La resolubilidad de las escombreras de Turón

La necesidad de actuar en los antiguos depósitos de estériles de La Escribana, El Fabar y La Vegona 

 

                                    Hoy no vamos a hablar de proyectos para Turón, pero no deja de sorprendernos el comprobar cómo antes de clausurar el pozo Sotón ya había un proyecto sobre la mesa para convertirlo en un museo que entró en funcionamiento a los pocos meses. No salimos de nuestro asombro pues si nos fijamos en Turón, una tierra similar en todos los sentidos con aquel valle de la cuenca minera, aquí el abandono es total. Apresurémonos a manifestar que todo esto lo decimos sin acritud, pues quién investigó los accidentes mortales en la época de Hunosa allí representados y de la minería en general de toda Asturias ha sido nuestro amigo Mario García. Casualmente un día en Oviedo me comentaba con cierta amargura cómo se había publicado un libro de iguales características al suyo, a cuyo autor había facilitado el 80% de los datos sin que éste le hubiera puesto la más mínima nota de gratitud. De desagradecidos está el mundo lleno pero, a lo que íbamos, que no vamos a hablar de proyectos para Turón, aunque ideas y proyectos sí que los hubo. Como cuando se intentó traer el Museo del Ferrocarril para La Cuadriella desestimado por falta de ayuda oficial; luego se iría para Gijón gracias al apoyo incondicional de su Ayuntamiento. Ahora, es inútil hablar de proyectos cuando estamos en una época de vacas flacas, pero un objetivo irrenunciable es el de preservar nuestro paisaje. Sucedió en Turón que, después de veinte años de cese de toda explotación minera, la naturaleza recuperó en parte su aspecto original, si bien esto no es suficiente. Se necesita también la mano del hombre para corregir los desmanes ecológicos ocasionados cuando el valle era una auténtica factoría, por ejemplo, eliminando escombreras.

                                      Ahora que Hunosa está realizando algún tipo de actuación en Figaredo es una ocasión de oro que no debiera desperdiciarse. Sería preciso desaparecer algunas de ellas, mas no cubrirlas como se ha hecho con las de San José y Santandrés, sobremanera, teniendo en cuenta que parte de esos materiales tienen diversas utilidades (como combustible en centrales térmicas de lecho fluido, para relleno en firmes de calzadas, etc.). Nos estamos refiriendo a tres grandes depósitos (Escribana, El Fabar y La Vegona) que parten con la ventaja de estar a pie de carretera y, por tanto, de fácil transporte. Así, en la primera de ellas, eliminando previamente la vegetación del entorno, quedaría libre una explanada de una hectárea entre Cabojal y Cortina. En lo que se refiere a la segunda, se podría rebajar hasta el rasante de la carretera a la altura de la Cuesta del Lago, y en La Vegona con la desaparición de la escombrera se liberarían unos quince mil metros cuadrados de suelo que, posteriormente, podrían destinarse a múltiples usos. Haciendo un poco de historia, el 13 de mayo de 2006, la empresa estatal Hunosa ponía fin a la escombrera de Reicastro, una montaña de 2,5 hectómetros cúbicos de estériles que, no está de más el recordar, salieron de las entrañas del valle de Turón, y de la que con su venta la empresa minera obtuvo algunos beneficios. Años atrás se aireaba en la prensa que había que eliminarla pues ofrecía un impacto visual muy negativo a los viajeros que diariamente cruzaban la autovía desde o hacia la Meseta; luego se hizo algo similar con la situada entre Villallana y Senriella. Análogamente, los turoneses al pasar junto a Escribana, El Fabar o La Vegona, si nos fijamos atentamente, la impresión que causan a nuestros ojos es de auténtico horror, pues todos sabemos que las escombreras son las heces de las explotaciones mineras.

                                       Es curioso lo que ocurre con el valle de Turón desde los años noventa del pasado siglo, coincidiendo con el fin del mandato en la presidencia de la asociación vecinal “Mejoras del Valle” por parte del siempre recordado Doctor Rodríguez-Hevia, gracias al cual hay un barrio de San Francisco moderno, unas piscinas decentes y una carretera totalmente remodelada. Estamos hablando de una tierra que tuvo importantes hulleras con ocho mil mineros en sus tiempos álgidos, de donde salieron la friolera de ¡cien millones de toneladas métricas de carbón bruto! en siglo y medio de explotación. Pero, al perder los últimos mil empleos en 1993, se practicó una peligrosa línea de abandono y la consecuencia inmediata fue el derrumbe de la economía local, lo que se tradujo en una drástica caída de la población desde los nueve mil habitantes hasta los cuatro mil quinientos actuales. Consiguieron, los que así obraron, el fin que perseguían de antemano, que no era otro que convertir a este valle en una aldea decimonónica, mientras que los territorios circundantes recibieron hasta la fecha un tratamiento de favor que les permitió engancharse al tren del progreso.

                                     En un artículo publicado por LA NUEVA ESPAÑA el 3 de marzo de 2014, afirmaba David Montañés que, con la actuación de Hunosa, las escombreras de Minas de Figaredo “alimentarán a la térmica de La Pereda durante tres años”. Se refería a los depósitos de Sarabia y San Vicente en los que se estimaba había acumulados 1,4 hectómetros cúbicos de estériles. “Yacimientos de origen no natural listos para poder ser explotados, una vez que estaban a punto de agotarse los de la escombrera de Villallana” –seguía diciendo el periodista. Parecía como si volviera a imperar la sensatez, el sentido común, para con este valle tan castigado por nuestros rectores, en general, porque, haciendo un poco de memoria, en el año 2009, en una actuación incomprensible sobre la escombrera de Sarabia, deslizaron el estéril desde las cotas altas de la ladera hacia el fondo del Valle, dejando a éste, a la altura de La Llavandera, tan estrecho como si fuera una nueva versión del desfiladero del Cares pues, en esencia, allí no queda más espacio libre que la carretera y el río.

                                          Una vez hecha esta exposición nada halagüeña para nuestros intereses como residentes en un territorio en el que nuestros mayores entregaron lo mejor de su vidas en aras de la nación cuando ésta les necesitaba, los turoneses pedimos, al menos, esfuerzo y comprensión, en este caso a la dirección de Hunosa, para que contribuya a la desaparición total de los estériles de esas escombreras de Figaredo sobre las que está actuando –nada de tapar y reforestar– empezando por talar la arboleda de los alrededores, para poner freno a las alimañas, que de seguir así van a terminar por devorarnos. El problema es grave pero tenemos ahora la ocasión de encontrar la solución adecuada ya que las escombreras afean el paisaje, hieren el medio ambiente y constriñen el Valle “per se” lleno de angosturas.

Después de Figaredo, se podría aplicar el mismo tratamiento al resto de las escombreras citadas y de esa forma nuestro relieve recuperaría en esos lugares su aspecto primigenio, algo que sabrían agradecerles tanto las generaciones presentes como las venideras.

     © MANUEL JESÚS LÓPEZ, «LITO», octubre 2016