ascenso de Merello a Gerente de Altos Hornos de Vizcaya de quien dependían las minas de Turón, este se traslada a Bilbao y D. Rafael accede a la dirección técnica y, a partir de entonces, la producción va a dar un salto espectacular al poner en práctica una nueva estrategia. Se van incorporando paulatinamente los novedosos métodos de arranque como son el martillo picador y las máquinas regadoras que también contribuyeron a mejorar sensiblemente las condiciones de trabajo. El cumplimiento de sus compromisos con Hulleras de Turón y la preocupación a favor de las mejoras sociales de sus trabajadores va a ser el binomio que regirá su vida profesional. Cuando en 1917 se consiguieron los últimos terrenos (la llamada finca “Puenes”) para construir el colegio de los hermanos lasalianos, Merello le encomendó la supervisión de los trabajos, responsabilidad que asumió con el máximo interés, de tal manera que el siete de enero de 1919 podía abrir sus puertas un edificio perfectamente equipado para la enseñanza con una capacidad para trescientos cincuenta alumnos.

Foto D. Rafael
Rafael del Riego y Ramón

                                                                      Su afán por mejorar el nivel cultural de las gentes del Valle lo pone de manifiesto el hecho de que los dirigentes del recién inaugurado Ateneo Obrero en 1925 (todos ellos incluidos en la nómina minera) se encaminaron un día hacia su despacho en busca de ayuda que se tradujo en la entrega de 1.500 pesetas para la compra de libros, lo que permitiría inaugurar la biblioteca con setecientos volúmenes. Pero la iniciativa del ingeniero, en cuanto a aquella institución se refiere, no quedó ahí pues cuando la directiva comenzó las gestiones para la consecución de un local propio, más adecuado a las crecientes necesidades culturales de la colectividad, considerando la meritoria labor realizada por la entidad en su corta andadura, no dudó en ofrecer su inestimable colaboración pues era su deseo el contribuir en cuantas obras redundasen en beneficio del Valle. Así es que ofreció una parcela para la construcción del inmueble situada frente al Bazar que “La Empresa”(otro nombre común con el que los turoneses definían a la sociedad vasca) tenía en el barrio San Francisco. La inauguración del magnífico edificio tuvo lugar el diecinueve de octubre de 1929 y ese día el Gobernador Civil, en un breve discurso, solicitó la Medalla del Trabajo para el Director de Hulleras de Turón, galardón que, por cierto, le fue concedido algún tiempo después.

                                                             También en la consolidación del balompié tuvo mucho que ver el ingeniero ovetense, ya que en 1925, año de la fundación del Club Deportivo Turón por la iniciativa del Hermano Claudio Gabriel, docente del colegio de La Salle, se acondicionó el campo de La Bárzana, con aportación de terrenos y materiales por parte de “La Compañía”, cuyo apoyo no escamoteó en ningún momento. No es, pues, de extrañar que en la constitución de la primera junta de gobierno del equipo de fútbol se nombrase a D. Rafael del Riego Presidente honorario. Más tarde, en 1930, la ayuda continuó con la ampliación del terreno de juego, cercando el campo con una tapia de hormigón de cuatro metros de altura que reemplazaba a la antigua valla de madera, al tiempo que se construyó una caseta para jugadores y jueces arbitrales con taquillas y con los correspondientes cuartos de aseo y duchas. Eugenio “el de la Vía Estrecha”, primer presidente del equipo local, no se cansaba de proclamar: “Sin la cooperación del Director la vida del Deportivo sería imposible”.

                                                                  Efectivamente, su actitud era la huella benefactora de un hombre justo, culto, dinámico, partidario del bienestar y progreso de un pueblo laborioso como era el que conformaba el minero del valle de Turón. A pesar del enfrentamiento de las ideologías que en aquel tiempo era continuo, si los fines eran culturales, su ayuda se extendía con generosidad sin hacer excepciones pues en el mencionado año, dada la precariedad de la biblioteca de la Casa del Pueblo o Centro Obrero del partido socialista, no tuvo reparos en hacer una donación de 300 pesetas para la compra de libros.

                                                                  Es bastante conocido el hecho de que cuando un obrero necesitaba construir su casa por la escasez de vivienda que había debido a la continua afluencia de forasteros al trabajo de las minas, el Director estudiaba personalmente el caso y después le facilitaba el dinero o los materiales precisos en función de sus ingresos y, claro está, de su expediente particular. E impulsado por su acendrado espíritu, llegó a exclamar en cierta ocasión que no cesaría de edificar hasta que cada empleado de “La Empresa” no dispusiera de su correspondiente morada.

                                                                     Un día se personó en su despacho un trabajador al que se le conocía por el apodo “Cabrales” (ver obra del autor “Turón. El fin de una época” pág. 287), sin duda así llamado por proceder de ese concejo. Venía pidiendo ayuda para construir su propio hogar.

                                                          ¿Tiene terreno en propiedad?, inquirió el Director.

                                                           Como carecía del mismo se lo facilitó en Repipe y ordenó al contratista Urosa que se encargara de terminarle la casita. Para amortizar la deuda, el propio trabajador, satisfecho con el resultado, decidió unilateralmente imponer las condiciones de pago que consistirían en un descuento mensual de 20 pesetas en su ya menguada nómina.

                                                          –Creo que va a ser excesivo para su economía- advirtió el ingeniero.

                                                               Efectivamente, aquella deducción le iba a resultar casi insostenible y el Director le convenció para dejar la cuota en 15 pesetas. Pero aún así el pobre “Cabrales” no pudo soportar aquel desembolso por mucho tiempo, de tal manera que, a los pocos meses se personó en La Cuadriella para entregar la casa a “La Empresa”, imposibiltado de hacer frente a sus responsabilidades financieras. Fue en ese instante cuando apareció la vena humanitaria del Director que le devolvió todo el dinero adelantado y, luego, para evitarle traslados inoportunos a su familia, le arrendó la vivienda por la módica cantidad de ocho pesetas mensuales.

