ASCENDENCIA Y RELEVANCIA DE DOS PEDAGOGOS TURONESES

Julio Ardura y Bienvenida Viejo

Una precursora: Mercedes Viejo

                                             Desde tiempos antiguos en las zonas rurales, los sastres, acompañados de algunos aprendices, desarrollaban su labor a domicilio, confeccionando o reparando las prendas de las familias campesinas. Estos artesanos trabajaban durante las jornadas necesarias en cada caso a cambio de la comida o, según el volumen de la obra, por unas pocas monedas. El poeta asturiano Francisco González Prieto lo recoge en el siguiente cuarteto:

  • Llamen xastre d’ aldea al alfayate,
  • Que si cues pe les cases de la villa,
  • Han dai tela ‘i aguyes, filu y silla,
  • Co la parva, ‘l yantar, i el chocolate.

                                En el valle de Turón, la población, formada, mayoritariamente, por el campesino autóctono y su familia, vivía en los pueblos dibujados sobre ambas laderas y su vestimenta era  tradicional y  -por qué no decirlo- rudimentaria, constituida por la montera, refajo  y calzón. Pero, en el último tercio  del siglo XIX, en aquel territorio, comenzó a explotarse a gran escala el rico venero que se había descubierto décadas atrás y, como consecuencia de ello, sufriría una gran transformación que también afectaría de forma positiva al mencionado oficio.

                                     La irrupción de Hulleras de Turón en 1890 marca un antes y un después en la crónica del Valle.  La fuerte implantación industrial, alimentada por la llegada  de miles de obreros,  produjo una gran alteración de la zona y en algunas ocasiones del propio paisaje. Transcurrieron unos pocos años y el Valle comenzó a experimentar un cambio propiciado por aquellos forasteros que, se puede decir, inundaron literalmente  el territorio. Provenientes de diferentes puntos de España, traían ideas nuevas y tenían otras necesidades. Fue así como muy pronto, la sociedad turonesa empezó a disfrutar de los servicios propios de cualquier ciudad con la  inauguración de  la primera  farmacia, el consultorio  médico y la apertura de los primeros restaurantes y casas de huéspedes.

                                      Para dar comienzo a este progreso, se abre un nuevo vial que será la carretera general del Valle, que sustituye al antiguo Camino Real y la fiebre de construcción en esos momentos, propicia la edificación en los márgenes de la misma, creándose nuevos barrios. Pero destaca uno por encima de los demás: La Veguina, situado en la parte baja de  Villabazal que, desde siglos atrás, había sido algo así como la capital administrativa del Valle. La Veguina, pronto se convertirá y, para siempre, en el núcleo urbano más importante de todo el territorio. La Veguina,  en los años veinte de la centuria vigésima de nuestra era, significaba para el valle de Turón lo que la calle Uría representaba para Oviedo o la calle Corrida para Gijón. Allí se habían  ubicado, aparte de la oficina de una de las entidades financieras más importante de la región como era el Banco Asturiano, los centros de diversión más populares como el Salón de Froilán, los lugares de ocio más conocidos como era el caso del café de  Antón de Grao  y el Ateneo Obrero que era el foro cultural de más renombre de la comarca. Esto sin contar con  un abundante comercio que  en muy poco tiempo se había establecido allí y entre el que destacaba el creado por las familias de Benavides y “Parana”.

                                     Con la empresa minera, habían llegado los rectores técnicos y administrativos con sus familias, que se instalaron en La Cuadriella convertido desde ese momento en  el verdadero centro de operaciones de aquella. La  burguesía dirigente traía consigo numerosas innovaciones, entre ellas un original vestuario, desconocido para el campesino autóctono: el de  los caballeros formado por la americana (chaqueta), chaleco, bolsillos para el reloj de cadena y pantalón con el complemento del gabán en la estación fría, mientras que el de las damas, lo constituían vestidos y abrigos de lujosas telas que se adornaban  con vistosos sombreros y pamelas.

