Hacia la publicación del”Libro V”

 

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Portada del libro

 

Hacia la publicación del “Libro V”

                                         Con el tiempo libre que me dejaba, tanto mi ocupación en el Ayuntamiento de Oviedo, como mis clases con Jonathan en Turón, aprovechaba para ir elaborando un nuevo libro. Es así que, en 2006,  ya tengo preparado un  nuevo tomo  que considero en cierto modo como un complemento del primero de ellos (“Informaciones del Turón antiguo”). Lo titulé “En busca del Turón perdido” y se formó a partir de papeles y documentación que iba llegando a mis manos en aquellos años e incrementado con informaciones obtenidas personalmente del Archivo General de la Administración en Alcalá de Henares y en el Archivo de Protocolos Notariales de Madrid, que visité a finales de  junio de aquel año, cuando mi compromiso con mi sobrino había concluido; también a  resultas del nuevo desembarco que hice en los archivos monacales y el Diocesano de Oviedo, los parroquiales del Valle o las bibliotecas municipal y de la Facultad de Historia de la ciudad carbayona.

                                                           La presentación del libro  el 14 de diciembre en el Ateneo de Turón fue todo un éxito de público. Allí estuvieron conmigo, de nuevo, Ismael, Baquero y Pablo, realizándose al final la proyección de una selección de fotografías del libro a cargo de Jesús, el bibliotecario de Turón, que supuso una agradable novedad para los asistentes.

Ateneo LºVTurón 2006. Componentes de la Mesa de presentación del Libro V en el Ateneo: Pablo (1), Baquero (2), Lito (3), Ismael(4).

 

                                                Repetimos los mismos protagonistas en el Club Prensa Asturiana de Oviedo el 24 de enero de 2007. Lo curioso es que hasta entonces la estación invernal se había presentado muy suave pero en la segunda semana de enero llegó, de repente, una ola polar que duró varios días. Aquel día, como tantas

 

En el Club Prensa Asturiana de Oviedo estuvo presente mi madre, Mina de Fresneo, con 82 años, a pesar de la crudeza del día ya que nevó durante toda la tarde.

otras veces, iba acompañado de mi mujer, de mi madre con  82 años encima y de una amiga suya, Luz, viuda como ella desde hacía algún tiempo. Recuerdo que al llegar a Oviedo sobre las siete de la tarde, ya había anochecido y mientras nos dirigíamos al Club de Prensa nevaba ligeramente. Esta vez a la mesa de presentación se incorporó mi amigo Nicanor Díaz, ovetense, gerente empresarial y amante de la Historia, que se encargó de dirigir la proyección final. Fue una de las jornadas más crudas del invierno; sin embargo, ello no fue óbice para que la sala estuviera casi llena: concurrencia extraordinaria con un centenar abundante de espectadores. Algo tiene Turón y los turoneses, no cabe duda alguna al respecto, pues he sido testigo en alguna ocasión de actos culturales, protagonizados por conferenciantes de prestigio reconocido, en los que el auditorio no sobrepasaba las dos docenas de personas.  Con esto tan solo queremos decir que los

Ovieo Lº V
2006. Presentación del Lº V en el Club de Prensa Asturiana. Mina de Fresneo, entre su cuñada Lena a la izquierda y su amiga Luz a la derecha.

turoneses son tan conscientes de su propia historia industrial y cultural, están tan identificados con ella y se sienten tan orgullosos de la misma que cualquier acto que la recuerde no les pasa desapercibido. Es que hay castilletes que no pueden derribarse o silenciarse por más que desde determinados torreones de las altas esferas lo intenten. Es empeño vano.  Pero claro, en estos encuentros siempre se recapitulaba, no solo del pasado, sino también se hacía una radiografía del estado catastrófico de nuestro valle que no levanta cabeza por el estado de abandono en que lo han sumido los mandatarios de turno. Y este temario interesaba a aquellas gentes que un día, ya algo lejano, habían conocido un Turón vivo y activo al mismo nivel de bienestar que las zonas más industriosas del país.

Oviedo Público Lº V
Otro aspecto de sala en el mismo día. A la izquierda, se ve a Eloy y Serafín, funcionarios del Ayuntamiento; a la derecha, los padres de Nicanor.

