Muchas gracias, don Carlos

   

                                                                                                                                                                                     A modo de preámbulo del siguiente artículo, quiero manifestar que, el cuarto de siglo que dediqué a la enseñanza, lo recordaré siempre con satisfacción plena. A esto añadiré en pocas palabras que de los varios profesores de Matemáticas que tuve en la Universidad, uno de ellos, precisamente el último, dejó en mi una huella indeleble. Tenía fama de autoritario pero los años setenta del pasado siglo eran otros tiempos muy distintos a los actuales; además, visto en perspectiva, hay en el personaje una importante dosis de calidad humana que, a primera vista, no dejaba traslucir. Por eso, no me resisto a transcribir el artículo que publiqué en la prensa regional con motivo de su óbito, que es un pequeño homenaje a su figura y que titulé para la ocasión:

 

                                                                              Muchas gracias, don Carlos

                                               Existen variadas razones para traer a estas  páginas la memoria de un ingeniero de Minas, fallecido en el año 2014 y una de ellas es el hecho de que estos profesionales han sido figuras muy familiares a los turoneses, pues ellos rigieron los destinos del Valle en los últimos ciento cincuenta años pilotando los negocios hulleros que tanto lustre dieron a Turón.

                                                  Recuerdo muy bien que, al superar el Preuniversitario en el instituto “Bernaldo de Quirós”, a pesar de no haber suspendido nunca las Matemáticas, era consciente de la necesidad de reforzar conocimientos en ella, si quería ingresar en una Escuela Técnica como era mi propósito. Entonces, desde primeros de julio, comencé con otro compañero a recibir lecciones de un veterano estudiante de Mieres del Camino, próximo a alcanzar la licenciatura de Minas en Madrid y, transcurridas cinco semanas, ya habíamos entrado en la obtención de límites de funciones por medio de infinitésimos equivalentes, en el cálculo de matrices y determinantes y en la discusión de sistemas lineales. Fue cuando Mino -que así se llamaba el instructor- exclamó de forma rimbombante:”Hoy habéis entrado en el dominio de las Matemáticas Superiores” Ni que decir tiene que aquella soleada mañana de agosto salimos de su casa con el pecho que no nos cabía en la camisa, aunque también suponíamos que nos quedaban muchas batallas que librar en aquella disciplina. Algún tiempo después, comenzando el estudio de la última asignatura de Matemáticas de la Escuela de Minas de Oviedo, llamada “Análisis Matemático”, fue donde me topé con el catedrático don Carlos Conde, nuestro protagonista de hoy.

Sus clases estaban rodeadas de tal solemnidad que, guardando las distancias, tenían el perfume de la celebración de un acto solemne.

                                               Plenamente convencido como todo el mundo, desde el momento de entrar en aquel establecimiento docente, de que su asignatura estaba considerada como la “llave” de la licenciatura, sus clases estaba rodeadas de tal solemnidad que, guardando las distancias, tenían el perfume de la celebración de una misa. En otras materias, el número de matriculados oscilaba entre veinte y treinta alumnos por clase, todos varones pues, en ese tiempo, aún ninguna fémina se hallaba matriculada en dicho centro; en cambio, en su aula había hasta ciento cincuenta asistentes de los que, por supuesto, el 80% eran repetidores de uno, dos y hasta cinco o seis años. Allí había gente de todas las edades: desde los veintitantos años que era mi caso y el de la mayoría, hasta los que superaban la treintena que constituían un reducido grupo de personas en posesión del título de perito de Minas, algunas de ellas ya casadas y trabajando en la industria, que habían decidido optar a los estudios superiores de la especialidad.

