Por fin, dos años más tarde

   

                                                                        En aquellos meses tenía metida una idea en la cabeza que me atormentaba. Ya no era el libro del brigadier Solís por el  cual había hecho todo lo que podía hacer y ahora había que esperar otra ocasión más propicia para darle el impulso que necesitaba. Lo que de verdad me preocupaba era saber porqué había sufrido aquel terrible accidente de forma tan gratuita. Digo esto porque  yo no adelanté un camión en una recta viniendo  un automóvil de frente. Bueno, al parecer sí lo hice. Lo que yo quiero decir es que en ese momento, sin saber el motivo, yo  tenía la voluntad perdida. Al respecto, no me sirvieron de consuelo aquellas palabras que muchas escuché en ese tiempo: “Tuviste mucha suerte Lito, pues en esos casos son pocos los que salvan”. Yo lo calificaba de otra forma: tuve muy mala suerte por ser víctima de un accidente que creo que no busqué, es decir, que no fue fruto de una mala maniobra mía, y, consumado éste, tuve bastante fortuna porque la terrible colisión se ensañó, fundamentalmente, “solo”  con mis extremidades inferiores.

                                                                            Durante algún tiempo manejé la teoría de que aquel percance había sido consecuencia del elevado estado de tensión en que me encontraba por causa de los problemas que me había creado el libro del brigadier Solís, unido a que aquella noche dormí algo menos de lo normal.  Esa fue mi hipótesis durante bastantes semanas. Pero un día, de forma inesperada, me encontré en casa con una caja de comprimidos que me estaba administrando en el momento en que tuve el accidente; habían pasado tantos meses ya que lo tenía olvidado. Igual  me había ocurrido con unos fascículos del diario “El País” que había llevado a encuadernar a “las monjas pelayas” de Oviedo y solo cuando volví dos años más tarde con un nuevo encargo, una vez recuperado, me dijeron que tenían aquel “Atlas universal” a nombre mío  que no había recogido. Volviendo al prospecto, al leerlo me dí cuenta que se refería a un medicamento que  estaba tomando por prescripción facultativa en el mes de marzo de 1990. En uno  de sus apartados decía que podía modificar la capacidad de conducción por lo que se desaconsejaba el uso de vehículos y maquinaria pesada. El tratamiento se concluía  después de ingerir un comprimido diario durante treinta días. Como pude comprobar llevaba ya consumidas veinticinco. Este hecho, unido a la circunstancia particular de que  aquella noche me había acostado tarde originaron una sinergia mortífera. Acababa de descubrir la causa de mi  accidente.

                                                                   Lo que no recuerdo es si leí aquel papel detenidamente cuando me fue recetado por el médico. Aunque no lo sabré nunca, es posible que haya hecho caso omiso a aquella advertencia pues al tener que prescindir del automóvil tendría que hacer uso del transporte público, al menos durante un mes.  Esto me creaba un problema: mi salida del Ayuntamiento de Oviedo eran las tres de la tarde y al no tener una línea directa e inmediata con Turón yo no podía llegar a las cinco y media de la tarde para comenzar las clases como venía haciendo desde tiempo atrás, lo que me obligaría a suspenderlas, a lo que no estaba dispuesto. Por tanto, es probable que pensara-repito, no puedo asegurarlo- que nada me tendría que suceder por unos días de tomar aquellos comprimidos¡ Cuántas enseñanzas nos da la vida y sin embargo, a veces, no hacemos caso de ellas! no me acuerdo si no leí el prospecto o si no hice caso después de haberlo leído pero, de todas formas, me salió muy cara la torpeza cometida. Además, teniendo un precedente muy ilustrativo para eludir la catástrofe. Recuerdo muy bien cuando unos cuatro años atrás, llegué una tarde a Turón, como todas las tardes, y antes de comenzar las clases, mi madre me expresó su preocupación: “Tu padre dice que desde hoy no toma el medicamento”. El enfado mío fue considerable: “Pero ¿cómo haces eso? ¡No puedes dejarlo!”