                                                            Como creíamos firmemente que este libro sería el último que íbamos a publicar sobre Turón o, al menos, eso es lo que pensábamos en ese momento, queríamos hacerlo por todo lo alto. Por eso mi deseo era llevar la presentación del libro a Gijón, aunque esto no era una novedad como hemos visto. Pero mi idea ahora era más ambiciosa. Es bien conocido que a esta ciudad, como consecuencia de la crisis minera iniciada en los años sesenta, llegaron infinidad de compatriotas de tal manera que en la actualidad, si exceptuamos nuestro valle, es el lugar donde uno se puede encontrar con un mayor número de  turoneses. Por tanto, queríamos llevar a esta importante colonia de nativos, la historia, la nostalgia y el mensaje sobre el futuro de nuestra tierra. Queríamos convertir aquella jornada, aunque fuera de manera simbólica, en un “Día de Turón en Gijón”

Para realizar los preparativos tomé contacto con Carlos Iglesias, un licenciado en Filosofía y Letras que representaba al diario “El Comercio” en este tipo de actos.

                                                        En el primer contacto que tuvimos con el coordinador del acto, que actuaba en representación del diario “El Comercio”, nos manifestó que el periódico no disponía de un local determinado para este tipo de actos, sino que alquilaba uno distinto para cada ocasión, en función de las circunstancias de cada caso. Esta vez muy bien podía ser el salón de actos de una céntrica librería. Al preguntarle por el aforo me contestó que podía tener cabida para unas 30 personas. Me negué rotundamente. Yo no preparaba un acto cultural de aquel tipo en la ciudad playera solo para una treintena de asistente.. Eso ya lo había experimentado en un pequeño entoldado habilitado ad hoc por la asociación de libreros. Mi intención, ahora, era realizar algo más ambicioso porque era mi último libro, lo que dicho sea de paso y no se la razón, nadie entre mis amigos lo creía. Tan solo yo estaba convencido de ello pues era ya demasiado tiempo el que había quemado en esa historia. Pero a lo que íbamos. Carlos Iglesias, que así se llamaba el coordinador, me propuso entonces el salón de conferencias de la Escuela de Hostelería, sita en el Paseo de Begoña. Al entrar en su interior me impresionó favorablemente: su aforo rondaba las 160 plazas que eran otros tantos cómodos asientos tapizados en piel. La verdad es que nunca había presentado un libro en un local de tanta importancia. Una vez aceptado el reto, fijamos la fecha del acontecimiento para el 21 de marzo y me puse a trabajar anunciando el evento en los medios de comunicación (radio y prensa). Puedo asegurar que los turoneses nunca me habían defraudado y eso me transmitía confianza, aunque la meteorología, según se acercaba el día señalado, parecía dispuesta a interponerse en mi camino como ocurrió en Oviedo.

Después del frío glacial de enero, disfrutamos de una semanas verdaderamente soleadas y así continuó hasta mediados de marzo. Y llegó la primavera…

                                             La realidad es que desde la presentación en el Club Prensa Asturiana, el tiempo comenzó a mejorar y todo el mes de febrero y la primera quincena de marzo se mostró atípico para aquella época del año: temperaturas suaves sin heladas, sol y apenas días de lluvia. Estaba ya muy próxima la primavera pero, justamente, una semana antes comenzaron los partes meteorológicos a anuncia la llegada de un frente frío con temperaturas máximas de 12 grados y nieve a 100 metros sobre el nivel del mar; también, se remarcaba el día 21 como el más crudo de aquella semana polar que se avecinaba.

El día de la presentación en Gijón estaba tan frío que un ligero soplo de aire hería los ojos. Allí también estuvo Mina  de Fresneo presente, próxima a cumplir los 83 años.

Se puede imaginar el disgusto que yo tenía encima profiriendo maldiciones por doquier. ¡Para una vez cada tres años que protagonizo un acto de este tipo que, además, va a ser el último y me ocurre esto¡… Estaba desesperado y no me faltaba ápice de razón pues, evidentemente, el mal tiempo me iba a restar concurrencia, ya que hay que tener en cuenta que la mayoría de estos posibles oyentes superaban los 60 años y ante tan bajas temperaturas serían muchos los que optarían por quedarse en casa.