                                          Muy pronto, una parte importante de la población llegada de allende el Pajares que, mayoritariamente, era obrera y vivía en el fondo del Valle (barrio San Francisco y los situados en los márgenes de la carretera y aledaños), comienza a utilizar como espejo a aquella clase social asentada en La Cuadriella y pretende imitarla, al menos en su vestuario. Esa necesidad obliga a los sastres a disponer de un local propio como ya ocurre desde hace bastantes años en las ciudades de cualquier país. Así surgen los primeros establecimientos de costura que se afanan en satisfacer la demanda que se respira en el ambiente. Es, entonces, cuando la confección de trajes y vestidos deja de ser un oficio ambulante. 

                                                     El primer taller de ese tipo lo abrió  en Turón Mercedes Viejo.  Fue hacia 1908 y se estableció, lógicamente,  en La Veguina (ver “En busca del Turón perdido” p. 229). Mercedes, que había nacido  el catorce de octubre de 1890, era la segunda hija del matrimonio formado por Antonio e Isabel Fernández que vivían en Misiego desde la fecha de su casamiento ocurrida en 1886.  Hay que hacer constar que Antonio  había llegado a Turón unos  años atrás  procedente del concejo de Lena. Durante su niñez, Mercedes, había  asistido muy poco tiempo a la escuela por  circunstancias familiares y siempre en períodos cortos de algunos meses. Ello no fue óbice para que, pasado algún tiempo, se convirtiera en una amante de todo tipo de lecturas y, ya en aquella época, seguidora de las obras naturistas del Dr. Jaramillo. Persona profundamente religiosa pero no beata, pronto quedaría probado que era   una mujer  llena de talento y una verdadera emprendedora donde las haya. Fue una adelantada de la época con una fuerte personalidad y grandes cualidades, lo que quedaría patente a largo de toda su existencia. Ella contaba sus orígenes muy modestos y cómo, siendo una jovencita, un día cogió un cesto lleno de paños y se ofreció para hacer pantalones a los niños de los mineros. Indudablemente, dada su inteligencia natural, pronto iría aprendiendo de forma autodidacta todos los secretos del oficio de modista. No es de extrañar que, con estos antecedentes, podamos afirmar que le cabe el honor de haber sido la primera profesora en ese género de todo el valle, llegando a tener un taller de veinticinco oficialas. Una de sus discípulas más famosas, sería Rosario Baquero, que en los años treinta regentaría su propia taller  en el barrio San Francisco (ver Memoria gráfica del Turón Industrial (1880-1980)” p. 156). Al comenzar la guerra europea- en la que España no tomó parte como sabemos- contrajo matrimonio con Cándido Menéndez, un joven minero que trabajaba en la empresa de Inocencio Fernández de Figaredo (ver obra citada p.232).

                                               Visto como estaba evolucionando la sociedad turonesa, año tras de año y,  habiendo nacido ya sus primeros hijos, un día le propuso a su esposo la posibilidad  de establecerse como sastre. Aún no se había abierto ningún negocio de ese tipo y dado el volumen de gente que había llegado a trabajar en la Compañía (Hulleras de Turón) desde su fundación, le auguraba a la sastrería un gran porvenir. Cándido abandonó, entonces, la mina de Figaredo, siendo ya padre de varios hijos, y se encaminó en pos de un porvenir mucho más brillante, viajando a Barcelona donde recibiría lecciones de los mejores maestros  del momento.  Aquella enseñanza le sirvió para convertirse en un verdadero artesano de la costura aprendiendo el corte  y la confección de trajes así como de gabardinas y abrigos, muy necesarios, no solo para la estación fría sino también para el período de lluvias que siempre llegaba una vez pasadas las fiestas del Cristo. Transcurrieron dos años, al cabo de los cuales ya pudo establecerse en La Veguina, siendo, el titular de la primera sastrería que  abrió sus puertas en Turón. En 1918, se instaló en el edificio construido por José Tirador que estaba contiguo a las llamadas “Casas del Gallo” de Vicente Iglesias  inauguradas  ese mismo año (ambos inmuebles todavía se conservan en la actualidad y están ubicados al final de calle “Rafael del Riego” del citado barrio). A partir de ese momento,  el matrimonio situó ambos talleres en la misma planta, al tiempo que  abría, en el bajo del edificio,  una tienda donde se ofrecerían  paños,  tejidos y novedades correspondientes a señora y caballero; el taller de Mercedes, en particular, pronto se llenaría de  revistas y figurines   de moda como “La femme élégante” que representaba la vanguardia del   vestir en aquel momento proveniente de París. Allí se fabricaba todo tipo de atuendos y complementos  para la mujer: vestidos de lino, algodones, sedas, tarlatana y encajes,  ropa interior de los ajuares y hasta sombreros.  Entrada la década de los años veinte, ambos negocios estaban plenamente consolidados. Baste decir que había días en que la afluencia de clientes era tan numerosa que, a la hora de la apertura, ya había una nutrida cola de gente esperando a la entrada.