Don Rafael vivió la época del Turón glorioso que él en buena parte contribuyó a edificar. Pero los hombres buenos casi siempre suelen ser mártires.

                                                                           D. Rafael fue un mecenas que colaboró de forma capital para que florecieran las más diversas actividades artísticas. Así cuando en 1927 surgió la Banda Filarmónica, la directiva pronto tomó rumbo a su despacho en busca de algún tipo de subvención ante los gastos que les iban apareciendo y  como siempre encontró la mano tendida del ingeniero que concedió la inestimable cantidad de cuatro mil pesetas de las de entonces para la adquisición de instrumental seminuevo. Y enterado, después de algún tiempo de ensayos de la necesidad de un local más apropiado para los músicos, decidió cederles una habitación dentro del “Bazar”, que estaba dotada de amplios ventanales y con suficiente ventilación, condiciones de las que carecía el que utilizaban hasta el momento por tratarse de un sótano.

                                                                    El Director también realizó una labor de protección del formidable Orfeón de noventa voces que se creó en 1929 pero, sobremanera, de la Sección Local de la Cruz Roja por cuyos esfuerzos para su implantación le había sido concedida la Medalla de Oro de tan humanitaria institución en el verano del año anterior. Cuando el alcalde le entregó tal galardón terminó resaltando que “al merecer el premio que ahora recibís os eleváis y con ello enseñáis a las gentes a obrar como debe hacerse y vos lo hicisteis con modestia edificante practicando el bien sin esperar a que os lo premiaran”.

                                                                       Aquel mismo año, habiéndose percatado de que algunos pueblos importantes como El Lago o Santandrés carecían de escuela de niñas y considerando que era una obligación ineludible el llevar a todos los rincones del valle la simiente de la cultura, se interesó por que fueran examinados algunos edificios para su posterior utilización en la enseñanza. A partir de diciembre Santandrés fue el primero en abrir sus puertas a las niñas bajo la tutela de Dª Consuelo Palicio; pronto le seguiría la escuela laguense que dirigió Dª Otilia López.

                                                                        Otro proyecto que bullía en su mente desde hacía algún tiempo era la construcción de un verdadero sanatorio que permitiese cubrir con holgura las necesidades de los accidentados de las minas. Iría dotado de un quirófano, farmacia, locales de consulta, de curas, cocinas, baños y una amplia sala destinada a la convalecencia de los lesionados. Para su ubicación se destinó una finca conocida como “La llosa del Fabar”, emplazada en un lugar que reúne belleza y excelente situación como pocos en el Valle. Es un paraje soleado, protegido de los vientos del Norte, abierto al Mediodía que permite contemplar la magnificencia de las cumbres de Cutiellos, Cuitu Urgosa y Cutrifera; además, está a un minuto de la carretera. Se trabajaba con toda intensidad en 1934, una vez superada la “resaca” de las fiestas del Cristo. Estaban ya concluidos los cimientos y afloraban a la superficie los garfios de hierro de donde saldrían hacia el cielo las columnas que soportarían el entramado del nuevo hospital. Pero en esto llegó el mes de octubre y un levantamiento revolucionario conmocionó a la cuenca minera durante quince días. El espléndido sanatorio quedaría paralizado para siempre, pues su promotor, desgraciadamente, habría de perecer como consecuencia de los actos bárbaros que tuvieron lugar en el desarrollo de aquellos acontecimientos extraordinarios.

                                                                           Don   Rafael vivió la época del Turón glorioso que él en buena parte contribuyó a edificar. Pero eran años convulsos y con frecuencia los hombres de buenos principios suelen ser mártires y al igual que su antepasado de Tineo acabó sus días de forma trágica. Éste víctima de la injusticia, aquél de la irracionalidad. Pero ¿no es lo mismo?

                                                                    En recuerdo a esta persona ejemplar, el Ayuntamiento de Mieres, concluida la guerra, acordó que la arteria principal del Valle a su paso por su barrio más representativo –La Veguina– llevase el nombre de “Calle Rafael del Riego”.

 

 

                                MARCELINO DÍEZ ALONSO “UNO”

                                                                  Marcelino Díez Alonso nació en Villapendi en 1922 dentro de una familia de mineros, lo que era una característica generalizada en el Turón de aquellos tiempos. Marcelino forma parte de una generación que ha tenido que padecer los avatares de la historia de España en el primer tercio del siglo XX. Su infancia coincide con una etapa de apasionamiento político. Son años convulsos, premonitorios de tragedias cercanas que ya se presagiaban cuando asistió al mitin del primero de mayo de 1936 pronunciado por «La Pasionaria» en el campo mierense de Las Moreras. De aquella jornada, ya muy lejana, en sus tiempos de madurez no recordaba ni una palabra de las pronunciadas por la oradora pero sí su felicidad con el estreno de su flamante camisola roja de la Agrupación Socialista que lució durante todo el día tanto en Mieres como en Turón. ¡Ah¡ y en la villa de Teodoro Cuesta se compró un pastel por dos «perrones» que por cierto equivalía a veinte céntimos de peseta y según nos comentaba, le supo a gloria. 

“Niño de la guerra” en Bélgica, durante durante el período (1966-1976) publicó la revista  anual “Turón, Patria Querida” que trataba de la actualidad de nuestro valle.