Cartel LºV Gijón
Cartel de presentación

                                                                      El día señalado se presentó tan gélido como se venía anunciando. En las jornadas precedentes había nevado con fuerza, de forma que cuando salimos de Turón hacia las cinco de la tarde, la nieve cubría la carretera en muchas de sus partes. Al ir acercándonos a Gijón, comenzamos a sentir una sensación extraña porque se abrían claros en el cielo y no me lo acababa de creer; además, sin darme cuenta de ello por la tensión del momento, la nieve había desaparecido de la calzada y ello era consecuencia de la pérdida de altitud por la proximidad de la costa. Pero cuando cruzamos el paseo de Begoña el ambiente era tan frío que un ligero soplo del aire  hería los ojos. Echamos una mirada rápida  en derredor y no se veía ni un alma. Rápidamente, sin más contemplaciones, entramos en el edificio donde iba a tener lugar la presentación. Todos lo agradecieron, pues gracias a la calefacción del edificio, la temperatura del interior rondaba los veinte grados Celsius.

Con mi madre
2007. Con mi madre en el salón  de actos de la Escuela de Hostelería de Gijón.

                                                             Diez minutos antes del comienzo del acto que estaba programado para las siete , éramos seis personas en el espacioso salón situado en la segunda planta: mi madre Mina, su amiga Luz, mi mujer y dos amigos míos, José Manuel García Laviana, ingeniero técnico de El Entrego, y Nicanor, gestor empresarial, que se encargaría de comentar una serie de fotografías del libro proyectadas sobre una pantalla. Presagiaba lo peor pero la suerte ya estaba echada. Mientras unos técnicos ponían a punto el equipo sonoro de la sala, me dirigí por unos momentos al amplio patio interior del edificio y alguien que llegaba me advirtió de la presencia de algunos amigos venidos de Turón que estaban en una cafetería próxima.

Aquella gélida jornada fue una de las más multitudinarias que hemos protagonizado  relacionadas con los libros de Turón.

                                               Bajé rápidamente a la calle y al salir a la acera una oleada de frío polar me barrió el rostro y vino a recordarme, de nuevo,  lo intempestivo de la jornada. Saludé a Genaro Quevedo, a Germán Prieto, a “Chevis” y a otros que les acompañaban y sin más dilación me refugié, de nuevo, en la Escuela de Hostelería dirigiéndome, nuevamente, a la segunda planta. En ese momento comenzaban a llegar algunas gentes que con el libro en la mano me solicitaban una dedicatoria. Entre firma y firma, podía observar como los espectadores , todos ellos muy abrigados, iban fluyendo sin prisa pero sin pausa. Cuando quise darme cuenta, el mencionado patio estaba repleto de gente y algunos optaban por pasar al salón para acomodarse en las confortables butacas destinadas para el público, pues en la antesala la capacidad de maniobra, debido a la aglomeración de gente, estaba ya muy limitada. Allí era donde yo seguía “asediado” y solicitado sin descanso.  Ante la avalancha de gente que se me echaba en encima, ya había olvidado el mal tiempo que imperaba en el exterior y correspondía como buenamente podía a todas las personas que requerían mi presencia Allí conocí, entre otros, a Nicanor Figaredo, hermano del célebre jesuita “Kike” Figaredo ( Natural de Gijón y Prefecto Apostólico de Battanbang -Camboya), y a una biznieta de los Bertrand , ingenieros belgas que tuvieron concesiones mineras en el valle de Turón en la segunda mitad del siglo XIX ( ver “Informaciones del Turón antiguo” y “En busca del Turón perdido”). Por momentos, era consciente de que el tiempo iba transcurriendo más aprisa de lo deseado pues la hora de comienzo del acto se había sobrepasado pero nada podía hacer por evitar aquella demora imprevista pues dejaba una persona y se me acercaba otra que me hablaba de su filiación, que vivía en Gijón pero que había nacido en El Riquixu o en L’Agüeria, en fin, que quería cambiar algunas impresiones conmigo, recordándome que en determinada página del libro se encontraba el nombre de su padre, mientas que en otra se plasmaba una fotografía de un grupo de mineros en la que aparecía su abuelo. Cuando alguien nacido en Urbiés me hacía ver que parte de sus antepasados eran los de una de las genealogías mostradas en el libro, miré el reloj de resbalón y pude ver que señalaba las siete y cuarto. Eran necesario comenzar el acto pues tal retraso ya suponía como una falta de consideración hacia todos aquellos que permanecían sentados en sus asiento desde hacía bastantes minutos; por otra parte, yo no veía la forma de “despegarme” de algunos turoneses que permanecían a mi alrededor haciéndome preguntas y más preguntas, porque no quería ser descortés con ellos. En aquellos momentos, sobre las claraboyas del patio, comenzó a sonar un repiqueteo como si de una ametralladora se tratase, lo que motivó la atención de los concurrentes que comenzaron a verter comentarios variados sobre el inesperado suceso. Se trataba de una tormenta de agua y granizo que, de súbito, descargó sobre la ciudad. Esa fue la ocasión que aproveché para colarme en la sala y todos los que me rodeaban siguieron mi estela buscando cada cual su acomodo. Cuando llegué a la mesa de presentadores allí estaban todos mis acompañantes esperándome: el periodista Zoilo Martínez de Vega, el librero Manuel Baquero y el ex-presidente de la Plataforma Juvenil Pablo Prieto. Pude entonces observar como la sala no estaba llena pero le faltaba poco: total unas 130 personas como mínimo. A mi lado, se encontraba también Carlos Iglesias que no daba crédito a lo que veía. “Los de Turón sois la leche”- me dijo. Ya no se acordaba- y llevaba 18 años en la brecha- de la última vez en que una presentación literaria coordinada por él mismo  había reunido a tanta gente.