La Veguina de noche. A la derecha de la imagen, tenían Cándido y Mercedes sus negocios de confección de ropa.

                                     No deja de asombrarnos, ni por un momento, la curiosa trayectoria de esta mujer. Mercedes era una perfecta autodidacta que siempre aprendió los secretos de la costura de forma genuina. Cuentan sus nietas que para hacer un nuevo vestido, no necesitaba tomar medidas,  le sobraba con utilizar la vista: miraba a la persona de arriba abajo, después doblaba la tela y, a continuación, cortaba la prenda sin necesidad de auxiliarse de ningún patrón. Como puede inferirse, con el tiempo su dedicación exclusiva fue el corte y la puesta en prueba de las prendas; luego, el nutrido grupo de colaboradoras que tenía a su cargo, se encargaban del resto.  

                                        Los que conocieron a Mercedes, destacan que otra de las virtudes que adornaban su carácter era la  generosidad con los demás. Sabía  poner en práctica aquel adagio antiguo que rezaba así: “Manos que no dais ¿qué esperáis?”. Prueba de su iniciativa emprendedora y de su carácter social es el hecho de que muy bien  podría decirse que inventó las vacaciones pagadas puesto que, al llegar la temporada de verano, cogía doce empleadas con su familia y las llevaba treinta días  a Castilla (Medina del Campo, Villamanín, etc.); las restantes, iban a Gijón durante el mes de agosto  a disfrutar de los baños de mar en la playa de San Lorenzo en compañía de los suyos. Precisamente, la guerra de 1936 sorprendió al  grupo en esta última ciudad, siendo detenida por unos días en la llamada “iglesiona”, mientras se aclaraba su situación.

A Julio Ardura le nacieron en Piedoloro, parafraseando a Clarín pero, de bien pequeño, ya vivió en La Felguera; por su parte,Veni, la que con el tiempo sería su esposa, vió la primera luz en La Veguina. Se trata de dos barrios situados en la carretera general y separados escasamente dos hectómetros

                                               El fino instinto de Mercedes y su gran inteligencia la condujo a programar la educación de sus hijos e hijas. Admirable preocupación, tanto más cuanto que estamos hablando de una época en que el protagonismo de la mujer en la sociedad era casi nulo. Este detalle añade nuevas pistas para comprender  y descubrir  las ideas de vanguardia de aquella mujer.  A pesar de su origen humilde, había entendido  con claridad meridiana que la instrucción de los hijos era crucial para encauzar su futuro. Esa fue la causa por la que no  descuidó en ningún momento su formación intelectual siendo la pionera de una saga de mujeres profesionales que fueron sus  descendientes. La hija mayor se llamaba Bienvenida, o familiarmente “Veni”,  de la que hablaremos más adelante; otra de ellas, Isabel, estableció junto al domicilio materno, un taller en el que dirigía a una docena de aprendices. Allí, se realizaban delicadas y artísticas labores de bordado a mano en lino para ajuares y durante años gozaron de gran predicamento entre la población femenina del Valle. A continuación, seguía Nieves, que fue ayudante de Farmacia en la botica de Avelino Losa, y la menor, María Luisa, fue una prestigiosa pediatra (Ver “Turón. El fin de una época” ps.111-113).   