                                                   En un suspiro llegó la guerra: una gran hecatombe para España. Dos años atrás había tenido lugar la Revolución de Octubre de tan mal recuerdo para Turón, precisamente, y ahora la guerra. Aparte de las consiguientes movilizaciones de obreros, unos para luchar en el asedio a Oviedo y otros en labores de fortificación en distintos puntos de la Cordillera Cantábrica para evitar el paso a Asturias de las llamadas fuerzas nacionales, a los pocos meses de comenzado el conflicto el primer susto para los habitantes del Valle: un día en que Marcelino esperaba por el pan en la cola del economato de San Francisco, sonó la alarma y casi inmediatamente aparecieron en el cielo dos aviones que procedían de una base militar de León y todos comenzaron a correr apresuradamente hasta el refugio del cable». Allí con la respiración contenida y muertos de miedo esperaron acontecimientos mientras del cielo caían bombas, una de las cuales abrió un enorme boquete en La Veguina matando a un niño que por allí pasaba. Poco después aquellos aparatos desaparecieron. La noche que siguió Marcelino se acostó vestido y no fue capaz de conciliar el sueño. La emoción recibida había sido demasiado fuerte. Cada poco se asomaba a la ventana y escrutaba el firmamento por encima del «picu Cutiellos». De entre las estrellas, a veces, creía ver alguna luz que se movía fruto de su imaginación calenturienta. Por si acaso, él estaba preparado para cuando sonara la alarma, echar a correr de nuevo al refugio. Mediado el año 1937, la guerra no discurría favorable para el gobierno de la República y el 1 de agosto, ante la inminente caída de Asturias en manos de las fuerzas sublevadas, Marcelino, en compañía de otros muchos niños, partió de Gijón en un barco con destino a Francia. De allí le trasladaron a Bélgica donde fue acogido por una familia que le dispensó todo tipo de atenciones. También el maestro asignado le manifestaba un cierto afecto por la facilidad que mostraba para el estudio y, sobremanera, para el conocimiento del idioma francés.
                                                            Mientras los cañones seguían rugiendo en los campos de batalla (ver obra del autor «Turón. El fin de una época» pág. 325), el niño de Villapendi, durante los casi dos años que permaneció en el país belga tuvo una estancia feliz y fue un privilegiado, pues en ese tiempo recibió una selecta educación. Cuando cesaron las hostilidades en 1939 llegó el momento del regreso. Ahora la situación en Turón como en toda España era considerablemente peor que antes de la guerra. En su casa, como en tantas otras, era poco menos que desesperada. Su padre seguía trabajando en la mina a pesar de tener la salud muy deteriorada a causa de una herida en una pierna producida en el conflicto pasado y que no le había curado completamente. A esto había que añadir la temible silicosis que padecía hacía algún tiempo. Con este panorama y en contra de la opinión de su padre, Marcelino decidió pedir trabajo en Hulleras de Turón. En ese momento ocurría algo diametralmente opuesto a las consecuencias de la crisis actual del país lo que sobraba era empleo para arrancar el oro negro de las entrañas del Valle y lo que escaseaba era la mano de obra debido a la sangría producida por la guerra. Este es el motivo por el que fue admitido inmediatamente en la Empresa. Le dieron la papeleta para incorporarse en «San Benigno» y en un día que le quedaría grabado para siempre: la víspera de Nochebuena. De este modo durante año y medio aproximadamente que estuvo en aquel grupo minero, realizó las labores propias de los «guajes» de la época como era «dar tira», «ramplar» y alguna vez picar cuando el picador cabeceaba una mamposta.

                                                                     Aquellos primeros años de la década de los cuarenta fueron durísimos para la población debido a las carencias extremas. Los hubo que murieron de hambre y otros enfermaron de tuberculosis que era también un camino sin retorno, pues la era de los antibióticos estaba en su comienzo y llegaban a las farmacias españolas con cuentagotas. Fueron, sin embargo, para Marcelino su oportunidad en la vida merced a la exquisita formación adquirida con el preceptor belga y esto le facilitó el acceso a un empleo más acorde con su formación en las oficinas que la empresa tenía en La Cuadriella. A partir de entonces ya tuvo más tiempo para dedicarse a la lectura y a completar su formación literaria. En el mes de setiembre de 1949, comenzó a colaborar con el diario «LaVoz de Asturias», primero en la sección deportiva y poco después como informador general de las noticias de Turón utilizando el seudónimo «UNO».

Aficionado al  balompié fue un defensor acérrimo de la cantera ocupando la  presidencia del Juvenil Deportivo en 1959 y la del Deportivo Turón en el cuatrienio 1960-1963.

