LAS PASIONES DE UNA VIDA

                                                                Una parte muy importante de mi vida adulta  se puede simplificar en unas pocas líneas. Para empezar decir que ha estado consagrada a dos dedicaciones esenciales: la docencia y la investigación histórica. Entre ellas y como trasfondo otra que fue mi ocupación  profesional en el Ayuntamiento de Oviedo y en el medio de ambas  un  terrible  acontecimiento que fue el punto de inflexión- tránsito fatal en sí mismo- que puso fin a una etapa y me volcó en la siguiente, casi de forma automática.  ¿Tenía yo que pasar por aquella dura prueba a la que me sometió la Providencia para que comenzara con la historia del valle de Turón? ¿Está escrito nuestro destino en alguna parte?.  Para los deterministas sí.

Cartel clases
Cartel anunciador de la Academia de Lito en 1973

                                                                                                                                            El caso es que cuando concluí mis estudios universitarios  no me planteé en ningún momento buscar un empleo fuera de la región pues el permanecer aquí siempre fue algo a lo que nunca  quise renunciar. Teniendo en cuenta que el desembarco en el sector  industrial  no era fácil, intensifiqué el programa de clases particulares en mi academia turonesa de La Felguera que hasta entonces venía impartiendo durante el periodo estival, desde mi época de estudiante en Oviedo.

                                   Cuando, después de varios intentos fallidos de incorporarme al mundo de la empresa en Mieres  y Gijón, obtuve por oposición una plaza de funcionario en el Ayuntamiento de Oviedo siendo asignado al departamento de Intervención, pude ver cumplido mi deseo de quedarme definitivamente en mi querida  tierra astur. Ello me facilitaba, dada la proximidad con Turón  y mi  vocación por la docencia, mantener tres horas de clases vespertinas ya que el andar

Lito con algunos  alumnos de 3º BUP en 1982.

entre logaritmos e integrales y la posibilidad de transmitirlo a los demás, hacía que me sintiera como pez en el agua. Ocasionalmente, para desconectar por algunos momentos de la lección del día les comentaba algún tema lateral de avanzadilla que por lo sorprendente siempre agradecían aquellos alumnos que más interés manifestaban por la asignatura. Así, por ejemplo, si estábamos estudiando la teoría de los números complejos les  adelantaba la interpretación geométrica de multiplicar un número real por la unidad imaginaria, y si el resultado del límite de una función era infinito, siempre había algún alumno que sentía curiosidad por profundizar en el término. “Suponed- les aseguraba- que Thales de Mileto comenzara a contar empezando por el uno. Pues bien, si este matemático, que vivió entre los siglos VII y VI a. de C.  hubiera tenido  la facultad de poder seguir contando hasta hoy, aún no habría logrado alcanzar el infinito” Y les terminaba diciendo:: “El infinito es   algo así como un polizón en el vientre de las Matemáticas pero necesario”. Desconectábamos de la asignatura sin desconectar ¡Que tiempos! Aún me emociono al recordarlos. 

                                                    Acomodado a la nueva situación estaba convencido de que así habría de continuar mientras que las fuerzas  me respondieran. Pero ¡ay¡ la vida te va enseñando que nada es definitivo. De repente, uno se ve envuelto en  circunstancias con las que no  contaba, enredado en una madeja de la que en principio no ve una salida fácil, y que , a la postre, le van marcando de forma inexorable el camino a seguir  que no era, precisamente,  el deseado. Sucedió que, en 1985, mi padre enfermó gravemente. Fue el comienzo de una agonía de más de quince años a consecuencia de serios problemas cardiovasculares durante los cuales se fue degradando paulatinamente y donde la principal víctima fue mi madre porque ella cargó con el mayor peso de la nueva situación.

Cartel clases 1987
Cartel de clases en el verano de 1987

                                                      Consecuentemente,             ocasionado por  los   innumerables traslados  a los hospitales de Mieres y Oviedo resultó que yo no podía cumplir  muchas veces con el compromiso  adquirido con  mis discípulos  que era, en primer lugar el respetar un horario preestablecido. Si a eso añadimos un gravísimo percance que sufrí pocos años después( del que hablaremos en detalle más adelante) que pisoteó mi vida, que vapuleó mi cuerpo y que conmocionó mi espíritu, es fácil suponer  que, después de más de veinte años dedicado a la preparación de alumnos en aquella actividad complementaria que ejercía durante las tardes de lunes a viernes, tenía que tomar una determinación drástica. Con verdadero dolor di por concluido este ciclo vital pero pronto me dí cuenta que necesitaba llenar ese vacío a toda costa.  Sentía la necesidad de hacer algo que me diera  tanta satisfacción como la enseñanza y ese algo, casi inconscientemente, ya lo había iniciado tiempo atrás.