                                                                 A mi padre, el año anterior, se le había presentado un coágulo en vena y el doctor le había recetado “Inyesprin” que eran unos polvos que venían en sobre y  había que disolver en agua para poder tomarlos. La sustancia terapéutica era el ácido acetilsalicílico y la ingesta debía de hacerla solamente dos días a la semana. El caso es que, transcurrido un año se sintió tan bien que ya no quiso tomar más. Hay que hacer constar que mi padre odiaba los medicamentos; prueba de ello es que cuando le dolía una muela – y eso lo he visto muchas veces siendo yo un niño-prefería aguantar el dolor antes que tomarse una aspirina.

                                                           Pero lo de ahora era muy serio y traté de convencerle: “¡Te dijo el médico que esos comprimidos eran para siempre! ¿no te acuerdas ya?” Pero el carácter de mi padre era muy fuerte. Se enfrentaba a mí y tuve que dejarlo por imposible. Pues bien, se consumieron otros nueve meses y un día  sufrió un nuevo ataque de trombosis, pero esta vez mucho más fuerte que el primero, hasta el punto de torcérsele la boca. Desde entonces, las crisis se sucedieron periódicamente y su degradación fue paulatina hasta su fallecimiento. Muchas veces me he preguntado que si hubiera seguido las indicaciones del galeno, probablemente hubiera tenido una mejor calidad de vida en los últimos años. Pero es que yo también hice algo parecido. No tomé en serio el prospecto y por lo mismo me pregunté que si, de la misma manera, hubiera considerado las advertencias de aquel papel que acompañaba al medicamento, me hubiera evitado el accidente. Pero ¿estaría escrito en alguna parte que tenía que ser así? Otra vez el determinismo.

                                                         La verdadera víctima de todas estas desgracias fue, indudablemente, Mina de Fresneo. Ella, que siempre fue de naturaleza tan frágil, que cosió como una esclava durante toda su vida, por aquello de que mi padre era sastre, ella que luego sería su enfermera durante quince años hasta el final de sus días. Precisamente ella,  tendría que pasar ahora la dura prueba de verme en el lecho hospitalario totalmente destrozado. Por eso, cuando regresan a mi mente todos estos recuerdos, me imagino su sufrimiento y ello me produce un nudo en la garganta  y como un golpeo en la frente. Una rara sensación que me hace daño. Es un dolor por ella del que me siento culpable y que llevaré siempre latente en mi alma.

                                                                         Cuando en el otoño me incorporé a mi trabajo en el Ayuntamiento, después de recuperarme, en general, bastante bien de aquel dramático choque, me quedaba   clavada una espina  y esta era la escasa difusión que había tenido en los medios de comunicación, la vida  y obra del brigadier Solís, que tanto tiempo y esfuerzo me había ocupado su elaboración. Pero esta vez con el apoyo de Rodrigo Grossi, concejal de Educación que conocía mi libro, se publicó en La Nueva España un extenso reportaje con la firma de Carlos Cristos, a la sazón periodista encargado por el diario para los asuntos municipales de la ciudad. El verdadero reconocimiento de la obra se realizaba así en abril de 1993 nada menos que ¡dos años después de su publicación!

                                                                  Aquel día, estoy seguro, no fue un día feliz para “el enredador” que, entre sus amistades alardeaba de ser el descubridor del brigadier Solís.

 texto C. Cristos.jpg            1993. Artículo de Carlos Cristos sobre la obra del brigadier Solís             

 

                                                                    En la primavera de ese año ya comencé a pensar que el nueve de julio se cumplía el tricentenario del nacimiento del ilustre militar ovetense y yo estaba dispuesto a que se recordase su memoria con algún tipo de actos. Lo que  no sabía yo en aquel momento era que me iba a encontrar,  una vez más, con la malvada figura del “enredador” entorpeciendo  el camino a mi paso continuamente. Las escaramuzas, trampas y emboscadas de este individuo no cesarían de momento pero, como no soy de esos que se rinden a las primeras de cambio, decidí continuar la guerra. De la primera batalla había salido vivo, a pesar de todas las adversidades, y ahora me iba a comprometer en otra nueva con más fuerza si cabe.