Foto UNO
Marcelino Díez

                                                            Corría el año 1959 cuando fue llamado para ocupar la presidencia del Juvenil Deportivo, equipo de fútbol que militaba en la Segunda Regional y en la temporada siguiente sería designado presidente del Deportivo Turón (de Tercera División Nacional), cargo que ejerció hasta 1963, siendo un firme defensor de los jugadores de la cantera.
                                                                 Es un hecho sobradamente conocido que en este tiempo ya había muchos turoneses emigrados a diversos países europeos (Francia, Alemania, Bélgica, Suiza) obligados por los raquíticos sueldos que cobraban los mineros a pesar de estar entre los más elevados en el mundo del trabajo manual, lo que prueba la situación de escasez que aún vivía el país como consecuencia de la guerra pasada. Todo este estado de cosas propiciaron los movimientos huelguísticos iniciados en 1962 y también el éxodo del que hablábamos más atrás. Marcelino pensó, entonces, en la posibilidad de escribir y editar una revista anual para que todos aquellos desplazados al extranjero supieran de la marcha de su querida tierra del valle de Turón, y que al mismo tiempo sirviera de información a los residentes, a los que se habían quedado. La tituló muy acertadamente “Turón, Patria Querida”. Estaba dividida en doce capítulos y en cada uno de ellos se recogía la noticia más relevante de cada mes. Esta publicación tendría una vida de once años (entre los años 1966 y 1976) y durante ese intervalo temporal habría de registrar el palpitar de su pueblo. Pero su obra no se quedó solamente en esto, sino que a partir de 1967 sacará a la luz dos nuevos títulos que ayudarían a enriquecer una bibliografía local bastante escasa hasta ese momento: «Historia del Club Deportivo Turón (1925-1975)» y «Turón», cuyas páginas constituyen una primera aproximación a su historia industrial y minera.
                                                                 Marcelino que abandonaba este mundo el cinco de febrero de 1999 mereció estas palabras del periodista Lorenzo Cordero: «Se trataba de un hombre que se ha esculpido a sí mismo a través de una serie de vivencias que son para él realmente inolvidables. Es como una piedra berroqueña en tanto en cuanto ha superado todas las dificultades que se les opusieron a los hombres de su generación».
                                                                 A Marcelino «Uno» le corresponde el honor de haber sido una de las pocas personas que, a través de la letra impresa, dejó constancia de un «turonismo» recalcitrante y de su probado interés por el pasado reciente de su tierra, siguiendo el camino que tiempo atrás había trazado Rafael Caminal.

 

 

                                    UN LIBRERO SINGULAR

                                                Hace algún tiempo se dedicó a Manolito Baquero un homenaje  en forma de fotografías y lectura de diversos textos, entre ellos uno de mi amigo Zoilo Martínez de Vega, el cual, en el día de la presentación en el Ateneo,  me manifestaba su extrañeza por mi falta de participación en el evento siempre y cuando yo había tenido una relación muy estrecha con el personaje durante los últimos veinte  años. Esto tiene una explicación muy simple pues a mí nadie me ha llamado para presentar ningún tipo de colaboración. Probablemente se  haya debido a un olvido involuntario de los organizadores. Olvidos que todos  tenemos alguna vez  y yo el primero. De todas maneras,  ese descuido ha sido lo más conveniente para mí, y lo digo desde la óptica personal,  porque ahora puedo, sin caer en  ningún tipo de reiteración, aprovechar la oportunidad por medio de estas líneas para dedicarle mi  modesto y particular homenaje  por dos motivos tan importantes el uno como el otro, a saber: merced a su larga trayectoria social  y cultural, y porque si alguna virtud tengo es la de ser agradecido.Manolito Baquero había nacido en el número 10 bajo, del barrio San Francisco en  pleno gobierno del Directorio Militar  iniciando sus primeras letras en la escuela que el partido socialista tenía en el Centro Obrero situado a muy pocos metros del actual Ateneo pero, luego, cumplidos los ocho años, ingresó en el colegio de los frailes, regentados por lasalianos como todos sabemos.Ya desde bien joven comenzó a demostrar su firme predisposición hacia las artes y la letras, pues con solo once años intervino en la Rondalla Turonesa como bandurria segunda de la que formaban parte  ya figuras  consolidadas cual era el caso de  Pepe Burguet, Juanín Coble, Julio Velasco y otros; también soprepasados apenas los quince abriles , con motivo del incendio producido en la ciudad de Santander que coincidió con un  periodo de abatimiento general a causa  de la recién terminada guerra incivil, participó en funciones teatrales de ayuda  a los damnificados de dicho desastre que se desarrollaron en el escenario del viejo Ateneo bailando  con soltura “claqué” americano y otros ritmos de salón teniendo como pareja a “Lumy”, la que sería su futura esposa.Por ésta época, devoraba ya toda clase de libros y  publicaciones que caían en sus manos lo que le permitió poco a poco  formar una importante  y selecta biblioteca sirviéndole , a la postre, para cimentar una sólida formación humanística .Luego vendría su ingreso en Hulleras de Turón, su colaboración literaria en el diario “Región” y su integración en el famoso “Quinteto San Francisco” en compañía de sus amigos Lalo, Manolín, David y Benigno, que durante dos años dejó con sus canciones un eco prolongado en toda la región. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero aún parecen flotar en el ambiente los acordes de sus melódicas canciones como aquella titulada “Florecita del zarzal” que tantas veces tuvieron que repetir por expreso deseo del respetable.

Graduado Social, librero y lector impenitente, fue un ilustre vecino que trabajó por  y para el valle de Turón