                                       En La Felguera, situada también en la carretera general del Valle, unos ciento setenta metros más arriba de La Veguina, vivía Francisco Fernández Ardura, natural del concejo de Ribera de Arriba que había llegado al valle en la primera década del siglo. Contrajo matrimonio con Josefa, hija de José “el de los molinos” (ver “Informaciones del Turón antiguo” pág. 134) que vivía en las llamadas “casas de La Barraca”, situadas frente al campo de la iglesia de San Martín y de la casona de Salvadorón (Salvador Martínez de Vega). Francisco y Josefa, por algún motivo que desconocemos, estuvieron un tiempo en el concejo de Carreño y en Piedoloro nacería Julio en 1911. De vuelta al Valle, Francisco ejercería como vigilante de Minas en Hulleras de Turón y, junto con su familia, se domiciliaría en una de las viviendas que tenía su suegro en La Barraca ( ver “Turón. El fin de una época” pág. 274). Pronto,comenzaría Julio sus estudios secundarios con el Jefe de Topografía de la Compañía. Se trataba de  Rafael Caminal, un Bachiller Superior y Facultativo de Minas, que, por otra parte, dirigía un centro de enseñanza privada en La Cuadriella.

  

                                        Tenía Julio 21 años cuando, una vez concluido el Bachillerato, optó por matricularse en la Escuela de Magisterio de Oviedo. Muy bien pudiera pensarse que   por su edad debería de estar cumpliendo el Servicio Militar pero, al haber fallecido su padre recientemente, quedó exento de tal obligación con la Patria al alegar que, efectivamente, era “hijo de viuda”. El caso es que, su progenitor había sido , en los años finales de su existencia, contratista de Hulleras de Turón,  habiendo realizado un excelente servicio durante toda su vida laboral. Fue este el motivo fundamental por el que la Compañía decidió ayudar al joven. Tanto más, cuando su expediente académico  hasta el momento, era inmejorable. No tardaron en buscarle un empleo que  no fuera agobiante y, a la vez, le permitiera compaginar con sus estudios durante el día.

                                       De esa época  le quedó grabada en la retina a mi padre una anécdota que me contó repetidas veces: “con paso presuroso, en las últimas horas de la tarde, pasaba Julio por la carretera con dirección a La Rebaldana   para encargarse del control  nocturno del ventilador del Pozo Santa Bárbara. Pero el hecho curioso es que siempre iba leyendo un libro”. 

                                      Mi padre, era casi vecino de Julio pues vivía en El Fabar, en una casa situada al lado de la carretera, unos cien  metros más arriba en dirección al  Lago, donde mi abuelo Román, casualmente, también tenía una sastrería. En ese tiempo de  1932, mi progenitor,  era un niño de once años que estudiaba el Ingreso de Bachillerato en la Academia de Caminal, al igual que Julio había hecho  en la década anterior.

                                        Julio y “Veni” podemos  decir que se conocían de toda la vida porque vivían en lugares  muy próximos, como ya hemos visto; además, en los años de la adolescencia, formaban  parte  de un grupo  de jóvenes que  realizaban estudios de segunda enseñanza, entre los que se encontraban  Ricardo, uno de los vástagos del capataz-jefe del grupo “Santa Bárbara” Claudio Ortiz, Abelardo,  hijo de D. Santiago, maestro de la escuela de La Felguera y Luis García de Vicuña, descendiente de unos de los administrativos de la Compañía. Dentro de aquel colectivo,  ante la llegada del buen tiempo, solían realizar giras campestres a Urbiés, al prau de La Vegona (actualmente cubierto por una horrorosa escombrera) y otros lugares. De estos encuentros surgió una afinidad entre ambos que, con el tiempo, cristalizaría en algo más que una simple amistad.