                                                           Después de llevar personalmente la propuesta a las altas instancias de la Universidad, se llegó a un acuerdo entre ésta, representada por el vicerrector de Investigación y el Ayuntamiento de Oviedo, que delegó en Rodrigo Grossi, para publicar un folleto de unas cincuenta páginas donde se recogería la semblanza del militar que a su muerte había dejado el importante legado de 32.000 escudos de vellón para dos fundaciones ( en Oviedo y en Murias de Aller).

                                                           En una reunión que tuve con el vicerrector, me señaló que se destinarían 500.000 pesetas donde participarían, a partes iguales Ayuntamiento y Universidad para los gastos de publicación del folleto que podría llevar tres artículos sobre el ingeniero de la calle del Rosal, si yo no tenía ningún inconveniente. Aparte del mío serían: uno de Tolivar  Faes, ya fallecido, que podía ser la transcripción del publicado en la revista “Arquivum” y el otro del “enredador” por su referencia a una de las fundaciones de Solís.

                                                                Como se puede suponer, no me gustaba nada la idea de encontrarme a este tipo en medio de mis planes sobre don Lorenzo pero, por cortesía, no puse ninguna objeción. Lo importante era que esta idea se pusiera en marcha cuanto primero en Oviedo como  en Aller, a cuyo Ayuntamiento también solicité la celebración del tricentenario por aquello de la Colegiata de Murias. El concejal Velasco, al que me unía una cierta amistad, gran amante de la cultura, que comunicó que había idea de convertir el nueve de julio en una pequeña fiesta en Murias como homenaje al brigadier Solís. Se pronunciarían varios discursos  y se descubriría una placa conmemorativa en la pequeña escuela que ocupa el solar de la antigua Colegiata, todo ello amenizado con música del país.

                                                                    Ni que decir tiene que las palabras de Velasco me llenaron de ilusión pero, tal estado de ánimo se desvaneció pronto ya que, poco más tarde, el mismo concejal me comunicó que la comisión de Cultura  se volvió atrás,  incomprensiblemente, a pesar de que los gastos eran mínimos y no quiso hacer ningún tipo de reconocimiento. No obstante, como la placa  ya estaba encargada, el Ayuntamiento se vio obligado a adquirirla y luego se situó en un lateral de la escuela de Murias sin mediar ningún acto protocolario. Allí puede contemplarla cualquier viajero que se aproxime al pueblo. Dice en letras de bronce: “Al brigadier Solís, fundador de la Colegiata de Murias 1693-1993”. Bueno, algo es algo. Debo decir que, una vez colocada, pasé en varias ocasiones a examinarla y la primera vez que la vi, sentí una cierta emoción porque, según se desprende de lo descrito en las líneas anteriores, la siento un poco mía.

Ante placa de Solis
1993. Lito en Murias de Aller ante la placa en memoria de Solís.

 

                                            En cuanto a Oviedo, rápidamente se comprobó que el Ayuntamiento carecía de consignación presupuestaria pues la partida de Educación a que estaban destinadas las 250.000 pesetas, se habían agotado en el mes de junio y, entonces, la Universidad decidió correr con todos gastos encargándose su propia imprenta de la publicación del folleto. Pasó el mes de julio que era la fecha prevista y el folleto seguía sin aparecer a pesar de que hacía bastantes semanas que se habían enviado los originales. Mis quehaceres en el Ayuntamiento por las mañanas no me permitían dedicarle mucho tiempo a este asunto y, por otra parte, como funcionario universitario, “el enredador” había sido encargado de dirigir el proceso y mantener el contacto con la imprenta.