1993. Con algunos compañeros/as del Ayuntamiento de Oviedo ante un óleo de Úrculo. Detrás de mi a la izquierda se encuebtra mi amigo Longinos.
1993. Lito con algunos compañeros y compañeras de trabajo en el Ayuntamiento de Oviedo. Detrás, a la izquierda, casi imperceptible, se encuentra su amigo Longinos.

               Al llegar a este punto necesito, obligatoriamente,   hacer una nueva mención a mi padre “Manolo el sastre” que fue mi maestro de primeras letras, Actuó con mano severa  y disciplina férrea por lo que tuvimos, a veces, grandes desencuentros,  pero sé que lo hacía porque quería lo mejor para mí. A lo largo de su vida siempre procuró transmitirme toda clase de conocimientos a su alcance como las grandes cotas  que, desde el punto de vista social, cultural e industrial, había alcanzado  Turón en los años inmediatos a la guerra civil que coincidieron con los de su adolescencia. Por otro lado, en  los años ochenta del pasado siglo, cumpliendo un anhelo suyo y una curiosidad mía, comencé a construir la genealogía de su abuelo Ángel Martín González y Fernández-Prieto. Era el conocido como “tíu Ángel” para los más cercanos, y “Angelón de Enverniego” para los de puertas afuera, por aquello de sus numerosas posesiones, pues fue  uno de los últimos  grandes hacendados del valle de Turón ya que atesoraba, a su fallecimiento en 1941, una propiedad rústica equivalente en su totalidad a la extensión de cuarenta campos de futbol. En el archivo parroquial descubrí nombres de mis ancestros, de turoneses de otros tiempos, de notarios,…  y, en el provincial, testamentos de mis antepasados en los cuales aparecían, en ocasiones, nombres de testigos  que habían sido  vecinos suyos. Con todos estos ingredientes la idea estaba servida. Si a esto sumamos el fuerte sentimiento de mi  madre hacia Turón  para la que no hay otra tierra mejor que este valle y dentro de él su Fresneo natal, afecto profundo que sigue manteniendo tan firme como ayer,  aún hoy con sus noventa años a cuestas, esa atmósfera especial en la que crecí fue empapando mi alma y llegó el día de poner en marcha el proyecto de  ahondar en la historia de Turón. Era el instante preciso para  aventurarse en aquella empresa, si tenemos en cuenta que, por entonces, ya había resuelto también mis ecuaciones  afectivas , que para todo hay que dejar tiempo en esta vida. Discurría el año  1995 cuando di a conocer el primer volumen (Informaciones del Turón antiguo) al que seguirían otros seis más en los años siguientes, todos ellos acogidos por el público  con excepcional benevolencia, que todo hay que decirlo, tanto  por los turoneses que residen  en el Valle como por los que viven en diferentes lugares de España y del mundo por  aquello de la  diáspora. Me llegaron noticias de haber recibido ejemplares en puntos tan dispares como Madrid, Málaga, Pamplona, León, Argentina, México,    Francia o  Bélgica). Precisamente, en estas próximas semanas saldrá a la luz uno nuevo “El despertar de Turón” que hace el octavo de la serie.

                                   El pasado año, el Jurado propuesto por la Junta Directiva de  la Asociación Cultural ”Galardones  Mierense del Año 2013”, tuvo a bien el concederme tan prestigiosa distinción, según su criterio, “por personificar  los valores de esfuerzo, compromiso y trabajo desinteresado en beneficio del concejo”. Bueno, la verdad que  esto queda muy bien cara a la galería , pero me parece  que han exagerado un poco, pues quiero puntualizar que lo que yo hice era como una obligación para con mi valle; además alguien tenia que hacerlo. Si a ello se le añade que lo efectué como un agradable entretenimiento, realizándolo voluntariamente  y con la mayor ilusión, no veo ningún mérito en ello, lo  que no obsta para que lo agradezca sinceramente ya que  sería un descortés si no lo hiciera. Por el contrario, verdaderamente  digno de elogio, y que conste que no son simples palabras para quedar bien ante los lectores, es  la inmensa labor  que ha realizado Laudelino Rodríguez “Tito”, verdadero alma mater de estos premios al que nunca se  valorará lo suficiente por esta loable iniciativa que puso en práctica hace nada menos que cuarenta y dos años y que continúa tan viva como entonces a pesar de los negros nubarrones que planean sobre la vida económica del país.