En 1954 inauguró en Vistalegre la conocida como “Librería Baquero” que pasa por ser el establecimiento más importante del Valle en su género durante la segunda mitad del siglo XX que coincide con su  nombramiento como corresponsal de “La Nueva España”.Desde aquel momento y como muestra de su cariño hacia el barrio natal,  firmará con el seudónimo “M. de San Francisco” y, según nos confesó cierto día, “lo adopté cuando  empecé a comprender lo que significaba social  y laboralmente aquel núcleo variopinto y de entrañable vecindario. Entendí, entonces, que era un verdadero pueblo, ordenado en callejones  y portales amigos, agrupado y unido en sí mismo”.Pero, como  precisaba proyectar toda su vena artística que no era poca, todavía en 1958, crea “El Trío San Francisco” en compañía de Sito y Genaro Quevedo que habría de obtener ese mismo año el primer premio en el concurso radiofónico “Rumbo a la gloria”. Había verdadera calidad artística en este grupo pero, Manolito, consciente de que para triunfar definitivamente en el mundo de la canción era necesario abrirse a nuevos horizontes y eso podía resquebrajar la unidad de su familia  recién constituida en compañía de Lumy, optó por retirarse para continuar en su querido Turón y, entonces aquella terna se disolvió.Baquero que, en 1967, se graduó en la Escuela Social de la Universidad de Oviedo, siempre ha ejercido una intensa actividad en los medios sociales  y culturales del Valle. Microfonista cuasieterno de los “pregones del Cristo”y organizador de fiestas que gozaron de gran predicamento como “La Ruta de La Colladiella”, también fundó sociedades deportivas como la  agrupación  turonesa de Skí “Enrique Menéndez”. Por su dedicación permanente recibió el reconocimiento de sus paisanos al serle concedidas las insignias de SOTUFE y La Salle, así como el “Pote de Oro”del Restaurante “Casa Migio”que , por cierto, se negó a recoger. Manolito  fue el que acuñó el termino “turonista” que hoy está en la boca de todos nosotros. Como él siempre decía “ser turonista es un grado más que ser turonés. Este es un simple gentilicio, mientras que ser turonista lleva implícita una pasión, un sentimiento de valores entrañables y entrañados en la conformación integral del pueblo vecinal”. Preocupado siempre por  los problemas que aquejaban a esta tierra fundó,  hace ahora unos quince años, el colectivo “Pulso por Turón” , a cuyo grupo tuvo la gentileza de incorporarme, y  que, al menos,  sirvió con sus actuaciones para poner de manifiesto el fuerte desencuentro con las autoridades locales del momento y su escaso interés por la resolución de los problemas de los turoneses pues no movieron un dedo para que cristalizara ninguno de los proyectos planteados por la asociación. Personalmente, a Manolito , le conozco de toda la vida, pero mi contacto directo se inicia cuando empiezo a sacar a la luz mis  publicaciones sobre el valle de Turón en la última década del siglo pasado. A partir de entonces, se convierte en uno de los fijos en la  mesa de presentación de mis  libros, ya fuera en Turón, en Oviedo o en el mismo Gijón donde todavía, en 2012,  me pudo acompañar con motivo de dar a conocer “Memoria gráfica del Turón industrial ( tomo II ) que hacía el séptimo de la serie. Su compromiso conmigo era como algo religioso. Nunca me falló. Incluso, en una ocasión, por no faltar a la cita conmigo , se presentó con un resfriado de padre  y muy señor mío que, según me confesó nada más llegar, estaba tratando de atajar con la administración de antibióticos.

Foto Baquero
Manolito Baquero

             Manolito Baquero fue un  autodidacta extrovertido y siempre preocupado por el incierto futuro del Valle. Su turonismo  era patológico como llegó a firmar en más de una ocasión De fuerte personalidad , su disertación no dejaba indiferente a nadie, pues a su verbo fácil e inflamada oratoria había que añadir una  voz de trueno de la que, a veces, destilaba la acidez del limón a través de sus denuncias sin contemplaciones sobre el abandono del Valle,  para añadir, seguidamente, chispazos de ironía mezclados con burbujas de humor  del que resultaba  un  sabroso cóctel para todos los oyentes. En los últimos tiempos sufría grandes  problemas auditivos pero era tal su agudeza de ingenio que hasta  de su defecto  sabía extraer una enseñanza. Recuerdo, al respecto, una de aquellas veladas literarias en que me acompañó cuando comenzó su discurso con estas palabras :” Tengo que decirles que yo soy un sordo total.¡Pero para lo que hay que oir ¡”. Sonaron  aquellas palabras en la sala con contundencia, como  en él era habitual pero, al tiempo, iban envueltas en un embalaje socarrón al que era muy aficionado, pues,  hacían referencia  a la nula respuesta de la Administración a los problemas acuciantes del Valle y las descaradas ofertas de algunos  afanados, únicamente, en la caza de votos, ofrecían comportamientos propios del típico donjuan que,  una vez conseguidos los favores de la mocita desaparece de la escena olvidándose al tiempo de novia y de promesas. ¡Para lo que hay que oir! Y, claro, con tal frasecita  ya logró arrancar del público presente,  aquel día,  la primera carcajada de la noche. Genialidades que eran muy propias de Manolito Baquero. Disuelto  “Pulso por Turón” por el desencanto  experimentado,  continuó hasta sus últimos días, esta vez a título personal, alertando de la inhibición  de  las administraciones de turno, que era el sentir mayoritario de los turoneses, a través de las correspondientes proclamas y manifiestos que colgaba en el escaparate de su librería, porque durante todo este tiempo  representó algo así como la conciencia ciudadana de nuestra sociedad pues, frente a cualquier desaguisado cometido por nuestros representantes con este valle, promovía la participación colectiva para encontrar una solución pacífica al conflicto, como ocurrió en el caso de la desaparición de nuestra naturaleza turonesa en el documento nacional de identidad. Baquero  era una de esas personas obstinadas  y firmes que consideramos imprescindibles para llevar a buen término  un proyecto de renovación, recuperación  y rehabilitación  del valle de Turón , para luchar contra el muro de la incomprensión que ha conducido  a nuestra tierra a un pozo de desesperanza y que por un sano egoísmo pensamos que no deberían de morirse nunca. Por todo ello, Manolito, mi  eterna gratitud y hasta el próximo viaje a través de las estrellas.