                                                                       En noviembre, visto el parón que sufría, conecté con el vicerrector que, curiosamente, había sido mi profesor de inglés años atrás en la Universidad, y le advertí que le diese un aviso al “enredador” pues el folleto podía salir en 15 días si pusieran la voluntad necesaria pero que había una mano negra que lo impedía, aunque de momento no quería acusar directamente a nadie. En esta vida siempre he sido muy prudente pero como los hay que no lo son tanto, a veces no es buena tanta prudencia pues acaban ganándote la partida. Pero bueno, yo seguía y sigo con mi prudencia. El resultado fue que, todavía, a primeros de diciembre, por indicación del vicerrector,  se enviaron los artículos al Servicio de Publicaciones. Habían pasado unos nueve meses desde que propuse la idea. Aunque, todo hay que decirlo, el vicerrector me había ofrecido el talón de 500.000 pesetas para que hiciera las gestiones por mi cuenta con el fin de que una imprenta particular realizara el trabajo antes de concluir 1993, que era el del homenaje. El rechazo a esta  invitación  fue un gran error por mi parte pero no conocía como se iban a desarrollar los acontecimientos. En aquel momento,  no accedí a la propuesta por varios motivos: estaba preparando mi primer libro sobre el valle de Turón y, junto a mis obligaciones profesionales en el Ayuntamiento, la verdad es que ya no tenía de donde sacar el tiempo. 

                                                               En el transcurso de dicho mes “el enredador” publicó su trabajo y observo que copia un buen número de páginas de la segunda parte de mi libro sobre Solís, precisamente extraída del famoso “Archivo de Fundaciones” pero, claro, yo la había publicado dos años y medio antes.   

                                                                        El año de 1993 se fue y el folleto no pudo salir a la luz. Mi entrevista con el director de la imprenta, un sujeto al que vamos a llamar “el dilatador” fueron constantes. Una veces me decía que en ocho o quince días saldría porque no era tanto; otras que tenía que comprender que había otras publicaciones más urgentes para la Universidad y tenían que ir primero y cuando ya no tenía recursos que utilizar, justificaba el retraso con los más torpes pretextos. Si hubiera sabido de la demora que se iba a producir, me hubiera hecho cargo de todo cuando me lo propuso el vicerrector y, entonces, ya haría meses que el folleto habría visto la luz. Pero, aunque sabía de las intenciones del “enredador”, no suponía que llegaría tan lejos con la complicidad del “dilatador” al que utilizaba como un muro donde yo me estrellaba.

                                                                       A primeros de enero, intuí de aquellos contactos que ambos “personajillos” querían emplazar la publicación para el verano, es decir, cuando nadie se enterase del acontecimiento, cuando todos, familia universitaria incluida, estuvieran de vacaciones. Debemos de recordar que el trabajo del “enredador” tocaba, aunque parcialmente, el tema de Solís, del que yo era su primer biógrafo y el pensar que  le pudiera hacer cierta sombra en sus círculos de amistades, esto le debió de quitar el sueño en más de una ocasión. y por eso ponía toda la carne en el asador   para impedirlo. Su estrategia de alianza con “el dilatador” parecía estar dando sus frutos. Por momentos, todo indicaba que  con aquellas batallitas estaba ganándome la guerra hasta el punto de tratar de minimizar la publicación del folleto. Pero yo no estaba dispuesto a claudicar fácilmente. Era mucho el esfuerzo que había empleado en conseguir aquel homenaje y no estaba dispuesto a tirarlo todo por la borda. Me di cuenta de la operación que me estaba preparando y contraataqué con contundencia para que no se saliera con la suya.

                                                     En marzo y, cansado de tantas evasivas, un día de mediados de mes, me presenté en aquel taller con el enojo dibujado en la faz y con el ánimo de hablarle claro de una vez por todas. “Escuche bien lo que va a oir- fueron mis primeras palabras. Me miró con aire de incredulidad. “El alcalde está muy interesado- le continué diciendo- en que el folleto salga en esta primavera sin más dilación. Conoce toda la historia de que lo solicité para el tricentenario del nacimiento de  Solís que ya se cumplió en julio pasado pero Vd le ha hecho caso a cierta persona para posponerlo constantemente y no voy a volver por aquí, pero como no lo tenga preparado antes de un mes, ponga atención en lo que voy a decirle: ¡Le responsabilizo a Vd de todo este juego!