Al entrar en clase, lo esperábamos todos de pie y, al llegar a la mesa, al tiempo que tomaba asiento, echaba una rápida mirada  al alumnado y, luego, la misma frase de siempre: “Siéntense señores”

                                             En octubre, se iniciaba el curso con la revisión del concepto de integral simple y concluía en junio con las funciones armónicas y problemas de contorno en E2. En total, unos cuarenta sustanciosos capítulos que generaban miles de problemas de los que unos pocos se resolvían en clase y el conocimiento del resto dependía del trabajo personal de cada uno. Al entrar don Carlos en clase, le esperábamos todos de pie y al llegar a la mesa, con aquella severidad que le caracterizaba, al tiempo que tomaba asiento, echaba una rápida mirada a todo el alumnado y luego, la misma frase de siempre: “Siéntense señores”. Acto seguido, extraía de una carpeta la lista donde venía el nombre de todos nosotros y escudriñaba aquellas hojas con la finalidad de sacar a un alumno a la pizarra que le acompañase en la explicación del día. Eran momentos en que te invadía tal congoja que te sentías mal de verdad, vamos, como en los instantes en que uno se acomoda en el sillón del dentista, ya que suponía un suplicio estar allí ante tan numerosa concurrencia, sometido a preguntas de cualquier tipo, no solo de capítulos ya explicados, sino también de cursos anteriores, pero siempre relacionadas con la materia del día. Eso le permitía saber el nivel de conocimientos del alumno en cuestión que, cuidadosamente, anotaba en aquella lista. A la larga, todo el tiempo que uno permanecía en aquella situación, sentía una sensación de desnudez que no resultaba nada agradable.

                                      Las clases se realizaban en días alternos, pero eran maratonianas, pues duraban hasta tres horas (de seis a nueve de la noche con un breve descanso). En el transcurso de las mismas, don Carlos con una exposición clara, sin inmutarse pero con su aspecto grave característico, iba desgranando fórmulas, desarrollando teoremas y allí no se oía ni el zumbido de una mosca. Si hablamos de los exámenes, aquella pruebas de junio y setiembre duraban una tarde entera y constaban de tres grandes apartados que se repartían entre la sección teórica y práctica. Eran sesiones agotadoras y para aprobar no bastaba desarrollar correctamente, por ejemplo, dos de las tres partes, lo que suponía desde el punto de vista aritmético, aproximadamente un seis y medio sobre diez puntos. ¡Había que demostrar suficientes conocimientos en las tres partes! Y doy fe de ello pues fue lo que tuve que hacer cuando superé la asignatura; sin embargo, en la convocatoria anterior recuerdo haber contestado perfectamente a dos partes de tres y me calificó insuficiente. Esta aparente incongruencia prueba la importancia que tenía la nota del día de la salida a la pizarra, la cual podía inclinar la balanza en un sentido u otro a la hora de hacer la evaluación de la prueba de fin de curso. Y así ocurría año tras de año con todo el mundo. Su exigencia era, pues, extrema y, además, muy puntilloso con la sintaxis y la ortografía. Exigente pero justo, términos que, aunque lo parezca, no están enfrentados. No bastaba saber para aprobar. Había que demostrarle que dominabas el programa tanto en el aspecto teórico como en el práctico.

“Toda recta es curva y solamente algunas curvas son rectas”- nos dijo el primer día que comenzó a explicarnos “Geometría Diferencial”

                                         Pero don Carlos era una de esas personas singulares que te dejan huella pues hay algo impregnado en tu alma que siempre te remite a su figura. Con cierta frecuencia traía a colación conceptos relacionados con los entes que manejábamos a diario, conceptos que no estaba en el programa pero, por el contrario, que había que considerar como sabidos y que nunca nadie nos había explicado. Aparte de su sabiduría, este era unos de los aspectos capitales de su personalidad. Difícil de olvidar el momento en que iniciando las lecciones de la Geometría Diferencial, nos demostró que “Toda recta es curva” o que “Solo algunas curvas son rectas” que es una consecuencia de la afirmación anterior. Habíamos estado manejando curvas y rectas a destajo desde los tiernos años de la infancia cuando aterrizamos por primera vez en el campo de la Geometría Elemental y sin embargo nadie había llegado a tal sutileza. También ha quedado grabado en mi cerebro de forma indeleble el día que nos definió el infinito como un adjetivo calificativo. Cayó sobre nosotros como una bomba. Estaba mezclando un término matemático con un concepto gramatical ¡Menudo cóctel! Cuando se oye tal declaración por primera vez todo esto suena a algo irreal. Se siente uno inmerso en un océano de confusión, pues en un principio tal definición parece que viene a quebrar el sentido del rigor y la exactitud, tan propios de las Matemáticas; pero, pasados los primeros momentos de caos mental nos convencía de que aquella afirmación encajaba con la realidad, pues el infinito no es algo cuantificable y como tal no puede asimilarse a un número. Estos y otros parecidos detalles, gustaba mucho de que se reflejaran en las pruebas decisivas, siempre que viniesen al caso, pudiendo influir en la puntuación solo si el alumno ya había hecho méritos suficientes para superar el examen En otras palabras y utilizando el argot estudiantil la inclusión de esos detalles podían servir “para subir nota”.

