Un pionero de la crónica del Valle

                                                               Marcelino Díez Alonso nació en Villapendi en 1922 dentro de una familia de mineros, lo que era una característica generalizada en el Turón de aquellos tiempos. Marcelino forma parte de una generación que ha tenido que padecer los avatares de la historia de España en el primer tercio del siglo XX. Su infancia coincide con una etapa de apasionamiento político. Son años convulsos, premonitorios de tragedias cercanas que ya se presagiaban cuando asistió al mitin del primero de mayo de 1936 pronunciado por «La Pasionaria» en el campo mierense de Las Moreras. De aquella jornada, ya muy lejana, en sus tiempos de madurez no recordaba ni una palabra de las pronunciadas por la oradora pero sí su felicidad con el estreno de su flamante camisola roja de la Agrupación Socialista que lució durante todo el día tanto en Mieres como en Turón. ¡Ah¡ y en la villa de Teodoro Cuesta se compró un pastel por dos «perrones» que por cierto equivalía a veinte céntimos de peseta y según nos comentaba, le supo a gloria. 

“Niño de la guerra” en Bélgica, durante durante el período (1966-1976) publicó la revista  anual “Turón, Patria Querida” que trataba de la actualidad de nuestro valle.

                                                   En un suspiro llegó la guerra: una gran hecatombe para España. Dos años atrás había tenido lugar la Revolución de Octubre de tan mal recuerdo para Turón, precisamente, y ahora la guerra. Aparte de las consiguientes movilizaciones de obreros, unos para luchar en el asedio a Oviedo y otros en labores de fortificación en distintos puntos de la Cordillera Cantábrica para evitar el paso a Asturias de las llamadas fuerzas nacionales, a los pocos meses de comenzado el conflicto el primer susto para los habitantes del Valle: un día en que Marcelino esperaba por el pan en la cola del economato de San Francisco, sonó la alarma y casi inmediatamente aparecieron en el cielo dos aviones que procedían de una base militar de León y todos comenzaron a correr apresuradamente hasta el refugio del cable». Allí con la respiración contenida y muertos de miedo esperaron acontecimientos mientras del cielo caían bombas, una de las cuales abrió un enorme boquete en La Veguina matando a un niño que por allí pasaba. Poco después aquellos aparatos desaparecieron. La noche que siguió Marcelino se acostó vestido y no fue capaz de conciliar el sueño. La emoción recibida había sido demasiado fuerte. Cada poco se asomaba a la ventana y escrutaba el firmamento por encima del «picu Cutiellos». De entre las estrellas, a veces, creía ver alguna luz que se movía fruto de su imaginación calenturienta. Por si acaso, él estaba preparado para cuando sonara la alarma, echar a correr de nuevo al refugio. Mediado el año 1937, la guerra no discurría favorable para el gobierno de la República y el 1 de agosto, ante la inminente caída de Asturias en manos de las fuerzas sublevadas, Marcelino, en compañía de otros muchos niños, partió de Gijón en un barco con destino a Francia. De allí le trasladaron a Bélgica donde fue acogido por una familia que le dispensó todo tipo de atenciones. También el maestro asignado le manifestaba un cierto afecto por la facilidad que mostraba para el estudio y, sobremanera, para el conocimiento del idioma francés.
Mientras los cañones seguían rugiendo en los campos de batalla (ver obra del autor «Turón. El fin de una época» pág. 325), el niño de Villapendi, durante los casi dos años que permaneció en el país belga tuvo una estancia feliz y fue un privilegiado, pues en ese tiempo recibió una selecta educación. Cuando cesaron las hostilidades en 1939 llegó el momento del regreso. Ahora la situación en Turón como en toda España era considerablemente peor que antes de la guerra. En su casa, como en tantas otras, era poco menos que desesperada. Su padre seguía trabajando en la mina a pesar de tener la salud muy deteriorada a causa de una herida en una pierna producida en el conflicto pasado y que no le había curado completamente. A esto había que añadir la temible silicosis que padecía hacía algún tiempo. Con este panorama y en contra de la opinión de su padre, Marcelino decidió pedir trabajo en Hulleras de Turón. En ese momento ocurría algo diametralmente opuesto a las consecuencias de la crisis actual del país lo que sobraba era empleo para arrancar el oro negro de las entrañas del Valle y lo que escaseaba era la mano de obra debido a la sangría producida por la guerra. Este es el motivo por el que fue admitido inmediatamente en la Empresa. Le dieron la papeleta para incorporarse en «San Benigno» y en un día que le quedaría grabado para siempre: la víspera de Nochebuena. De este modo durante año y medio aproximadamente que estuvo en aquel grupo minero, realizó las labores propias de los «guajes» de la época como era «dar tira», «ramplar» y alguna vez picar cuando el picador cabeceaba una mamposta.