                                      Para terminar  quiero decir que   los  años  dedicados  a la docencia los ejercí  con plena satisfacción, que me afané en escarbar sobre el pasado de  nuestra tierra turonesa  lo que me ha producido un enorme placer, que durante el tiempo que pasé en el

Foto Mierenses 2013       Abril de 2014. En primer término, Lito, flanqueado por los otros dos galardonados como “Mierenses del Año 2013” (Foto Roberto Menéndez).

Consistorio ovetense  hice grandes amigos que todavía conservo y que, aunque a costa de alguna renuncia material- para mí lo menos importante- permanecí SIEMPRE en Asturias para estar en mi municipio de Mieres, en el mismo  Turón  al lado de mis familiares más próximos. En este aspecto he sido un privilegiado. Estas son las pasiones de mi vida.

Angeles Rivero          El mismo día, Mario Antuña, encargado de la sección “Cuencas”de “La Nueva España”, presentando a Lito a la directora del periódico, Ángeles Rivero (Foto de Roberto Menéndez).

                          Cualquiera pudiera pensar que  con todos estos componentes he alcanzado la felicidad suprema, el nirvana, como preconizaba Sidarta Gautama en la India. No ha sido así, evidentemente, porque nuestra existencia es como navegar: hay días de mar en calma; otras veces, tempestad. Efectivamente,.la vida está llena de cosas buenas  y malas, de situaciones agradables y de otras que no lo son tanto, de aciertos  y de errores, pero cuando al hacer el balance de  todos  estos parámetros resulta un saldo  positivo, es señal inequívoca de que ha merecido la pena vivirla. Por mi parte, solamente,  el hecho de haber nacido en Turón   con todo lo que  esto conlleva (el disfrutar de su paisaje, el estar SIEMPRE al lado de mi familia y cerca de mis amigos), al que vuelvo continuamente sin haber salido nunca de él, ha colmado todas mis aspiraciones.

                         Manuel Jesús López “Lito”                                     

                             Valle de Turón a 12 de   febrero de 2015

 (Extracto de un artículo realizado para la revista “Mierenses del Año 2014” a petición del comité organizador de los premios).

 

                                                Ya que para mí, el cuarto de siglo que dediqué a la enseñanza, lo recordaré siempre con satisfacción plena, debo  de añadir en pocas palabras que de los varios profesores de Matemáticas que tuve en la Universidad, uno de ellos, precisamente el último, dejó en mi una huella indeleble. Tenía fama de autoritario pero  los años setenta del pasado siglo eran otros tiempos muy distintos a los actuales; además, visto en perspectiva, hay en el personaje  una importante dosis de calidad  humana que, a primera vista, no dejaba traslucir. Por eso, no me resisto a transcribir el artículo que publiqué en la prensa regional con motivo de su óbito, que es un pequeño homenaje a su figura y que titulé para la ocasión:

                            MUCHAS GRACIAS, DON CARLOS

                                          Existen variadas razones para traer a esta sección (“Desde mi atalaya turonesa” del diario “La Nueva España”) la memoria de un ingeniero de Minas, fallecido el pasado año y una de ellas es el hecho de que estos profesionales han sido figuras muy familiares a los turoneses, pues ellos rigieron los destinos del Valle en los últimos ciento cincuenta años pilotando los negocios hulleros que tanto lustre dieron a Turón.

                                            Recuerdo muy bien que, al superar  el Preuniversitario en el instituto “Bernaldo de Quirós”, a pesar de no haber suspendido nunca las  Matemáticas, era consciente de la necesidad de reforzar conocimientos en ella, si quería ingresar en una Escuela Técnica como era mi propósito. Entonces, desde primeros de julio, comencé con otro compañero a recibir lecciones de un veterano estudiante de Mieres del Camino, próximo a alcanzar la licenciatura de Minas en Madrid y, transcurridas varias semanas, ya habíamos entrado en ´la obtención de límites de funciones  por medio de infinitésimos equivalentes, en el cálculo de matrices  y determinantes  y en la discusión de sistemas lineales . Fue cuando exclamó de forma rimbombante:”Hoy habéis entrado en el dominio de las Matemáticas Superiores” Ni que decir tiene que aquella soleada semana de agosto salimos de su casa  con el pecho que no nos cabía en la camisa, aunque también suponíamos que nos quedaban muchas batallas que librar en aquella disciplina. Algún tiempo después, comenzando el estudio de la última asignatura de Matemáticas de la Escuela de Minas de Oviedo, llamada “Análisis Matemático”, fue donde me topé con el catedrático  don Carlos Conde, nuestro protagonista de hoy.