                                             No cabe duda que aquella circunstancia tuvo que  influir para que ambos iniciaran la carrera de Magisterio, prácticamente, al mismo tiempo. Vigente aún el Plan 1924, pronto pasaron a estudiar el  llamado “Plan Profesional” implantado por el Ministro de Educación  de la República, Marcelino Domingo. Se iniciaba con un ingreso-oposición que era seguido de tres  cursos académicos de especialización pedagógica. Aquel novedoso Plan que habían realizado eran muy  exigente  comparado con el que regía anteriormente, pues su contenido consistía en unos estudios cuasi universitarios.  En otras palabras, se  trataba de un plan de élite con el objetivo de reclutar y formar a los mejores maestros que irían destinados  a la dirección de centros escolares en capitales de provincia, lo que proporcionaba un salto de calidad a la Enseñanza Primaria del país.  Al mismo tiempo, suponía una dignificación de la labor a realizar por los docentes primarios que, desde siglos atrás, había estado desprestigiada y desatendida. En justa correspondencia  con esa mejora del nivel académico, el Gobierno había prometido un ascenso de los emolumentos en 1.000 pesetas al año que era una cantidad muy a  tener en cuenta si nos atenemos a los tiempos que corrían. Todo discurría según lo previsto para los dos turoneses  que concluyeron sus estudios en junio de 1936, obteniendo Julio el número uno de su promoción y “Veni” el número dos. Pero la mayoría de la población ignoraba la gran catástrofe que estaba a punto de producirse porque en el mes de julio estalló una guerra civil que había de durar tres años. No es difícil imaginar que eso supuso una gran perturbación para la vida de los españoles.  Julio y Veni no fueron una excepción. Por de pronto, Julio sería movilizado por el gobierno de la República como alférez de zapadores universitarios, que tenían como misión construir puestos de fortaleza con el fin de impedir el avance del enemigo, entre los  puertos de Pajares, Vegarada y El Pontón.

En los años cuarenta del pasado siglo establecieron, en la comarca del Bajo Nalón, una Academia de Enseñanza Media que llenó un vacío importante creado a causa de la Guerra Civil

                                         El conflicto fratricida concluyó, como todos saben, en abril de 1939 con la derrota de la República. Pero este hecho no trajo aparejada la paz. Se habían producido excesivas heridas y el país sangraba por todas partes. Comenzaban tiempos difíciles para mucha gente y, en particular, para Julio, ya que  al haber participado en las filas republicanas, fue sometido a un consejo de guerra.  Entonces  algunos vecinos,  que  eran personas de confianza del  nuevo régimen, declararon que no se le conocía  intervención ninguna en cuestiones políticas y como su movilización había sido forzosa, estos fueron argumentos suficientes para que quedara absuelto. No obstante, fue un tiempo de zozobra porque la atmósfera que se respiraba, en aquellos momentos, estaba tan emponzoñada que la vida de una persona podía tener un escasísimo valor.

                                                Los maestros, pilar básico de la educación de las gentes e  inspiradores fundamentales de su pensamiento, se vieron  afectados, durante el período inmediatamente anterior a la guerra, por dos hechos fundamentales. Por una parte, el cambio radical en su instrucción pues la República favoreció una enseñanza laica, popular e igualitaria para todos; además,  había dignificado y fortalecido la profesión por primera vez en la Historia. No es de extrañar que, para los triunfantes en aquel conflicto, que volvieron a la enseñanza tradicional, aquel  cuerpo de docentes, que había estudiado el Plan Profesional, resultara altamente  sospechoso de fidelidad ideológica. Motivo fundamental por el que se dirigió hacia ellos una atenta e inquisitorial mirada.  La consecuencia inmediata fue que a  muchos de los que habían ejercido su profesión en el período republicano, fueron perseguidos o eliminados (en nuestro valle tenemos los ejemplos de D. Santiago, de su hijo Abelardo   y de Dª Angelina de Villapendi).

                                             Pero Julio y “Veni”,  como no eran activistas ni siquiera militantes de ninguna filosofía en boga y, además, no habían tenido ocasión de ejercer su profesión en tiempos de la República, no fueron depurados.  Entonces, se les permitió elegir destino pero simplemente como maestros pero  no como directores en capitales de provincia, según  la calificación obtenida en el examen de fin de carrera de un Plan que, el nuevo régimen establecido, no reconocía. “Veni”  escogió Luarca para poder llevar a la costa a su hermana Lucita que padecía del corazón y Julio, a pesar de sus méritos, solo le dieron la opción de  Barcia, un pueblo pequeño situado en la costa que,  como mal menor, le permitía  estar cerca de su esposa. Empero, en este primer destino, ya tuvo algún que otro problema y todo a causa de los tiempos difíciles que se vivían, derivado de un cambio de régimen político. El caso es que se corrió la voz sin fundamento de que había desplazado al anterior maestro interino con su toma de posesión. Consecuencia de ello fue que todo el mundo le negaba el saludo; además, ni podía comer en el pueblo, ni nadie le daba posada. Tuvieron que transcurrir algunos meses para que todo se aclarase y las aguas volvieran a su cauce. Fue el día aquel en tres vecinos se acercaron a la escuela y, dirigiéndose al docente turonés, le dijeron: “Don Julio, mayestru como Vd, nunca lu hubu nesti pueblu, así que a partir de hoy, nun va faltai en ninguna casa leche, quesu, güevos y jamón...” La verdad, que era todo un lujo para aquellos años. La apoteosis vino poco después cuando el equipo de fútbol que formó con los chavales de la escuela, ganó al de Luarca durante los festejos del pueblo.