Nuestro discurso, ese día, no fue muy distinto al de otras ocasiones pero, ahora iba dirigido, esencialmente, a un auditorio diferente: eran los turoneses que vivían en la capital playera.

                                          Aquel día, volvimos a hablar de cosas parecidas a las de  otras ocasiones similares: de nuestro querido Turón que tanto ayudó al país cuando más lo necesitaba y de lo poco que había recibido hasta el momento; también de las posibles salidas hacia el futuro. Y la gente se entusiasmó porque los turoneses del siglo XX tienen algo especial. Sienten la tierra de una manera distinta.

                                             Una vez más habían respondido a nuestra llamada. Me encontraba satisfecho por el deber cumplido: hablar de Turón cuando Turón no estaba de moda por causa de nuestros gobernantes. Debo de confesar que nunca había hablado para tanta gente, si exceptuamos el día en que me llamaron para pronunciar el pregón de las fiestas del Cristo y la fecha en que me concedieron el Pote de Oro a cuyo acto había asistido 400 personas.  Podemos asegurar que si la jornada hubiera sido primaveral aquel salón se habría quedado pequeño para dar cabida a tantos compatriotas que se quedaron en casa pues aquella tarde no invitaba a otra cosa. Tampoco falló  Zoilo que  desistiendo del traslado aéreo por un posible retraso debido a las desfavorables condiciones meteorológicas, hizo el desplazamiento por carretera desde su domicilio madrileño. El celebérrimo periodista turonés, junto con Pablo y Baquero, fueron los tres “mosqueteros” de lujo que tantas veces me han arropado en este tipo  de encuentros .

Aquel memorable día, Zoilo Martínez de Vega, se dirigió a la concurrencia con un discurso cargado, a la vez, de emoción y sentimiento, que reproducimos a continuación: 

                                        ” Buenas tardes: Tengo una deuda con Lito, que he venido a saldar esta tardea Hace más de un año me pidió una colaboración para este libro, concretamente un análisis comparativo del Turón de mi infancia y de mi juventud con el Turón de hoy. Me parecía un tema tan sencillo que lo fui dejando para última hora y, cuando quise cumplir, el libro ya estaba en la imprenta. Después me di cuenta de que no era tan fácil, porque el único Turón que yo tengo y que yo siento es el Turón de mi infancia y de mi juventud, que fue fundamental y decisivo en toda mi vida. El Turón de hoy sólo me vale como álbum de recuerdos, donde encuentro a los parientes y a los amigos que me quedan, y como urna funeraria, donde están depositadas las cenizas de mis antepasados. Dice Somerset Maughan en “El filo de la navaja” que los hombres y mujeres no son solamente ellos mismos, sino que, además, tienen algo de la comarca en que nacieron, de la casa urbana o de la rústica alquería donde aprendieron a andar, de los juegos con que de niños disfrutaron, de las consejas que les fueron narradas, de la comida que los alimentó, de los colegios en que estudiaron, de los deportes que practicaron, de las poesías que leyeron y del Dios en que creyeron. Todas estas cosas juntas hicieron de ellos lo que son, y no es posible llegar a trabar íntimo conocimiento con ellos por referencias o de oídas, pues eso sólo lo logra quien las ha vivido”.