                                          Plenamente convencido como todo el mundo, desde el momento de entrar en aquel establecimiento docente, de que su asignatura estaba considerada como la “llave” de la licenciatura, sus clases estaba rodeadas de tal solemnidad que, guardando las distancias, tenían el perfume de la celebración de una misa. En otras materias, el número de matriculados oscilaba entre veinte  y treinta alumnos por clase, todos varones pues, en ese tiempo, aún  ninguna fémina se hallaba matriculada en dicho centro; en cambio, en su aula había hasta ciento cincuenta asistentes de los que, por supuesto, el 80% eran repetidores de uno, dos y hasta cinco años o seis años. Allí había gente de todas las edades: desde los veintitantos años  que era mi caso y el de la mayoría, hasta los que superaban la treintena que constituían un reducido grupo de personas que estaban en posesión del título de perito de Minas, algunos de ellos ya casados y trabajando en la industria, que habían decidido optar a los estudios superiores de la especialidad.

                                            En octubre, se iniciaba el curso con la revisión del concepto de integral simple y concluía en junio con las funciones armónicas  y problemas de contorno en E2. En total, unos cuarenta sustanciosos capítulos que generaban miles de problemas de los que unos pocos se resolvían en clase y el conocimiento del resto dependía del trabajo personal de cada uno. Al entrar don Carlos en clase, le esperábamos todos de pie y al llegar a la mesa, con aquella severidad que le caracterizaba, al tiempo que tomaba asiento, echaba una rápida mirada a todo el alumnado y luego,la misma frase de siempre: “Siéntense señores”. Acto seguido, sacaba de una carpeta la lista donde venía el nombre de todos nosotros  y escudriñaba aquellas hojas con la finalidad de sacar a un alumno a la pizarra que le acompañase en la explicación del día. Eran momentos en que te invadía tal congoja que te sentías mal de verdad, vamos, como en los instantes en que uno se sienta en el sillón del dentista, pues suponía un suplicio estar allí ante tan numerosa concurrencia, sometido a preguntas de cualquier tipo, no solo de capítulos ya explicados, sino también de cursos anteriores, pero siempre relacionadas con la materia del día. Eso le permitía conocer en ese día el nivel de conocimientos del alumno en cuestión que, cuidadosamente, anotaba en aquella lista. A la larga, todo el tiempo que uno permanecía en aquella situación, sentía una sensación de desnudez que no resultaba nada agradable.

                                                Las clases se realizaban en días alternos, pero eran maratonianas, pues duraban, a veces, hasta tres horas (de seis a nueve de la noche con un breve descanso). En el transcurso de las mismas, don Carlos con una exposición clara, sin inmutarse pero con su aspecto grave característico, iba desgranando fórmulas, desarrollando teoremas y allí no se oía ni el zumbido de una mosca. Si hablamos de los exámenes, aquella pruebas de junio  y setiembre duraban una tarde entera y constaban de tres grandes apartados que se repartían entre la sección teórica y práctica. Eran sesiones agotadoras y para aprobar no bastaba desarrollar correctamente, por ejemplo, dos de las tres partes, lo que suponía desde el punto de vista aritmético, aproximadamente un seis sobre diez puntos. ¡Había que hacer bien las tres partes! Y doy fe de ello pues fue lo que tuve que hacer cuando superé la asignatura; sin embargo, en la convocatoria anterior recuerdo haber contestado  perfectamente a dos partes de tres y me calificó insuficiente. Esta aparente incongruencia prueba la  importancia que tenía la nota del día de la salida a la  pizarra, la cual podía inclinar la balanza en un sentido u otro a la hora de hacer la evaluación de la prueba de fin de curso. Y así ocurría año tras de año con todo el mundo. Su exigencia era, pues, extrema  y, además, muy puntilloso con la sintaxis y la ortografía. Exigente pero justo, términos que, aunque lo parezca, no están enfrentados. No bastaba saber para aprobar. Había que demostrarle que dominabas el programa tanto en el aspecto teórico como en el práctico.