                                          Julio y Veni no tardaron mucho en contraer matrimonio. Fue en 1941 en la iglesia de San Martín de Turón que, en aquel tiempo se encontraba en obras de remodelación. Tan pronto como les fue posible, abandonaron Luarca y Barcia, tomando el destino de San Juan de la Arena  con el fin de estar más próximos a Oviedo donde residía el Dr. Torner, eminente pediatra que atendía a sus dos primeros hijos,

                                          Algo más adelante, pasarían a ejercer la enseñanza  a Soto del Barco. Eran tiempos muy difíciles aquellos años de la postguerra que se prolongaron más de lo necesario. Para unos, el hambre y las persecuciones políticas hacían estragos  en ellos; para otros, las envidias de algunos causaban verdaderas calamidades, pues quedaban muchas heridas por restañar. En esa atmósfera extraña, un día “Veni” fue denunciada por una colega que la acusaba de enseñar a coser a niños y niñas indistintamente, aparte de  descuidar el Catecismo. Menos mal que el párroco, conocedor de que lo segundo era una calumnia injustificada,  salió en su defensa  diciendo que era una cristiana ejemplar, que sus hijos estaban bautizados y era buena cumplidora de sus deberes religiosos. En otro caso, las consecuencias podían haber sido  muy graves. El hecho es que, durante un tiempo vivió acongojada por estos incidentes, esperando algún tipo de represalia.  Temía el destierro a Las Hurdes (Cáceres), un lugar inhóspito por entonces,  y el alejamiento de su marido, procedimientos que también se usaban en esa época excepcional como fue la postguerra.

                                            En Soto del Barco, pronto observaron un detalle curioso : los contables de las fábricas de pescado eran  todos forasteros. Entonces, al estar en posesión del exigente título académico  conseguido  en la anteguerra, junto a  su rigurosa formación intelectual, les animó la idea de aventurarse en  el desarrollo de un interesante proyecto educativo. Consistía este en la preparación de los estudiantes del contorno a fin de dotarlos de unos conocimientos que complementaran los adquiridos en la escuela primaria  (Comercio, etc.). Con esa formación,- pensaron en buena lógica-muchos de ellos ya podrían aspirar a tales puestos u otros similares. Se pusieron manos a la obra en dicha empresa docente y Julio se ocuparía de las asignaturas de Ciencias; por su parte, Veni,  estaría al cargo de las correspondientes a las  Letras. Para sacar adelante tal aventura docente incluso, ellos mismos, se  especializaron, a partir de entonces, en otras materias  muy demandadas por los alumnos en aquel momento (Mecanografía, Taquigrafía…).

                                                  No tardó en cristalizar  la acertada apuesta. Había que tener en cuenta que las economías familiares de la comarca eran muy débiles por aquellos años y que el centro de enseñanza más próximo que realizaba estudios secundarios era el colegio San Luis de Pravia, situado a más de ocho kilómetros de distancia con una carretera en condiciones lamentables que hacía el traslado difícil y costoso. Esta circunstancia propició que comenzaran a interesarse por su oferta educativa, estudiantes de toda la comarca: Soto del Barco, Muros del Nalón, San Juan de la Arena, San Esteban de Pravia, etc. Se trataba de un amplio abanico de alumnos: los que  cursaban el Bachiller Elemental y luego iban a examinarse al Instituto “Carreño Miranda” de la villa del Adelantado, los que estaban desarrollando la carrera de  Perito Mercantil  que  se examinaban en la Escuela de Comercio de Gijón y, también, los que realizaban Magisterio que pasaban las pruebas correspondientes en Oviedo. Como anécdota cabe señalar que en el Instituto de Avilés les convocaban un día de junio y de setiembre en concepto de “Colegio de Soto del Barco” aunque no había tal colegio, ni academia. El matrimonio impartía las clases en un aula de las escuelas de Soto del Barco, una vez concluido el horario oficial y continuaban en la tarde/noche en la cocina del domicilio dirigidas por  “Veni”. Pero, además, a esa hora de la tarde, Julio, sirviéndose de una bicicleta, se desplazaba a San Juan de la Arena y, en un local alquilado, atendía a 80 alumnos hasta las 22,30 de la noche. Y así todos los días.