                                                   A principios  del mes de abril, cuando se cumplían tres años del desgraciado accidente que ya tenía un poco olvidado por este ajetreo del tricentenario, volví a hablar con el vicerrector que, también consideró excesiva la tardanza, y ya le expliqué claramente de las intenciones de  aquellos sujetos, cuyo objetivo era seguir retrasando sine die la salida de la publicación y me prometió darles un aviso en ese sentido. Cosa que, efectivamente, hizo pues “el enredador” me llamó pronto por teléfono- detalle inusual en él- indicándome que el trabajo vería  la luz en ocho días.

                                                 No se sabe muy bien si, fue debido a la advertencia que le hice al “dilatador” o a la llamada del vicerrector al “enredador”, el caso es que, ahora, el dichoso folleto parecía tener próxima su aparición. Pero aún quedaba un último escollo que vencer.  La idea inicial era emitir 500 ejemplares y yo pensaba en un reparto equitativo de los mismo a cinco bandas: los tres autores, la Universidad y el Ayuntamiento, lo que me permitiría una cómoda divulgación de la figura del brigadier Solís.

                                                Habían transcurrido quince días y podrían  transcurrir bastantes más sin que supiera de la marcha del folleto. Así  que, como no daba señales de vida,  me puse en contacto con” el enredador” y me adelantó  una noticia que, en parte ya conocía: se hacían solo 300 ejemplares de lo que me pasarían 25 y, lo más importante, no constaría el logotipo del Ayuntamiento pues no había colaborado.

                                                Todo esto lo decía para embarullarme. Sabía yo, perfectamente, la decisión que había tomado a última hora el Consistorio ovetense, desmarcándose del homenaje, que justificó por el que le había dedicado en 1961, al cumplirse el segundo centenario de su fallecimiento, cuando le dedicaron una calle en el barrio de Vallobín con el nombre de “Mariscal Solís”. Pero “El enredador” no me descentraba del tema pues yo tenía muy claro cual era su estrategia que era el procurar que mi proyecto de homenaje, después de tanto esfuerzo, finalmente se convirtiera en  humo que acabara por disiparse como la niebla en Cutrifera en las primeras horas de la mañana en un día que se presume auténticamente soleado: sin dejar el más mínimo rastro. Sin perder un segundo, fui al encuentro del vicerrector y le puse sobre la mesa la nueva jugarreta del “enredador” para reventar el homenaje: ”Quién es el enredador  para decirme a mí cuántos ejemplares me corresponden? En tal caso será Vd. el que determine cuántos corresponden a cada uno. O sea, que me quiere pasar a mí 25 ejemplares y el resto, estoy seguro, los arrojará a la papelera para que la publicación no transcienda. Él mismo me había dicho al comienzo de esta historia que no tenía mucho interés en el acontecimiento, No hacía falta que me lo jurase. Sobremanera siendo iniciativa mía…” Mi interlocutor me miraba sin decir palabra. Durante unos segundos cogí aire y me lancé de nuevo a la carga. ¡Veinticinco ejemplares! Yo estaba profundamente  enojado con aquella actitud perversa del “enredador” y amparándome en esa cierta complicidad que te confiere el tener delante de ti a un antiguo profesor, eché el resto. Puse en su conocimiento sin tapujos el ninguneo que habían hecho conmigo aquel par de impresentables “que se dicen universitarios”. Había tenido con ellos un tira  y afloja de dos años (era ya el mes de junio de 1994) y después de comprobar que no habían podido derrotarme por el camino, pues yo nunca abandoné el proyecto, me tenían preparada una última trampa para el final. Y terminaba diciéndole al vicerrector: ”La trampa es que, aunque el folleto constara como impreso, quedaría eclipsado, oscurecido, desaparecido e  ignorado por todos al impedir su difusión, pues me daría veinticinco ejemplares y el resto, estoy seguro, los tiraría a la basura, así de claro”.