                                Unamuno es más breve y categórico cuando afirma: “No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor del alma los recuerdos de su niñez”, y Saramago, en su último y bellísimo libro titulado “Pequeñas memorias”, da este consejo que yo reconozco haber adoptado desde siempre como norma de vida: “Déjate llevar por el niño que fuiste”. Por eso, el que quiera conocerme de verdad no me va a encontrar por las calles de Madrid o por los caminos de América, sino que va a tener que buscar mis huellas infantiles por la carretera de El Lago, subiendo hasta Urbiés o bajando hasta Peñule, por los caminos y atajos que van de El Lago a Linares o a Candanal, a la Rebaldana a Carcarosa y a San Justo, donde están mis orígenes y donde mejor me reconozco. Va a tener que preguntar por mí a mis colegas de La Salle y a mis vecinos y compañeros de juegos en El Lago, porque lo más original y auténtico de mí mismo fue lo que aprendí con mis padres y con mis maestros y las experiencias que compartí con aquellos amigos, y el mejor elogio que yo quisiera recibir a estas alturas de la vida, cuando ya casi no queda tiempo para rectificaciones, es aquella definición simple y profunda que decimos en Asturias de las personas decentes: “ES COMO HAY QUE SER”. Y aquí viene mi deuda con Lito y la razón de este encuentro de turoneses en Gijón, porque nada me ayuda a reconocerme mejor a mí mismo —y supongo que os sucederá algo parecido a todos vosotros- que la lectura de sus libros. Increíblemente, con una seriedad y una constancia admirables, Lito fue componiendo este rompecabezas impresionante en el que nos identificamos todos nosotros desde nuestros más recónditos orígenes, desde cuando comienzan las memorias escritas de Turón y aún antes, a través de registros orales transmitidos de boca en boca a lo largo de los siglos.

                                    Dice Italo Calvino que “somos lo que recordamos”. Si fuera así, seríamos poca cosa, porque la memoria es confusa y los recuerdos se pierden, se distancian o se desdibujan y, al final, la imagen que tendríamos de nosotros mismos y de nuestros parientes y amigos más lejanos sería borrosa y casi irreal. Y aquí viene la importancia fundamental de los libros de Lito, que nos aclaran el escenario de nuestra propia vida, nos recuperan el Valle de Turón, pueblo por pueblo, casa por casa, desde el tiempo de nuestros tatarabuelos; reconstruyen nuestro árbol genealógico, devuelven rostros fotográficos a aquellos parientes y vecinos, de los que ya no teníamos memoria y desentierran imágenes de nosotros mismos que creíamos perdidas para siempre.

                                    Cuando creíamos que todo estaba dicho sobre el Valle de Turón en sus cuatro libros anteriores, “EN BUSCA DEL TURÓN PERDIDO” está lleno de novedades, que —en mi caso- modifican y enriquecen considerablemente la información de mi propia familia y, en consecuencia, el concepto de mi propia personalidad. Gracias a la constancia investigadora de Lito puedo escalar de siglo en siglo el árbol genealógico de mi familia materna Martínez de Vega, de madre a abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, igual que tantas veces escalé de niño los cerezos que ellos mismos dejaron plantados en sus prados de Peñule.

                                    Gracias a esa curiosidad inagotable de Lito descubro mis propios antecedentes liberales en la figura gloriosa y trágica a la vez de mi bisabuelo Pedro, que en 1874, con sólo 49 años, cayó herido de muerte por el fuego amigo de otro bando liberal, cuando galopaba en las cercanías de Ujo enarbolando el pendón carlista que acababa de descubrir junto a un alijo de armas de las huestes tradicionalistas, escondidas en algún lugar de la iglesia de Figaredo. Yo había escuchado una vaga mención de esta historia de labios de mi tío Froilán; pero ahora tengo constancia escrita y puedo colocar a mi bisabuelo Pedro en el altar de mis santos familiares.

