LA TIERRA AMADA

 

CutriferaCutrifera. Formidable bastión, altanera cumbre, imponente cima. Cutrifera, cual si fueras baluarte defensivo, tu presencia parece proteger hasta el último rincón de nuestro valle. ¡Cutrifera, sentimos emoción de tu grandeza!

                                     Debemos confesar que la visión de Cutrifera nos  produce como un escalofrío, una especie de convulsión en nuestro espíritu. Porque ese monte fue lo primero que percibimos sentados al borde de una ventana posterior  de la casa del Fabar donde vimos la primera luz. Esa cumbre fue la compañera de nuestros ojos cuando con pocos años ya la contemplábamos acariciando un enorme gato negro de pelaje brillante, inteligente  y cariñoso, con el que jugábamos de forma habitual. A través de aquel mirador veíamos pasar de forma continuada los largos convoyes de carbón  que, procedentes de los cargaderos de “Fortuna”, del pozo “Santa Bárbara” en La Rebaldana y del grupo “San Benino” junto a La Bárzana, se dirigían lentamente hacia el lavadero de La Cuadriella….Esa cumbre fue la centinela imperturbable que asistió a nuestra infancia…Por eso al mirar a Cutrifera, no podemos evitar el sentir cierta nostalgia, pues ello nos lleva, irremisiblemente, a evocar a los seres queridos que se fueron para siempre. (“Turón, hora cero” pág.396).   

Nuestra madre, Mina de Fresneo, siempre nos habló del Valle con  gran admiración 

                         Como una constante en su vida, nuestra madre Mina,  siempre habló del Valle con una veneración no disimulada. No existe nada mejor para ella. Es un fuerte sentimiento que supo transmitirnos desde los años tiernos y que impregnó nuestra alma para siempre. No hablemos ya de su pueblo natal, Fresneo, conocido en la antigüedad como “la casería del Fresno”, donde se habría quedado a vivir toda la vida si de ella hubiera dependido. Desde allí, a más de 600 m. sobre el nivel del mar, la vista de “la  peña l’ Aramu” es un regalo cotidiano para nuestros ojos, por su grandeza  granítica permanente, por su alba majestuosidad en las gélidas jornadas de la estación fría. Allí, donde las noches estivales de cielos despejados, ofrecen, a menudo, una función estelar extraordinaria protagonizada por estrellas y constelaciones, cual si de un observatorio astronómico se tratara. Desde allí, en las giras infantiles que, periódicamente, realizaba ascendiendo a la casa  de mis antepasados maternos, también yo comencé a enamorarme de Fresneo y, por ende, de todo el valle de Turón.  A las afueras del pueblo, me mostró un día la fuente “Les Parés”, donde se bebía la mejor agua del mundo, a su entender. Líquido cristalino que brotaba de la ranura de una roca, tan frío durante el estío que cortaba los labios, mientras que en el invierno milagrosamente se tornaba tibio. Sol radiante en

Mina y amigas
Mina de Fresneo ( a la derecha.) con algunas amigas en la fiesta de la Soledad de Enverniego de 1943.

aquellos días inacabables del mes de julio, amenizados por el incesante zumbido de los insectos en vuelos fugaces entre la floresta, acompañados de la sinfonía prodigiosa  de jilgueros y reverderillos, orquestados como música de fondo con el estrépito monocorde de una cascada en el regato que baja de la montaña. Perfume de romero y sabor a hierba curada se masticaba en el aire. (Fragmento de las págs. 267 y 268 de Memoria gráfica del Turón industrial (Tomo II).

Amar a Turón no es solo embelesarse con su paisaje. Significa, esencialmente, comprometerse con su futuro                                                         

                     Allí, efectivamente, comencé a enamorarme de Fresneo y, luego, de todo el valle de Turón. Fue cuando me ocupé de pisar los caminos que nos llevaban tras la huella de sus vetustos pueblos, los que nos permitían descubrir aquellos cerros de Urgosa, L’Artusu y Castrillón, o admirar escenarios formidables sentados sobre  Polio, el monte  mítico que fue testigo de nuestra protohistoria escrita en forma tumular. Desde allí, bajo el firmamento azul pudimos intuir el tono característico del  mar Cantábrico. Son sendas que hermanan aldeas, que discurren, a veces, entre matas de avellanos, que nos traen rumores de un arroyo próximo, que nos llevan, casi sin pensarlo, a las ruinas de un viejo molino. Son pueblos y caminos que corretearon, alegres  y despreocupados en sus años de infancia, aquellos que nos precedieron  en el tiempo. Pueblos de casas diminutas, de piedra amarronada, como dispuestas sobre un mural de fondo verde que son sus vegas y vastas praderías. Caminos poblados de castaños donde el cielo es una bóveda verde, un entramado entre ramas  y hojas, en el que canta un mirlo, tal vez un ruiseñor. Veredas que hollaron en todas direcciones infinidad de veces en el tiempo de la sementera o guiando el ganado hacia la fuente próxima. Pueblos y caminos empedrados que, a la luz de las estrellas, ya de regreso, conocieron los gritos jubilosos de tantos zagales al dejar atrás la romería. Poblados y senderos que fueron testigos silenciosos  de idilios  y amoríos, de romances que inflaron de esperanza el corazón de aquellos campesinos que son nuestros ancestros. Paisaje, en suma, que con cada contemplación, como si al oído me estuviera susurrando las historias que pasaron por su seno,  siempre me ha producido una especie de estremecimieno difícil de explicar. (Notas extraídas de la pág. 315 de “El enigma de Turón”).  

                                                   Pero amar la tierra tiene para mí connotaciones más amplias que el simple hecho de admirar el paisaje y embelesarme con su contemplación. Comporta, también, el orgullo de haber visto la primera luz en el valle de Turón, el lugar donde nacieron, vivieron  y murieron mis antepasados, haciendo propio el pensamiento de Séneca ; “Nadie ama a su patria porque sea grande sino porque es suya”. Pero hay algo más en este caso. Haciendo una síntesis de la historia de Turón quiero recordar que este valle llegó a ser un centro industrial de primera magnitud gracias a sus explotaciones hulleras. Consecuencia de ello, la sociedad turonesa  tuvo momentos de esplendor en diversos aspectos como el social, cultural y deportivo. El penúltimo capítulo de esta historia es que, cerradas sus últimas minas, la economía local se redujo, prácticamente, a cero. Uno de los parámetros que definen la ascensión y caída de este valle es el demográfico: desde 1880 a 1960, período de esplendor económico, su población se decuplica; por el contrario, desde esta fecha hasta la actualidad, el censo ha decrecido en un 80%. Estas cifras que son demoledoras lo dicen todo.

Viasta aerea
Vista aérea del Valle (fotografía cedida por gentileza del diario” La Nueva España”).

                                                Amar a Turón tiene , para mí, es obvio, un significado más rico en contenido que el simple hecho de sorprenderme con su excelente paisaje. Lleva implícito una preocupación diaria por la deriva peligrosa que ha tomado esta tierra, por el abismo al que están intentando arrojar nuestro futuro todo este conjunto de administradores irresponsable de hoy y de ayer. Por eso exigimos   una solución para esta tierra, creando mejoras sustanciales de las comunicaciones  hacia el Valle y una industria alternativa porque Turón no es un valle cualquiera(Ver “Turón. El fin de una época” págs 77-79) Lo corrobora su historia. Nos duele Turón por el estado lamentable en que se encuentra. Por eso mismo reivindicamos desde hace años y seguiremos reivindicando su transformación integral mientras las fuerzas nos asistan.( Ver “El Enigma de Turón” págs.235 a 252).