                                         En aquellos años cincuenta, la vida no era fácil para la mayoría. Tampoco para ellos. Recuerda Mercedes, su tercera hija, siendo una niña, que durante la estación invernal, pasadas las once de la noche, solía llegar su padre medio congelado en su humilde medio de locomoción, muchas veces sin faro porque había que gastar cincuenta pesetas para reponerlo y no alcanzaba el presupuesto; también, aquellos días de tormenta en los que su madre comenzaba a inquietarse porque pasaba la hora de regreso y Julio no acababa de aparecer. “Ya son las once y papá no llega…”-decía dirigiéndose a sus hijos con verdadero aire de preocupación que se tornaba en alegría en cuanto sentía abrir la puerta.

                                Por Decreto de la Jefatura del Estado de 15 de junio de 1950, se creó  ENSIDESA, que era una gran empresa pública dependiente del Instituto Nacional de Industria (INI).  Venía  a sustituir a las fábricas del ramo ubicadas en Langreo y Mieres,  ya obsoletas pues el año de su fundación había que buscarlo un siglo antes aproximadamente.  La nueva instalación industrial contaría con una planta de siderurgia integral repartida entre los concejos de Avilés, Corvera, Carreño y Gijón. La colosal obra hizo necesario el traslado a Avilés  de miles de obreros procedentes de otras regiones deprimidas (Andalucía, Extremadura). Así fue posible inaugurar en 1956 las Baterías de  Hornos de Cok y, al año siguiente, encender el primero de los cuatro Hornos Altos de los que dispondría la nueva factoría. Ya se sabe que, por entonces, el índice de analfabetismo aún era grande en el país y, sobremanera, entre aquella legión de trabajadores llegados del sur. Pues bien, en esos momentos, todavía  precarios de la historia de nuestro país, Julio,   protagonizaría una loable misión cuál era la de enseñar a escribir “de memoria” su firma a muchos de aquellos vecinos que aspiraban a integrarse en la nómina de la nueva acería como obreros.

                                           La función docente llevada a cabo por esta pareja de educadores   se puede calificar, pues, de extraordinaria. Llenaron un vacío, en un  tiempo caracterizado por  la miseria y escasez reinante,  en el que,  a muchas familias les facilitó una preparación especial para sus hijos; además, a bajo coste y, a veces, por el trueque de servicios. En otro caso, a aquellos, sin su providencial presencia en la comarca, les hubiera sido muy difícil  obtenerla, por no decir imposible. Enseñanza valiosísima que habría de permitirles a muchos de ellos, además,  una ulterior proyección profesional y social.  