                                                              Aquellos primeros años de la década de los cuarenta fueron durísimos para la población debido a las carencias extremas. Los hubo que murieron de hambre y otros enfermaron de tuberculosis que era también un camino sin retorno, pues la era de los antibióticos estaba en su comienzo y llegaban a las farmacias españolas con cuentagotas. Fueron, sin embargo, para Marcelino su oportunidad en la vida merced a la exquisita formación adquirida con el preceptor belga y esto le facilitó el acceso a un empleo más acorde con su formación en las oficinas que la empresa tenía en La Cuadriella. A partir de entonces ya tuvo más tiempo para dedicarse a la lectura y a completar su formación literaria. En el mes de setiembre de 1949, comenzó a colaborar con el diario «LaVoz de Asturias», primero en la sección deportiva y poco después como informador general de las noticias de Turón utilizando el seudónimo «UNO».

Aficionado al  balompié fue un defensor acérrimo de la cantera ocupando la  presidencia del Juvenil Deportivo en 1959 y la del Deportivo Turón en el cuatrienio 1960-1963.

Foto UNO
Marcelino Díez

                                                            Corría el año 1959 cuando fue llamado para ocupar la presidencia del Juvenil Deportivo, equipo de fútbol que militaba en la Segunda Regional y en la temporada siguiente sería designado presidente del Deportivo Turón (de Tercera División Nacional), cargo que ejerció hasta 1963, siendo un firme defensor de los jugadores de la cantera.
                                                                 Es un hecho sobradamente conocido que en este tiempo ya había muchos turoneses emigrados a diversos países europeos (Francia, Alemania, Bélgica, Suiza) obligados por los raquíticos sueldos que cobraban los mineros a pesar de estar entre los más elevados en el mundo del trabajo manual, lo que prueba la situación de escasez que aún vivía el país como consecuencia de la guerra pasada. Todo este estado de cosas propiciaron los movimientos huelguísticos iniciados en 1962 y también el éxodo del que hablábamos más atrás. Marcelino pensó, entonces, en la posibilidad de escribir y editar una revista anual para que todos aquellos desplazados al extranjero supieran de la marcha de su querida tierra del valle de Turón, y que al mismo tiempo sirviera de información a los residentes, a los que se habían quedado. La tituló muy acertadamente “Turón, Patria Querida”. Estaba dividida en doce capítulos y en cada uno de ellos se recogía la noticia más relevante de cada mes. Esta publicación tendría una vida de once años (entre los años 1966 y 1976) y durante ese intervalo temporal habría de registrar el palpitar de su pueblo. Pero su obra no se quedó solamente en esto, sino que a partir de 1967 sacará a la luz dos nuevos títulos que ayudarían a enriquecer una bibliografía local bastante escasa hasta ese momento: «Historia del Club Deportivo Turón (1925-1975)» y «Turón», cuyas páginas constituyen una primera aproximación a su historia industrial y minera.
                                                                 Marcelino que abandonaba este mundo el cinco de febrero de 1999 mereció estas palabras del periodista Lorenzo Cordero: «Se trataba de un hombre que se ha esculpido a sí mismo a través de una serie de vivencias que son para él realmente inolvidables. Es como una piedra berroqueña en tanto en cuanto ha superado todas las dificultades que se les opusieron a los hombres de su generación».
                                                                 A Marcelino «Uno» le corresponde el honor de haber sido una de las pocas personas que, a través de la letra impresa, dejó constancia de un «turonismo» recalcitrante y de su probado interés por el pasado reciente de su tierra, siguiendo el camino que tiempo atrás había trazado Rafael Caminal.FIGURAS NOTABLES DE LA SOCIEDAD LOCALFIGURAS NOTABLES DE LA SOCIEDAD LOCAL