                                    El libro de Lito resuelve otra importante curiosidad juvenil. Recuerdo que en nuestras tertulias del Bar Nieto —Manolito Baquero es testigo- Antonio Zulaica y yo perdimos mucho tiempo tratando de identificar, sin conseguirlo, nuestro verdadero parentesco en esta línea familiar de los Martínez de Vega, apellido que su padre y mi madre habían interrumpido y abreviado, y que él y yo recuperamos por nuestra propia cuenta. Pues bien, ahora sabemos, gracias a esta última entrega de Lito, que compartimos el mismo tatarabuelo José, que su bisabuelo José y el mío Pedro eran hermanos, y su abuelo Wenceslao primo de mi abuelo José María, su padre y mi madre primos segundos y nosotros terceros, un parentesco lejano que compensamos con una profunda amistad y cariño. La foto de la página 320, Antonio y yo con Elena en una fiesta social de Tunja, me devuelve la enorme alegría de aquel reencuentro en tierras de Colombia.

                                     Quiero decirles que fue tan determinante para mí aquella tertulia del nieto y aquel parentesco asumido, que de alguna manera condicionó mi vida profesional y familiar. En el año 1965 la Agencia EFE, hasta entonces agencia nacional, comenzó la fundación de sus delegaciones latinoamericanas. Yo estaba en la redacción de Buenos Aires y en el 67 la dirección de Madrid me propuso que eligiera otro país para proceder a su instalación. Naturalmente, elegí Colombia, sólo porque allí estaban mis amigos Antonio y Elena. De esa forma pude compartir cuatro años con ellos, Elena trajo al mundo a mis dos hijas en su clínica de Tunja y su hijo mayor Antonio siguió mis pasos en EFE hasta convertirse en uno de sus periodistas más brillantes. Hoy es director de EFE en Bolivia. Antonio Zulaica murió hace algunos años; pero sigue siendo una presencia indispensable en el corazón de los que fuimos sus amigos y en las páginas del libro que estamos presentando.

                                          “EN BUSCA DEL TURÓN PERDIDO” tiene muchísimos hallazgos; pero, como se trata de una historia común y compartida, dejo que cada uno de sus protagonistas, que somos todos los habitantes del Valle y concretamente todos los que ahora estamos aquí, haga sus propios descubrimientos. El título, que evoca a Proust, no hace más que reafirmar sus palabras en “EL TIEMPO RECOBRADO”, cuando dice que “LOS VERDADEROS PARAÍSOS SON LOS PARAÍSOS QUE HEMOS PERDIDO”.

                                          Quiero hacer dos reflexiones finales sobre la trascendencia del trabajo de Lito en la recuperación de nuestros antepasados y sobre nuestra propia vida personal.

                                         En las páginas de este libro, lo mismo que en los cuatro anteriores, yo siento la testaruda vocación de vivir que anima a nuestros muertos, que se aferran a nosotros para no morir del todo y nos acompañan como sombras o fantasmas, se levantan con nosotros, nos hablan o permanecen en silencio, así día tras día y noche tras noche, hasta que también nosotros morimos y empezaremos a aferrarnos a nuestros vivos. Miguel Hernández escribió: “Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,/ laten junto a los vivos de una manera terca”.

                                     Yo no sé si también os sucede a vosotros; pero yo siento que mucha gente que conozco, al final de su vida habla mucho más con los muertos que con los vivos, porque casi todas las personas que les importan están muertas. Los libros de Lito no hacen más que confirmar el poema de Salvador Oliva, titulado “INSISTENCIA DE LOS MUERTOS”, que dice: “Qué incalculable multitud de antepasados llevamos en la sangre”, y advierte de “las obediencias del cuerpo: los muertos —nuestros muertos- siempre insistiendo, aferrándose a la vida”…Y volviendo a la vida, a la nuestra, y al enriquecimiento personal que a mí me aportan los trabajos de Lito, siento que esta mirada a nuestro pasado desmiente la leyenda bíblica de la mujer de Lot convertida en estatua de sal por mirar hacia atrás. Por el contrario, pienso que la mejor forma de vivir es adoptar el movimiento del remero, es decir, colocarse de espaldas al destino, mirando bien de dónde vienes, para tener más fuerza en el impulso y mejor orientación sobre ti mismo.

                                     Nada más. Muchas gracias, Lito, por tu trabajo colosal, y muchas gracias a todos vosotros por vuestra presencia y por vuestra paciencia”.

                                                           Recuerdo con satisfacción de aquella jornada, una vez vista la gran afluencia de público, a pesar de la meteorología nada favorable, las palabras de mi madre respecto al tiempo adverso.  Ella, que  vivía estos acontecimientos con intensidad,  no tuvo por menos que exclamar en el viaje de vuelta: ”Parece que tenemos al diablo  detrás, pero no puede con nosotros”. Hoy todavía, cuando regresan a mi mente aquellos hechos, me emociona el pensar que, con casi ochenta y años a sus espaldas, estuviera tan integrada en tales actos pero, pensándolo más detenidamente, me doy cuenta que yo, a falta de mi padre, procuraba involucrarla en aquellas presentaciones y como yo me sentía bien así,  ella no dudaba en cumplirme el gusto.