                                               Como el éxito de la “Academia” estaba asegurado, muy pronto fue necesaria la incorporación  de una Perito Mercantil y un Maestro Nacional para que les ayudase en su labor, los cuales, casualmente,  habían sido dos de sus primeros discípulos. Esta tarea de entrega a la enseñanza se  prolongó  más de cuatro décadas pasando por sus aulas  en ese período de tiempo  más de medio millar de alumnos. Cabe resaltar que, algunos de ellos llegarían a finalizar estudios medios, superiores o ejercerían las más variadas profesiones. Caso de  José Manuel que fue director de la Caja de Ahorros de Muros del Nalón, de Fabián y Florentino que fueron, sucesivamente, directores de la Caja de Ahorros de La Arena, de Julio Suárez que sería nombrado  director del Banco de Asturias de Soto del Barco, enfermeras, maestras de ENSIDESA, médicos  y hasta algún diplomático. El reciente testimonio de uno de aquellos numerosos discípulos (en este caso de una alumna), certifica la excepcional labor realizada por el matrimonio Ardura-Viejo. Se trata de Deli Pulido Varela que acaba de cumplir ochenta años pero con la mente tan fresca y lúcida como la ha mantenido siempre. “Cuando nos piden recordar –comienza diciendo– a Dª Veni y D. Julio, me encanta pensar cuánto les debemos en Soto y La Arena. Nací en Soto en una época en que solo podían aumentar su formación, después de la Enseñanza Primaria, los hijos de familias acomodadas, desplazándose a una ciudad. Intentaré resumir mi caso. A los diez años se hacía el Ingreso al Bachillerato y mi maestra de escuela, manifestó a mis padres, que yo debía de comenzar ese plan de estudios, porque tenía aptitudes. Recuerdo verlos hablando que, económicamente, no podían. Cuando tenía 15 años, mi padre, tuvo una mejora en el salario y, haciendo sacrificios, comencé a prepararme para Ingreso, con mis citados y queridos maestros. Hice el Bachiller Elemental y cursé Magisterio, en calidad de libre , con ellos. Mi agradecimiento durará toda la vida. Fui feliz con mi profesión, de tal manera que, con ochenta años cumplidos, todavía doy clase a personas marginadas. Mi caso se repitió muchas veces y hay cientos de personas que fueron sus discípulos (sin ellos no hubiera sido posible). Además de enseñarnos, nos educaban y nunca olvidaremos su ejemplo y cariño. En su último domicilio en Oviedo, recibían felices a sus ex-alumnos. Les hicimos un homenaje y acudieron compañeros de diferentes puntos de España y les manifestamos cuánto les queríamos ¡¡¡Gracias Dª Veni y D. Julio!!!

                                               Julio fue maestro de mucha ascendencia en la zona y no solo por su labor profesional. En esa época, sería nombrado Secretario de Enseñanza del concejo y, desde este cargo, impulsó la creación de  los centros escolares de Foncubierta, Caseras y la escuela del Castillo. Por entonces, daba  la posesión a los nuevos maestros que adquirían un destino dentro de la demarcación, lo que no le impedía realizar otras actividades ajenas a la enseñanza.   Una  prueba de  su gran capacidad de trabajo, su buena reputación  y el respeto de que gozaba, fue el desempeño de la responsabilidad como Juez de Paz, para el período 1963-69, precisamente cuando en la zona  se vivía una época de conflictos sociales, de violencia doméstica  y de peleas a causa de los lindes de fincas. En contra de lo que se pudiera pensar, esta no fue tarea difícil para Julio: con la colaboración directa del secretario y del conserje, unido a su carácter abierto y comprensivo, amante de la concordia, logró poner paz en muchas familias, lo que, desde fuera, parecía imposible conseguir. Prueba de ello es que desde el Juzgado de Avilés, se le hizo saber en tono de humor que no  les   ”convenía” como Juez  porque habían disminuido los casos de altercados vecinales de forma alarmante.

                                               También impulsó la constitución  de la Hermandad de Labradores y al ser  nombrado Secretario de la misma, comenzó a  promocionar diversas actividades como la creación de una tienda cooperativa, “La agrícola”, al frente de la cual estuvo Esther, una antigua alumna suya. Favoreció, además, a partir de 1970, coincidiendo con la fundación de la Central Lechera Asturiana, la integración en la misma de muchos labradores de la comarca y entonces fue unos de los artífices de la creación de la fiesta de San Isidro Labrador que se desarrollaba anualmente con un importante desfile de carrozas y ofrendas de los productos de la tierra.

                                               Los esposos Ardura- Viejo han tenido cuatro hijos: María Isabel, diplomada en Trabajo Social, Mercedes, profesora titular de Filología Francesa en la Universidad de Oviedo, José Ramón, ingeniero de Minas en Aceralia, y Luz María, maestra inicialmente y licenciada, más tarde en Pedagogía y psicoanalista en Madrid. Son los  dignos descendientes de un excepcional binomio de pedagogos sobre los que parece percibirse aún, como flotando en el ambiente,  la estela de aquella gran mujer que fue Mercedes Viejo.  

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Julio y Veni con sus hijos : María Isabel (1), Mercedes (2), José Ramón (3) y Luz María (4).