                                                                         Lito  Beyman

                                                           Valle de Turón, 12 de noviembre de 2015

 

 

 

                         UN ALCALDE DE TURÓN EN MIERES

 

                                                          En 1883 el matrimonio formado por Francisco y Eduviges, humildes labradores de Villabazal, tuvieron un hijo que es el paradigma del hombre que se va forjando a sí mismo día a día. Manuel Fernández Suárez, “Manolín d’Eduviges”, realiza sus estudios primarios en años difíciles, que coinciden con la Regencia de doña María Cristina: precariedad de medios económicos en la mayoría de las familias que obligaba a los jóvenes a entrar en el mundo del trabajo a muy temprana edad. Así es que al poco tiempo ya se encontraba en el pudelaje (eliminación de las impurezas de carbono y azufre para mejorar las propiedades mecánicas del hierro fundido) de Fábrica de Mieres donde cumplía una sesión diaria agotadora de doce horas a cambio de un jornal de 3,25 pesetas. Además la tarea era penosa pues por medio de unas largas palas había que verter chatarra (óxido de hierro) en la boca del horno, soportando altas temperaturas. Y luego, los domingos a trabajar gratis en la limpieza de la cuba de fundición que consistía en la retirada de las escorias. Por aquellos años se adhiere a la recién fundada Agrupación Socialista de Turón y comienza a leer con voracidad todo lo que llega a sus manos: libros de Historia, folletos de orientación marxista, etc… y su interés por los problemas sociales va en aumento. Pasa luego a la mina “La Llama” de la empresa “Ortiz–Hermanos” pero en poco más de un suspiro le pusieron en la calle por haber reclamado para sus compañeros un lugar donde comer a techo antes de iniciar la tarea vespertina.

   Su primera iniciativa como alcalde fue recorrer a lomos de su famoso caballo “Lucero” todos los pueblos del concejo para conocer los problemas de sus vecinos.

                                                       “Manolín d’Eduviges”como era conocido, forma parte de un grupo cuyo afán es organizar a la clase trabajadora del Valle. Después de un intento fallido en 1911 consigue acta de concejal por el Ayuntamiento de Mieres dos años más tarde y cuando estalla la Guerra Europea ya ejerce como teniente de Alcalde. Es, a partir de este momento, cuando empieza a tener fuertes discrepancias con algunos de sus correligionarios lo que le empuja a abandonarlos ingresando en el partido Reformista de Melquiades Alvarez. Con esta filiación es elegido máximo mandatario local el 1 de enero de 1916.Su compromiso con el municipio lo va a asumir con la máxima responsabilidad y su primera iniciativa fue recorrer, a lomos de su famoso caballo “Lucero”, todos los pueblos del concejo para conocer in situ los problemas más acuciantes de boca del propio vecindario. Ciñéndonos a sus actuaciones en el valle de Turón, por consideraciones de espacio, podemos apuntar que ya desde los primeros días aprobó una subvención de 200 pesetas para que se impartieran clases nocturnas en la escuela de L’Agüeria de Urbiés y, más tarde, transformó en municipales las escuelas de Villandio y El Riquixu corriendo el Ayuntamiento con todos los gastos. También restauró las fuentes de numerosos pueblos e inició en el mismo año las gestiones para establecer una oficina de Correos y Telégrafos en La Veguina y cuando todo estaba preparado para la apertura el 1 de enero de 1917 no pudo llevarse a cabo por no disponer de un local a causa de la falta de entendimiento con algunos propietarios. Como también le ocurrió en el intento de abrir una escuela en Peñule. Al ultimar con un vecino la permuta de una parcela dentro de su despacho, aquel le espetó:

–Ayer non me dixo pa que quería el terreno…

–Es para una escuela. ¿No le gusta la idea a usted que tiene tantos nietos?

                                                               Al oír la palabra “escuela” aquel hombre se alarmó. Eso significaba que la “reciella” del contorno, salvo domingos  y fiestas de guardar estarían allí junto a sus “lares” donde precisamente tenía varios árboles frutales. “Y con lo traviesos que son algunos rapazos”– pensaba. Pues no hubo forma de  convencerle a pesar de las acertadas palabras del Alcalde que le hablaba de cultura, de alfabetismo y de progreso, en general, para las jóvenes generaciones y para las futuras. “Non quiero guajes xunto a mió casa”, concluyó. En el mes de julio intentó otro tanto en Misiego. Para ello solicitó la ayuda de la empresa Ortiz-Hermanos pero sus dueños recordaban su pasado como trabajador rebelde en “Mina Clavelina” y le respondieron que aquella sociedad no daría ni un céntimo para la escuela ya que “nada les importaba que los mineros no supieran leer ni escribir… Con tal que trabajen bien…”. El Alcalde lo consideró algo así como una ofensa personal y como impulsado por una catapulta planteó una estrategia inesperada. Simulando el hundimiento de una alcantarilla en la carretera de Turón, paralizó la circulación de los treinta carros empleados en el transporte del carbón de aquella mina mientras los vagones del Norte esperaban para el cargue en la estación de Santullano. Enterados del suceso los patronos telefonearon al Consistorio mierense desde su domicilio de Sama de Langreo prometiendo que correrían con los gastos de la nueva escuela con tal que el Ayuntamiento se apresurase a dejar expedita la calzada con el objetivo de normalizar la salida del mineral.

Foto Duviges
Manuel Fernández

                                                                  Pronto se echó encima la época de la canícula y explotó una huelga revolucionaria en todo el país. El Alcalde fue acusado de haber desviado 1.000 pesetas de las arcas municipales para la compra de armas destinadas a los mineros que se habían sublevado contra el Gobierno y, a consecuencia de ello, es obligado a dimitir de su cargo a primeros de octubre. Sin estar suficientemente probados aquellos hechos su estrella se eclipsa a partir de entonces y sufre un destierro que le lleva en un principio a Arlanzón (Burgos) y después a Navarra. Regresa al Valle en 1931 y en el otoño solicita el reingreso en la Agrupación Socialista, ocupando algo más tarde la jefatura de la Plaza de la Madera de La              Cuadriella dentro de Hulleras de Turón.

 

En 1937, una vez perdida la guerra, fue encarcelado  y condenado a muerte

                                                               Con el apoyo de su director, don Rafael del Riego, puede cumplir un sueño que era construir su residencia en las cercanías de Villabazal para su familia (ver obra del autor “Turón. El fin de una época” en la página 320). La bautizó, con muy buen criterio, Villasoñada.