                                          Pero don Carlos era una de esas personas singulares que te dejan huella pues hay algo impregnado en tu alma que siempre te remite a su figura. Con cierta frecuencia traía a colación conceptos relacionados con los entes que manejábamos a diario, conceptos que no estaba en el programa pero, por el contrario, que había que considerar como sabidos y que nunca nadie nos había explicado. Aparte de su sabiduría, este era unos de los aspectos capitales de su personalidad. Difícil de olvidar el momento en que nos demostró que “Toda recta es curva” o que “Solo algunas curvas son rectas” que es una consecuencia de la afirmación anterior. Habíamos estado manejando curvas  y rectas a destajo desde los tiernos años de la infancia cuando aterrizamos por primera vez en el campo de la Geometría y sin embargo nadie había llegado a tal sutileza. También ha quedado grabado en  mi cerebro de forma indeleble el día que nos definió el infinito como un adjetivo calificativo. Cayó sobre nosotros como una bomba.Estaba mezclando un término matemático con un concepto gramatical ¡Menudo cóctel! Cuando se oye tal declaración por primera vez todo esto suena a algo irreal. Se siente uno inmerso en un océano de confusión, pues en un principio tal definición parece que viene a quebrar el sentido del rigor y la exactitud, tan propios de las Matemáticas; pero, pasados los primeros momentos de caos mental nos convencía de que aquella afirmación encajaba con la realidad. Estos  y otros parecidos detalles, gustaba mucho de que se reflejaran en las pruebas decisivas, siempre que vienesen al caso, pudiendo influir en la calificación solo si el alumno ya había hecho méritos suficientes para  superar el examen En otras palabras y utilizando el argot estudiantil  la inclusión de esos detalles podían servir “para subir nota”.

                                     Con la perspectiva que proporciona el paso de los años, uno descubre que aquel semblante adusto y aquella exigencia casi ilimitada de don Carlos era, en realidad, una coraza que se ponía, una especie de disfraz ante sus discípulos. Decimos esto porque el viejo profesor fuera de la clase experimentaba una curiosa tranformación, sus facciones se dulcificaban y he tenido ocasiones para comprobarlo. Al poco tiempo de conocerlo me fue necesario  acudir a su despacho para solucionar una indeseada incorporación a filas, solo achacable a un despiste mío que, en caso de no evitarla, me obligaría  a perder dos cursos académicos. No me duelen prendas al confesar que, a pesar de tener cumplidos los veintiún años, me temblaban un poco las piernas ante su presencia. Tal era la sensación de respeto que infundía. Cierto que también eran otros tiempos,como ya he dicho alguna vez, pero su figura imponía y, en general, la disciplina en la Escuela de Minas era, todo hay que decirlo, un tanto castrense, muy diferente del ambiente que reinaba en otras facultades del Distrito. Empero, cuando salí de aquella estancia estaba confundido agradablemente. Nada de hosquedad en su carácter; al contrario, me trató con una amabilidad inesperada comprometiéndose a resolver favorablemente mi problema. Al saber que era de Turón se interesó por el nombre de sus explotaciones mineras y recuerdo haberle respondido que yo había nacido, precisamente, entre dos pozos, los de San José y Santa Bárbara. Percibí en aquel despacho su otra cara: un rostro afable con voluntad de ayudar si estaba en su mano el poder hacerlo. 

                                       Concluidos mis estudios y una vez que ingresé en el Ayuntamiento de Oviedo, cuando le veía esporádicamente por la ciudad lo saludaba  y me reconocía al instante. La última vez que pude intercambiar unas palabras con él fue en 2012 en el Club de Prensa Asturiana de “La Nueva España” con motivo de una charla sobre el conocimiento científico y la existencia de Dios en la que formaba parte de la mesa de conferenciantes. Le felicité al finalizar el acto  añadiendo que seguramente no se acordaría ya de mí.  Su respuesta envuelta en una leve sonrisa fue la siguiente: “Gracias. Le recuerdo perfectamente. De Turón ¿verdad? “.

                                        Con este profesor no solo aprendimos a calcular integrales triples o a resolver sistemas de ecuaciones diferenciales, pongamos por caso, sino también a cultivar una serie de valores, actualmente bastante deteriorados, como la seriedad, el compromiso, el respeto hacia nuestros congéneres y la exigencia sobre nosotros mismos. Ahora que se encuentra en el infinito, el que definió de forma tan magistral, no dudo habrá muchos como yo de los que pasaron por su aula, que harán suya esta frase, que, en justa correspondencia, responde al sentido de toda una vida al servicio de los demás: “Muchas gracias, don Carlos”.

                                                                     Valle de Turón. 2015