De semblante adusto y exigente sin límites en su asignatura, esta coraza habitual escondía la imagen de un hombre justo y de buen corazón

                                        Con la perspectiva que proporciona el paso de los años, uno descubre que aquel semblante adusto y aquella exigencia casi ilimitada de don Carlos era, en realidad, una coraza que se ponía, una especie de disfraz ante sus discípulos. Decimos esto porque el viejo profesor fuera de la clase experimentaba una curiosa transformación, sus facciones se dulcificaban y he tenido ocasiones para comprobarlo. Al poco tiempo de conocerlo me fue necesario acudir a su despacho para solucionar una indeseada incorporación a filas, solo achacable a un despiste mío que, en caso de no evitarla, me obligaría a perder dos cursos académicos. No me duelen prendas al confesar que, a pesar de tener cumplidos los veinticuatro años, me temblaban un poco las piernas ante su presencia. Tal era la sensación de respeto que infundía. Cierto que también eran otros tiempos,como ya he dicho alguna vez, pero su figura imponía y, en general, la disciplina en la Escuela de Minas era, todo hay que decirlo, un tanto castrense, muy diferente del ambiente que reinaba en otras Facultades del Distrito. Empero, cuando salí de aquella estancia estaba confundido agradablemente. Nada de hosquedad en su carácter; al contrario, me trató con una amabilidad inesperada comprometiéndose a resolver favorablemente mi problema. Al saber que era de Turón se interesó por el nombre de sus explotaciones mineras y recuerdo haberle respondido que yo había nacido, precisamente, entre dos pozos, los de San José y Santa Bárbara. Percibí en aquel despacho su otra cara: un rostro afable con voluntad de ayudar si estaba en su mano el poder hacerlo.

Don Carlos
Carlos Conde ante una placa que conmemorativa del primer Director de la Escuela de Minas de Oviedo (Francisco Pintado Fe)

                                          Concluidos mis estudios y una vez que ingresé en el Ayuntamiento de Oviedo, cuando le veía esporádicamente por la ciudad lo saludaba y me reconocía al instante. La última vez que pude intercambiar unas palabras con él fue en 2012 en el Club de Prensa Asturiana de “La Nueva España” con motivo de una conferencia patrocinada por el Ateneo sobre el conocimiento científico y la existencia de Dios en la que formaba parte de la mesa presidencial como representante de aquella institución. Le felicité al finalizar el acto añadiendo que seguramente no se acordaría ya de mí. Su respuesta envuelta en una leve sonrisa fue la siguiente: “Gracias. Le recuerdo perfectamente. De Turón ¿verdad? “.

Con este profesor no solo hemos aprendido  a resolver sistemas de ecuaciones diferenciales,  pongamos por caso, sino también a cultivar valores, tan deteriorados hoy día, como la seriedad, el respeto hacia nuestros congéneres y la exigencia sobre nosotros mismos.

                                              Con este profesor no solo aprendimos a calcular integrales triples o a resolver sistemas de ecuaciones diferenciales, pongamos por caso, sino también a cultivar una serie de valores, actualmente bastante deteriorados, como la seriedad, el compromiso, el respeto hacia nuestros congéneres y la exigencia sobre nosotros mismos. Ahora que se encuentra en el infinito, el que definió de forma tan magistral, no dudo habrá muchos como yo de los que pasaron por su aula, que harán suya esta frase, que, en justa correspondencia, responde al sentido de toda una vida al servicio de los demás: “Muchas gracias, don Carlos”.