De nuevo volvimos a presentar  el libro en la capital por insistencia del presidente de LIBROVIEDO Luis Martín.

                                                      En el mes de abril, Luis Martín, presidente de LIBROVIEDO, feria anual organizada por la asociación de los libreros de la capital carbayona, me invitó a presentar el libro en este nuevo foro. A decir verdad, la obra ya era conocida en la ciudad desde el mes de enero, pero por aquello de ser mi última irrupción en el mundo de la historia local -esto era lo que yo pensaba en aquel momento- acepté sin más reparos. Fijamos la fecha para el día 10 de mayo. Este evento suele durar unos 15 días y se celebraba bajo un entoldado dispuesto en el Paseo de los Álamos. Allí, además de los stands de venta de libros, se habilita un recinto para los actos literarios con un aforo de unas 30 localidades. Durante los días que dura la muestra suelen venir algunos autores famosos a los que se les da una gran cobertura en los medios de comunicación (radio, prensa, TV…) siendo sus obras muy conocido de antemano por tal motivo.

Una faringitis crónica e inoportuna estuvo a punto de hacerme suspender la presentación.

La feria comenzó el día tres y en aquellos días me vi afectado por una faringitis acompañada de una tos irrefrenable, que ponía en serio peligro mi comparecencia después de haber sido anunciada en la prensa regional. Estaba temiendo que me ocurriese como tres años atrás, coincidiendo con la publicación de “Turón. El fin de una época” en que no pude cumplir con Luis Martín al no facilitarme la imprenta el libro hasta después de concluida la Feria. Esta vez, todo parecía señalar que, no por culpa de la imprenta sino a causa de mi dolencia, iba a ocurrir lo mismo y esta ausencia, aunque estuviera justificada, no me dejaba en buen lugar ante el coordinador del evento. Me preocupaba no poder asistir porque mi garganta se iba poniendo cada día peor y la tos no remitía. Debo de apuntar que esto no era casual pues mi debilidad en ese sentido venía de lejos: fui operado de amígdalas a la tierna edad de cinco años y luego acabé destrozando la garganta al cabo de 25 años que fueron los que estuve de dedicado por temporadas a explicar Matemáticas en sesiones intensivas de seis y hasta siete  horas diarias. Y, claro está, cada dos por tres, se me presentaba una afección a la faringe a pesar de todas mis precauciones que siempre necesitaba durante unos días de la administración de antibióticos. Pero, a pesar de que estaba impresentable por aquella persistente tos que me atenazaba, siempre tenía la esperanza de alcanzar la mejoría en los días siguientes aunque esta no acababa de producirse. Mientras tanto, por medio de la prensa diaria, me iba informando de la evolución de la Feria y, según declaración de una visitante, testigo de las presentaciones de algunas novedades editoriales, realizadas por diversos escritores, aquellas no habían tenido demasiada audiencia. Y concluía con la siguiente manifestación al periodista de turno: ”Hasta que no venga Ortega Cano, el torero, con el libro sobre Rocío Jurado, no se llena la sala”.