                                                                    En 1937, una vez perdida la guerra, fue encarcelado y condenado a muerte. Después se le conmutaría por la de cadena perpetua siendo liberado en 1943 cuando pudo regresar a casa, pero no fue admitido en “La Compañía”. Gracias a la intercesión del médico de la localidad, Ramón Losa, ingresó en la mina “Escribana”, donde trabajó varios años hasta que en 1953 se jubiló ¡a los setenta años. Y como en Turón el ambiente le era totalmente hostil se marchó con su familia a vivir a La Rioja.

Su turonismo militante queda probado con la siguiente frase que pronunció cierto día:”Mientras mi corazón palpite y envíe sangre a mis venas defenderé, siendo justas, las causas de este valle”

                                                                 Fue pregonero de las fiestas del Cristo en 1961 y en las últimas visitas que realizó al Valle comprobó que los vecinos del Riquixu habían perdido un manantial a causa de las labores mineras y las mujeres tenían que desplazarse dos kilómetros tanto para lavar la ropa como para llevar el agua a sus casas. No dudó en entrevistarse con el Alcalde pero, a pesar de las buenas palabras recibidas –no sólo su tiempo ya había pasado sino que tampoco era época de reivindicaciones–todo seguiría igual. En relación con estas iniciativas siempre aparecía alguien que le aconsejaba con la mejor buena fe del mundo: “Compañero, cada uno que se las apañe como pueda que usted ya hizo bastante…”. Pero, rápidamente, como un aldabonazo, surgía su turonismo militante: “No amigo, no. A decir verdad, no me conoces lo suficiente. Mientras mi corazón palpite y envíe sangre a mis venas defenderé, siendo justas, las causas de este valle”.

                                                              Lástima de la guerra que diezmó a toda una generación, que eliminó o situó fuera de juego a hombres como “Manuel d’Eduviges”, enamorado de su tierra, que habrían mejorado el nivel de progreso que Turón disfrutaba en los años treinta. Por contra, todos los que tuvieron responsabilidades de poder (absolutamente todos) desde aquel cataclismo hasta el día de la fecha, abocaron a este valle al más humillante de los destinos que es el olvido.

                                                          Manuel Fernández Suárez, el hijo de “Quico” y “Eduviges”, el Alcalde de Mieres que nació en Villabazal, fallecería en Gijón el 7 de marzo de 1969 a los 86 años de edad.   

                                                                       Lito  Beyman   (Julio de 2014)   

 

   

                  EL ÚLTIMO GRAN HACENDADO DE TURÓN

 

                                                        Angel Martín González nació el dos de marzo de 1855, siendo sus padres Benito, rico Labrador de Enverniego, y María, hija de Matías Fernández-Prieto, el mayor hacendado del Valle por ese tiempo (ver  “Informaciones del Turón antiguo” pág. 125). No había cumplido aún el año cuando falleció su padre ( Ver “Turón, hora cero” págs 40-41) y junto a sus hermanas mayores, Josefa y Bernarda, se les nombró un curador judicial. A él, en particular, se le otorgó una dote para estudiar la carrera eclesiástica. Así fue como a muy tierna edad comenzó estudios de Latín y Humanidades, en el monasterio de Corias en Cangas del Narcea.

Estudiaba Filosofía en Corias cuando abandonó el convento

                                             Ángel llevaba diez años de enclaustramiento y ya vestía los hábitos religiosos cuando un grave contratiempo vino a dar al traste con todas las ilusiones que tenia puestas en el futuro, entre las que no se descartaba el marchar a evangelizar a tierras lejanas. El altercado en el que se vio envuelto tuvo su origen en el castigo físico y moral que recibió de uno de sus tutores por observar una falta de atención y aprovechamiento en el estudio. Ya hacía una temporada que habían percibido un cambio de comportamiento en su conducta, pues en algunas clases se encontraba totalmente ausente, como si las explicaciones del profesor no fueran con él. Enfurecido el fraile que hacía las veces de “jefe de estudios” le propinó una soberana paliza y fue cuando, entonces, hundido y desesperado, el joven alumno le hizo frente al preceptor. Su proceder había violado el reglamento vigente en el cenobio y fue expulsado de manera fulminante. Ángel Martín González cogió su maleta y puso rumbo a Turón donde fue recibido, no con poca sorpresa por sus familiares.

                                                        Algunos meses después llegó a su casa una misiva de Corias en la que el prior del convento le instaba a que volviera para concluir los estudios de Teología, pues había sido perdonado. Por ese tiempo ya eran conocedores de que la indolencia y el lamentable estado de ánimo en que se encontraba el estudiante últimamente tenía una  explicación y se debía a la irreparable pérdida de su querida madre fallecida, en Enverniego, en 1871, cuya noticia se había guardado para sí, no así su aturdimiento, claramente visible a los ojos de los demás. La comunidad de Dominicos había rectificado, pero llegaba algo tarde. En ese momento, después de un tiempo de contacto con la vida civil, sus planes para el porvenir habían cambiado.

Contrajo matrimonio con su sobrina  y ahijada Salomé a la que aventajaba en 13 años

                                                     Corría el año 1872 cuando se realizó la partición de la herencia de los González de Enverniego que suponía, a efectos oficiales, un capital imponible de 2.976 reales de la época. Ángel Martín González, que venía de cumplir dieciocho años, pronto se le iba a plantear el deber inexcusable de cumplir el servicio militar y como no estaba dispuesto a ausentarse de la región ante el peligro de la tercera guerra carlista que dividía a los españoles, compró su exención por el importe de una de sus fincas, librándose así de una muerte casi segura. Durante algún tiempo impartió clases de Latín y el uno de mayo de 1876 solicitó en el Ayuntamiento la plaza de maestro para la escuela de Loredo, pero tardó poco en comprobar que aquello no era un buen negocio, pues al raquítico sueldo había que añadir el inconveniente de los gastos de hospedaje.