                                                         El vicerrector, que siempre que yo aparecía por su despacho de la calle San Francisco, sabía que era para recordarle la sorda batalla que estaba librando con aquellos dos individuos, terminaba tensionado porque se encontraba en medio del asunto. Aquella mañana, próxima al final de curso , fue la última vez que lo vi y, después de mi “filípica”, me respondió un poco exaltado: “Me vais a volver loco entre todos” Pero yo que sabía que su relación con “el enredador” no era muy fluida, precisamente, pues me lo había dado a entender en alguna ocasión, aproveché para volver a la carga: “Mire, el enredador nunca sintió ilusión porque este librito saliera al conocimiento del mundo universitario y del público en general. Y ahora, al final, quiere tomar una decisión arbitraria y unilateral sin contar conmigo que soy el verdadero entusiasta de esta conmemoración.

                                                         Entonces el vicerrector, queriendo quitarse de encima, definitivamente, aquel problema, molesto para él cual mosca pertinaz, me lanzó un grito que me sobresaltó, haciendo que me agarrara fuertemente a la silla en la que estaba sentado. Reconozco su estado de nerviosismo pues yo le estaba dando trabajo extra desde hacía un tiempo, teniendo en cuenta que tenía ya bastantes tareas que resolver y de más importancia que la que yo le planteaba: “¡Vamos a ver Manuel Jesús! Cuántos ejemplares quieres? ¿Cien? ¿Doscientos? ¡Di los que quieres, llévatelos y no se hable más!….

                                                     Aquellas palabras retumbaron con fuerza en el despacho. Nunca había visto a aquel profesor tan exaltado. Ni siquiera cuando una década atrás  se esforzaba en enseñarnos vocablos y  componer frases en el idioma de Shakespeare que nos parecía chino (la verdad es que yo nunca tuve buena predisposición para las lenguas extranjeras…) Sonaron sus palabras  en la estancia como un trueno pero, en vez de  sentirme contrariado, resultaron un regalo para mis oídos, algo así cual si fuera música celestial. Le respondí casi al instante:”Por mí, los llevaría todos, porque yo me voy a encargar de distribuirlos  para que se conozca un poco mejor la  figura de Solís. Pero me conformo con la mitad”Dicho y hecho. Al día siguiente, recibí la preciada carga en el vetusto edificio de Valdés Salas. Muy pronto comencé el reparto: los primeros en recibir el folleto fueron el alcalde de Oviedo   y todos los concejales; después, llegaría el turno a las bibliotecas públicas de la comarca, así con los archivos de las Ayuntamientos de Oviedo, Gijón, Aller, Lena  y Mieres y, el resto, iría destinado a mis familiares, amigos y diversos compañeros del Ayuntamiento hasta que se acabaron.

                                                                      A pesar de  las adversidades, haciendo frente a todas las zancadillas que me pusieron en tan largo trayecto, había podido alcanzar el objetivo que me obsesionaba, cual era el desenterrar de los escombros del olvido, la figura del ilustre ingeniero del Rosal. Las calamidades se habían prodigado pero, al final, el esfuerzo había merecido la pena.            

                                                              ………………………………                                                                                                                           

                                                             Una vez expuestas las vicisitudes que se produjeron en esta historia,  quiero hacer constar que hace un tiempo propuse al Ayuntamiento de Aller  la dedicación de una calle Moreda al militar ilustrado pero hasta el momento no tuve contestación a esta justa demanda. En el pueblo de Murias, por otra parte, lleva varios años creada  la Asociación Cultural “Colegiata de Murias” y con el corespondiente permiso han recogido de mi libro diversas noticias tanto sobre aquella institución como sobre su fundador.  Ello me congratula. Todo sea por la Cultura y en honor  del mariscal Solís.