                                                       Por fin, llegó el día de autos por mi tan temido en aquellas circunstancias. Ahora, para más inri, a la tos se me había asociado una gran afonía. Media hora antes de las siete de la tarde que era la acordada para el acto, ingerí una cucharada de un medicamento que me había recetado mi médico de cabecera. Se llamaba “Toseína” que es un remedio para calmar la tos que casi nunca funciona pues lo venía tomando hacía varios días y cada vez estaba más congestionado. Al comenzar la intervención, después de haberme presentado con unas emotivas palabras, el Jefe de Estadística del Ayuntamiento de Oviedo, Longinos Fernández, aclaré que ya en una ocasión la había fallado por causas imponderables al bueno de Luis Martín, pero esta vez vendría con la cabeza debajo del brazo si era necesario para evitarlo. Al principio de la exposición tosí un poco y algunos que ya conocían mi problema presagiaron lo peor. Yo- he de confesarlo- imaginaba lo mismo que ellos, que aquello no iba a terminar bien. Después, inesperadamente, me salió una voz potente y como de ultratumba, debido a la ronquera que arrastraba; algo así como la que exhibió Lee Marvin en su película “La leyenda de la ciudad sin nombre”  Creo que todo el mundo lo agradeció pues no me pasó desapercibida la enorme atención que observaba en el reducido pero denso auditorio que tenían delante. Entre los que me conocían porque aquel timbre de voz no era el mío habitual y para los demás porque aquella sonoridad le añadía un toque solemne a mis palabras. “Para siempre querría yo tener ese tono de voz de bajo profundo  que me salió aquel memorable día.  No puedo explicarlo pero fue como un milagro; además, aquella tarde no volví a toser más. En días sucesivos ya fue otro cantar pues la afección se me complicó y estuve convaleciente durante cuatro semanas. Pero volviendo al entoldado del Paseo de los Álamos, debo decir que el aforo se cubrió con creces, entre los que se encontraban, Senén “Candanal”, Fermín Palicio, presidente de la Asociación “Amigos de Veguín”, David y su mujer( padres de Jorge Varela), etc. Incluso, había gente de pie acompañándonos. Recuerdo a Celso Peyroux, cronista oficial de Teverga como uno de ellos. También otros que , paseando junto a los distintos mostradores de los libreros, al oír aquella voz tan grave que lanzaba al aire reivindicaciones para un valle minero en crisis, se detenían a la entrada algunos momentos para satisfacer su curiosidad. ¡Ah¡ por cierto, reseñar que en la jornada precedente el diario “La Nueva España” plasmaba una fotografía de la presentación del libro de Ortega Cano, el torero, y se contabilizaban seis personas teniendo en cuenta el que disparó la cámara. Pero es que las gentes de Turón, no nos engañemos, son irrepetibles.



 2007 libroviedo

LIBROVIEDO Abril de 2007. Público asistente a la presentación del libro “En busca del Turón perdido” en el entoldado del Paseo de los Álamos, Son los momentos anteriores al comienzo del acto. A la izquierda, entre otros, Serafín, Andrés, Julia y Darita de Oviedo, Amor y David  (padres de Jorge Varela); a la derecha, Mina, Luz, Senén Candanal, Gregorio Lillo, Armando de L’ Agüeria, Jesús de La Llera,…Al fondo, de pie (con cazadora roja), se encuentra Antonio Fernández ( Foto Urbano Álvarez).

 

SINOPSIS DE “EN BUSCA DEL TURÓN PERDIDO”

“En busca del Turón perdido” es un nuevo canto al terruño de Manuel Jesús López González. Ese compromiso con su valle de origen destila en cada una de sus páginas. En este proyecto aborda una compleja  y delicada labor por medio de la cual ofrece una

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perfecta visión del pasado de aquel territorio, sirviendo de  imprescindible complemento a su primera publicación “Informaciones del Turón antiguo”. Tanto es así que nos trae a estas páginas, los nombres que aquellos que detentaron el poder sobre el Valle en tiempos remotos, amén de toda una historia detallada sobre la apertura de minas de carbón a lo largo del siglo XIX, previa a la expansión industrial que produce la entrada en escena de la empresa vasca Hulleras de Turón. No deja de lado la  triste situación en que se halla la zona en la actualidad y lo pone de manifiesto en un poema titulado “Ocho mil mineros” que empieza con estos versos: Gritar a los niños/ oigo cuando sueño/ bullen por la plaza/ corren por el pueblo/ Me asalta la idea/ que invade el recuerdo/ de un Turón alegre/ que hoy día está muerto/ Subían los “coches”/ cargados de obreros/ bajaban los trenes de carbón repletos….

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En este trabajo “profundo, prolijo y profuso”-en palabras de Manuel Baquero-se hilvana una desconocida y sorprendente historia, ligada, a veces, a nuevos protagonistas y, en otras ocasiones, a personajes que nos resultan familiares porque los hemos conocido o, bien, porque fueron reseñados en otras obras del mismo autor. Debemos señalar, para cerrar esta síntesis,que de las 538 páginas de que consta el libro, en 180 de ellas , por medio de sendas fotografías, grises o en color según el caso, el autor nos invita a realizar un recorrido muy particular para conocer el paisaje del Valle o las vivencias de su paisanaje, a través de sus momentos de ocio o de trabajo.