                                                     Por su cabeza bullían muchas ideas en aquella época. Fue, entonces, cuando decidió dar un nuevo y definitivo giro a su vida. Regresó a Enverniego, a la casa familiar, donde crecían sus sobrinos, Benito, Salomé y Víctor ( ver “Turón, hora cero” págs 217-220), hijos de su hermana Josefa que había contraído matrimonio con Manuel Fernández Olivar, un hombre despierto y cultivado  que, por cierto, pronto llegaría a ser Teniente de Alcalde del Ayuntamiento, y allí regentó un chigre. Pero al fallecer su hermana, en 1882, dio un paso transcendental que había meditado profundamente desde tiempo atrás: contraería matrimonio con su sobrina y ahijada, Salomé, al cumplir ésta los dieciocho años. La boda se celebró el 26 de junio de 1886 previa solicitud al Obispado de la correspondiente dispensa eclesiástica por parentesco de Segundo grado de consanguinidad de los contrayentes.

Su patrimonio en extensión era equivalente a unos cuarenta campos de fútbol

Con este enlace Ángel Martín González recuperaba una parte del patrimonio de su hermana mayor que, aunque a título póstumo, se había convertido en su suegra. Sus posesiones comenzaban en Enverniego donde era dueño de la mayor parte de la vega y proseguían por Villafría y el molín de La Lloca hasta La Rebaldana; además poseía numerosos prados y castañedos en el contorno de Ricueva y en La Braña por encima de Los Barracones, sumando en conjunto una superficie equivalente a la de unos cuarenta campos de fútbol. El vecindario, en general, le conocerá ya siempre como “Angelón” de Enverniego, en alusión a su considerable capital.

                                                 Para administrar aquella hacienda se precisaba inteligencia, sentido organizativo y trabajo. Pero Ángel Martín González, con el fin de tomarse la vida con nuevos bríos, para cargarse las pilas como se dice ahora, llegado el mes de agosto, momento en que las tareas del campo sufrían un “impasse” cogía por su cuenta unas vacaciones y se marchaba a Santander o San Sebastián, que eran los lugares veraniegos por excelencia en aquellos tiempos. Son los años de un siglo que se agota, de un imperio español que se desvanece y de un nuevo siglo recién estrenado que coinciden con la formación de su numerosa descendencia: Juan José, (1892), Belarmino, Bernardino, Carlos, Angelina (1897) , Otilia y Matías.

                                              “Hulleras de Turón”, recién establecida en el Valle, necesitó ya desde sus primeros tiempos ampliar su concesión con terrenos complementarios para el completo desarrollo de sus actividades mineras (apertura de trincheras, escombreras…) y se encontró enfrente con sus propiedades. A tal efecto, fueron muchas las ocasiones en que Ángel Martín González tuvo que entrevistarse con los directores de “La Empresa”, primero con Eduardo Merello y después con Rafael del Riego para negociar ventas o canjes que afectaban a sus fincas.

Angel Martin
Ángel González en sus últimos años

                                                      Ángel Martín González fue una persona de amplia cultura, pues los conocimientos humanísticos adquiridos en la etapa conventual los irá complementando a lo largo de su vida merced a su importante biblioteca. En cuanto a los rasgos generales de su personalidad, era coherente con sus ideas y responsable de sus actos. Una prueba de su buen talante, que no estaba reñido con lo anterior, la tenemos en la siguiente anécdota. Durante la guerra, acuciados por la necesidad, determinados mozalbetes de los pueblos próximos subían a la vega de Enverniego para desenterrar unas patatas que luego escondían entre sus vestiduras. Un día se encontraron con “Angelón” y el susto que llevaron fue de campeonato. Les echo una buena reprimenda aunque les respetó la mercancía: “Anda, podéis llevarlas por hoy”. Pero para que no tomaran confianza, les advirtió con aquella serenidad que le caracterizaba: “Y no vengáis siempre a la mi tierra… ¡Rediez¡ La próxima vez ir a la de otros…”.

                                                    Ángel Martín González fue un hombre de profundas convicciones religiosas al que la convivencia con los Dominicos le dejaron una huella indeleble; además, tenía a orgullo el decir que “pertenecía a la séptima generación del capellán de Enverniego” (ver “Informaciones…” pág. 190).

                                                      Durante muchos años, su silueta de mediana estatura y rostro enjuto, embutida en un traje oscuro, camisa blanca abrochada hasta el cuello, chaleco y sombrero negro, se hizo habitual en el campo de la iglesia de San Martín durante los días festivos. Cuando ya anciano le sorprendieron los aires de cambio radical que se respiraban en tiempos de II República, cuando la asistencia a misa suponía poco menos que una epopeya dada la creciente ola de laicismo, siguió cumpliendo con su compromiso tradicional como si nada ocurriese. Porque los insultos que, a veces, tuvo que soportar (“carca”,  ”curín”) de algunos desaprensivos no le amedrentaron jamás.

                                                    Abandonó este mundo un día de 1941 (“el añu la fame”) como si quisiera huir del terrible caos que algunos españoles se habían empeñado en sembrar sobre el suelo patrio. Una de sus últimas disposiciones testamentarias señalaba que debía de ser amortajado con el hábito de la Orden de Predicadores, el mismo con el que se había arropado en su primera juventud en Corias.

                                                      Ángel Martín lo había guardado en un arca celosamente durante toda su vida para el viaje sin retorno hacia el más allá.